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Antes de irme

Hoy fue la fecha que elegí para irme a despedir de mi madre a Tijuana, antes de irme a vivir a mi tierra. Me acompañó mi hija. No quise que se percibiera el aire de la despedida, así que hice lo que siempre cuando la visito, y fuimos toda risa y pláticas, comimos, tomamos cafecito y le pedí que nos mostrara sus dibujos de los cuadernos. Arranqué varias hojas con su consentimiento y la promesa de montarle una pequeña exposición cuando ya esté en mi casa.
Pero las horas me fueron cercando y teníamos que regresar. La abracé diciéndole que la voy a estar llamando y que no me olvida en sus oraciones y bendiciones. Cuando la abracé, temblaba. La sentí como una niña a punto de quedarse sola y me salí de prisa al auto para que no viera las lágrimas que se empeñaron en salir a relucir por más que quise evitarlo.
No nos hubiéramos despegado si abiertamente nos hubiéramos abrazado a llorar juntas. No sé si estuvo bien o mal, sólo quise evitar un momento muy doloroso. Las lágrimas siguieron por un tramo del camino y ahora nuevamente, mientras evoco su temblor de pajarito entre mis brazos. Su memoria está fallando notablemente y me quedo pensando si la volveré a ver, si me recordará cuando me vea, si sería posible que se fuera conmigo (sé que no)...
Así la vida, así nuestros tropiezos y angustias ante la transición, no hay remedio, es la manera en que crecemos: con dolor.


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