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Estuardo Escalante Durand. Q.e.p.d. |
Había una vez unos ojos mansos como lagos que cuando miraban, llenaban de miel el corazón.
Su mirada era profunda y en sus aguas se bebía la más pura ternura.
Guardaba de todo mal, cuidaba sin descanso a costa de su sueño y a cambio recibía toneladas de besos.
Había una vez un corazón tan grande que sólo podría estar en la tierra en la forma del más hermoso perro.
Cuando nos encontró, descubrimos que siempre sería un niño. Estuardo: ¿Cómo te hiciste viejito si siempre fuiste un bebé?
Extiendes con tu pata tu ternura sobre el piso de este pobre corazón que te echa en falta.
Fuimos felices juntos y tu ausencia es ingrata y fría como la sombra. Pero tu corazón de felpa se nos queda prendido por más que parezca que de tanto escurrir nos vamos a desaparecer.
Hasta siempre, mi niño. ¡Larga vida al Estú!
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