lunes, 13 de septiembre de 2010

Días con espina

De la nada, mientras me preparaba para desayunar, un tirón en la espalda me hizo gritar, perder el apoyo de mis piernas y doblarme a gatas para intentar avanzar. Estaba en el baño, quería salir de ahí e incorporarme para ver si sentada el dolor era menos intenso.
Casi total la inmovilidad, casi cegador el dolor. Un tirón, sólo eso -pensaba, deseaba-. El sábado tuve que permanecer tiesa, como el domingo, como hoy. Estornudar o toser me provoca intenso espasmo en la espalda y el dolor sencillamente no cede, no aumenta pero no tiene trazas de desaparecer. Sin embargo, ya puedo moverme y las piernas volvieron a estar fuertes. Caminar me cuesta, tengo que procurar "acomodar" no sé cómo la cintura para poder levantar una pierna, dar un paso. Agacharme ni de chiste, ni estirarme. La cama me acomoda solamente si pongo almohadas en ciertas partes que nunca conozco, voy probando y donde siento apoyo y consuelo, la dejo. Así pude terminar de leer La catedral del mar y ahora no tengo libro bueno, el tal dichoso de las mujeres que danzan con lobos no consigue atraparme y en fin, voy a buscar qué leo mientras debo permanecer tan quieta porque sin poder sentada ni parada ni acostada mucho tiempo es un poco difícil pero qué dicha que pude limpiar las hojas del limonero lleno de bichos gordos con el agua de bicarbonato que ojalá le sirva porque cómo le ha dado trabajo tener sus brotecitos, algunos que hube de podar. Y también debo quedarme aquí  porque espero la prueba de mi libro, ya me informé de que se encuentra en la ciudad y ahora dependo del que entrega a domicilio... Y en lo que escribo me llega una llamada amorosa que me anima y me retiro porque a lo mejor puedo salir a comer...

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