Y de pronto, cuando menos lo esperas, cuando el silencio ha caído como nieve en tu esperanza y de alguna manera -anquilosada- comienzas a moverte hacia la resignación, empiezas a hacerte a la idea de que la vida tiene sus altibajos, tiene sus ratos malos o pesados o solitarios... así, de pronto, sin aviso, una sencilla palabra, unas cuantas frases, un código familiar y amoroso te disparan hacia la vida nuevamente con toda la alegría, con esa contundencia que infunde eso que creemos o queremos que se llame amor y nos redime del tedio, el abandono, la zozobra, y aún la distancia más cruel desaparece porque el amor cuando palpita cubre todo y nos germina y nos florece y nos hace creer en el olvido de todo lo malo, lo triste, lo pesado...
Quién pudiera decir algo acerca de esto que vivimos: tiempos de contingencia, de pandemia, de aislamiento y por desgracia de miedo. Vamos como los ciegos dando tumbos por cada día nuevo, diferente, tratando de insertarnos a esta llamada nueva normalidad que nos toma por sorpresa y a la que con tanto trabajo nos acercamos. Nos preguntamos cómo será el futuro, cuándo volveremos a reconocer un rostro en la calle si solamente vemos cubrebocas. Nos preguntamos cómo van a crecer los seres que recién llegan, sin el acercamiento y el abrazo y tanta calidez que acostumbrábamos si vemos cuánta falta nos hace luego de pasar estos meses encerrados y aislados. Nuevos tiempos y nosotros tratando de aprender a incorporar los nuevos accesorios: gel de alcohol, mascarillas, cubrebocas, atomizadores, cloro, desinfectantes, sana distancia... nuevos tiempos en los que en los restaurantes y en todo lugar se siguen nuevos detallados protocolos para evitar contagi...
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