-Pero todo va a estar bien- dijo ella soltando la prolongada bocanada de humo mientras dejaba errar su mirada hasta un punto en el que se detenía perdidamente. Y eso lo decía porque francamente ya se estaba asustando con las coas que veía. Primero una pelirroja gorda en medio de la recámara, luego un individuo vestido de mormón y en seguida lo más pertubador, que era ver que las botas de ante gris vibraban rápidamente, o que el papel con que se envuelven los regalos formó por sí mismo una especie de cabeza de culebra que en cierto momento pareció hacer ¡pop! y fue en el momento en el que dijo -pero todo va a estar bien-, se cubrió con la cobija como como si fuera el aliento de una chimenea y se durmió.
Quién pudiera decir algo acerca de esto que vivimos: tiempos de contingencia, de pandemia, de aislamiento y por desgracia de miedo. Vamos como los ciegos dando tumbos por cada día nuevo, diferente, tratando de insertarnos a esta llamada nueva normalidad que nos toma por sorpresa y a la que con tanto trabajo nos acercamos. Nos preguntamos cómo será el futuro, cuándo volveremos a reconocer un rostro en la calle si solamente vemos cubrebocas. Nos preguntamos cómo van a crecer los seres que recién llegan, sin el acercamiento y el abrazo y tanta calidez que acostumbrábamos si vemos cuánta falta nos hace luego de pasar estos meses encerrados y aislados. Nuevos tiempos y nosotros tratando de aprender a incorporar los nuevos accesorios: gel de alcohol, mascarillas, cubrebocas, atomizadores, cloro, desinfectantes, sana distancia... nuevos tiempos en los que en los restaurantes y en todo lugar se siguen nuevos detallados protocolos para evitar contagi...
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