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El viento, el viento

Como una niña asustada, he permanecido en mi cama desde que desperté, y cuando el viento arrecia, subo más las cobijas. En el patio la pequeña covacha parece a punto de salir volando como un rehilete, como la carpa que vimos Iris y yo en el bulevar, dando de vueltas como remolino a causa del viento, con un joven tratando de alcanzarla y unas viejitas deteniéndola...
Pienso en cómo será salir volando, si efectivamente, como dice un amigo, voy a ir a dar con todos mis triques por allá, por una isla del sur, a donde dice él que va a parar todo lo que se pierde.
Pienso si será grato volar, pero escucho toda la tierra que cae en mi techo de madera y los ojos se me irritan instantáneamente, y nuevamente un golpe de viento levanta el plástico amarrado en el patio, inflado como un globo que pugna por salir, y siento que no puedo respirar, como la vez que, atravesando un solar en Guadalajara, camino hacia mi casa, me tomó por sorpresa una tromba y se me clavaba la tierra como diminutos cuchillos por el cuerpo, no podía respirar ni ver, mis dientes crujían por la tierra y el cabello quedó como un estropajo...
Cuánto alivio cuando la corriente de aire me da tregua, queda todo en silencio, sólo escucho a los pájaros, pero vuelta a soplar y se me encoge el corazón, y otra vez en mi cabeza veo una pequeña casa de madera volando por los aires, no sé si por encima de la tierra o por encima del mar, conmigo dentro, sin poder bajar...

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