
Pero aquellas vacaciones nuestros primos llegados de México traían gran alboroto con eso y dijeron que teníamos que poner nuestro zapato aunque no escribiéramos una cartita. Mis hermanos y yo lo hicimos.
Antes de que amaneciera, empezaron los ruidos de ratón, de papeles rompiéndose, de cosas que se desenvuelven... caminé hasta la sala donde estaban todos los zapatos y vi que algunos de mis primos ya se habían levantado y estaban sacando sus juguetes de los estuches.
Increíblemente, a mí también me habían traído cosas: un juego de vasos pequeñitos, como tarros, de vidrio de verdad de color verde translúcido. ¡No lo podía creer! Para mí sola, un juguete que además me permitiría compartir con otros alguna excéntrica bebida de las que inventaba mezclando agua con plantas de las macetas de mi buely...
A uno de mis hermanos, una máscara narigona con bigotes, a otros, pistolas tronadoras, otros más, carros de plástico.
Y fue jugar y jugar todo el día, y sentir enoooorme el corazón porque sí, ¡a mí también me habían visitado los Reyes!
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