lunes, 3 de junio de 2013

La regadera

Después de tantos años, estoy de nuevo en casa con Emilio. Parece haber una reunión familiar. Apenas levantada, busqué dónde darme un baño. Él estaba listo y me dijo que podía usar la regadera de la recámara.
Es una pieza grande con varias camas y el techo altísimo, como en todas las casas antiguas. La regadera está en la pared, arriba de la cama, lo que es muy extraño pues  al abrir la llave, el agua cae encima. Noté lo empapada que estaba la cama debido al baño previo de Emilio. En seguida pienso que para la noche no vamos a poder dormir ahí y trato de abrir más la llave para que el chorro de agua caiga más lejos, pero se puso tan caliente que no puedo usarla y no hay más que una llave que enciende y apaga un botón haciendo ruido de alarma.
Resuelvo quitar la cama y al buscarle lugar veo que el piso de la habitación está ya encharcado. Al remover la cama noto que casi no pesa, pero tiene otra cama debajo, más pequeña. Hubiera sido mejor no bañarme, pero era indispensable porque había pasado la noche con Mario haciendo el amor.
Me baño a medias y busco mi ropa porque los demás empiezan a levantarse. Al fondo de la habitación está el padre de Emilio. Voy detrás de un ropero para secarme el pelo con un gorro de terciopelo que encontré en un montón de ropa, aunque funciona muy mal como toalla.
Comienza a entrar gente a la pieza y Doris se acerca a la cama para cambiar la ropita de su bebé. Qué extraño verla aquí: fuimos vecinas años atrás. Me mira y  dice que hacía mucho no me veía. Tengo la impresión de que ella está, como decimos, igualita.
Ya vestida, intento terminar de secarme el pelo  mientras observo la pared en donde está la regadera: tiene colores desteñidos en tono bermellón pálido con manchas irregulares que la hacían interesante. Descubro en las manchas unas letras casi borradas. Al verlas pienso que las hicieron los hijos de Emilio cuando niños, pero al pie de esa especie de dibujos están las firmas de mis primos Freddy y Arturo, quien murió hace años.
Sigo buscando formas en la pared y noto un cuadro pintado al estilo impresionista, de una calle con árboles; parece muy bien ejecutado a pesar de la pintura corriente. Fascinada por las manchas de bermellón enriquecidas por el tiempo y el agua, hubiera querido estar parada ahí por mucho tiempo pero me están llamando al desayuno y además Emilio tiene que ir a trabajar. Lo que no sé, es qué voy a decirle a Mario.


ene/2000

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