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La ciudad de los palacios



Desde que llegué a la capital, para detener los accesos de nostalgia que amenazaban con hacerme sentir muy mal, me repetía a cada instante lo que he dicho sobre todo en los últimos viajes al DF: sus habitantes son héroes por el sólo hecho de levantarse cada día a enfrentar esa ciudad hermosa, encantadora, tirana, dura, algunos desde las cuatro de la mañana para llegar entre siete y ocho al trabajo dejando niños en la escuela. Algunos de regreso a las diez de la noche para comer o cenar a toda prisa, ver un poco el noticiero y quedarse dormidos en un santiamén para poderse levantar al día siguiente. Y todo eso con una calidez extraordinaria que noto mucho más ahora que he convivido con la parquedad de los norteños desde hace seis años. En el DF la gente conversa y sonríe con cualquiera, aunque no lo conozca. Hasta los taxistas tratan de que a una no le venza la amargura o el coraje, como cuando, al regreso para dirigirme a Santa Fé a tomar el autobús para salir de Toluca por avión, nos atoramos por dos horas, un cuentón en el taxímetro y la frustración de encontrar que ya se había ido el transporte y tendría que tomar otro taxi hasta Toluca para alcanzar mi avión.
El caso es que sí, que vale la pena visitar esa ciudad tirana, encantadora, llena de palacios y de contradicciones que tanto cansa y maravilla a sus viandantes. No podemos agotarla de tan grande, pero podemos quedarnos con fragmentos que nos colman de belleza.

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