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Papalotes
por Liz Durand Goytia

En Orizaba nos fabricábamos nuestros papalotes que se llamaban así o palomas, según la forma que tuvieran: los cuadrados como de treinta centímetros eran las palomas, y los rectangulares grandes eran los papalotes. El carrizo se cortaba en las orillas del río o se compraba en las tienditas. Se cortaban en varillas, se recortaba el papel de china al tamaño, se ponían los flecos y la cola y a volar. Cuando había guerritas se ponía una navaja en un palito de paleta que se pegaba en la cola de la paloma para derribar a los enemigos pero a mí no me gustaba correr el riesgo de que me tiraran una paloma que construía con grandes trabajos porque no nos era fácil conseguir dinero para los materiales. Cuando se rompía la paloma casi siempre era solamente el papel lo que dejaba de servir y se podía usar el "esqueleto” para pegarle un papel nuevo.
Cerca de la privada había un campo ideal para empinar palomas. Me hice una de color blanco y reuní como tres canutos de hilo para volarla. Había tan buen viento que se me perdió de vista en el cielo y se me acabaron los canutos. Sentía la tirantez del hilo y cuando empezaba a bajar porque se aflojaba, me ponía a maniobrar para que se elevara de nuevo. Hasta que en algún momento sentí un tirón fuerte y el hilo se fue al piso. Nunca supe si alguien me derribó, si se atoró en un árbol o qué, estaba tan lejos que no podía verlo, y no pude ni recuperar los carrizos.
Aquellas tardes son inolvidables sobre todo porque cuando las evoco, lo primero que me viene a la cabeza es la emoción que sentía al elegir los colores del papel de china, que en aquel tiempo parecía de seda, y el cuidado que ponía en la elaboración de mi juguete. Tenía que estar la mesa desocupada y limpia igual que mis manos, el engrudo que preparaba para pegar ya tenía que haber enfriado, y en fin, todos esos preparativos eran el preámbulo para disfrutar de aquellas pequeñas obras de artesanía que en esos tiempos eran lo más común en las familias que no podían permitirse comprar hechas las cosas.

Había otros papalotes más elaborados, llamados pandorgas, que eran grandes, rectangulares y con una parte curva, llevaban los flecos en los laterales y se les hacían unos rezumbadores con medio circulito de papel de modo que cuando se elevaban hacían el zumbido que indicaba que estaba subiendo.

Yo nunca hice uno de esos porque me parecía compicado pandear los carrizos de manera simétrica y porque al ser más pesados costaría más trabajo empinar, pero mis hermanos Jared y Alejandro recién acaban de regalarme varios porque todavía saben bien cómo hacerlos. Ahora veremos si los puedo volar.

Aquellos ratos compartiendo materiales con los hermanos y la familia son invaluables, sobre todo en la actualidad porque ya no se dispone de tiempo para todo eso, las cosas se adquieren en los supermercados, desde un hilo hasta materiales de construcción, y me consta que los niños tienen dificultades no sólo para confeccionar cosas, sino, peor aún: para imaginar. Como no tienen necesidad de hacer por ellos mismos sus cosas, no tienen ideas para confeccionarlas y cuando se ven precisados a improvisar, sus mentes parecen quedar en blanco.
De manera que, al menos en este aspecto, la pobreza nos provocaba ser creativos y así era que con dos cajas de cartón arregladas y adornadas podía hacerme un tocador o un cajón para ropa, y con los huacales de madera en la que transportan la verdura en los mercados se pueden hacer verdaderos muebles modulares que dan servicio estupendo para todo lo que uno quiera, una vez lijados y pintados. En cuaquier parte de la casa tienen cabida y se pueden guardar trastes, libros o juguetes, o se usan como base para una mesita y ahora yo los uso para montar la ofrenda de Día de Muertos y el Nacimiento en Navidad.

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