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Ese hombre

Ese hombre que encajaba agujas
que salían de su boca y sus puños,
cuya belleza y soberbia eran sobradas;
ese hombre que con la ceniza de los años
comenzó a encorvarse,
fue a vivir como los ermitaños
ocupando el mínimo espacio,
sin compañía ni comodidad de ningún tipo.

Ese hombre que fue encontrado muerto en la mañana
quién sabe con qué rictus último en la cara,
que no tuvo a su lado las manos ni los llantos,
que quizá ni en ese instante haya mandado
pensamientos amorosos a sus hijos,
es hombre, digo,
del que uno se preguntaba cómo era posible
que su mirada fuera tan obtusa,
su corazón tan negro, su conciencia tan escasa,
murió esta mañana como el solo de los solos,
sin que exista testigo de sus últimas palabras,
quizá de su arrepentimiento o de sus ojos azorados.

Pero ese hombre tuvo alguna sangre, marcada, legendaria
y la engendró en los hijos abandonados sin remedio
maltratados como barcos en deriva
que por alguna razón engrosaron sus tallos
y se marcharon sin raíces a batirse
día por día con su destino.
Hablo de ese hombre que hoy en la mañana estaba muerto
y me provoca la más extraña sensación ante su ausencia.
Ese hombre era mi padre.

12.mar.09

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