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El año del Covid 19

A bote pronto, en una de esas noches donde la oscuridad es todo lo que se respira y salen borbotones de palabras mojadas, asustadas...






Soy una lágrima en cada uno de mis dedos,

En cada parte de mi cuerpo soy un llanto.

Miro correr la vida hacia la muerte:

como en la guerra, el parte va 

indicando las ausencias, él, aquella…


Inédito pensar en un futuro ciego

la vida de los hijos vulnerable

el llanto de los huérfanos aislados

el silencio de todos los adioses

que nunca se esperaron ni dijeron.


La zozobra encapsula los latidos

y el miedo hinca sus colmillos en el sueño.

Imposibles cascadas y paisajes, rebaños,

flores o parvadas: hay demasiadas cruces.

En el silencio de las calles se adivina el rezo

y se cuentan por miles los crespones.


Las paredes ahora tienen ecos, de tan solas;

el comedor se sobresalta cuando cae la cuchara,

hablar es un esfuerzo para romper la inercia

de la viudez de todos los sonidos que se han ido:

no hay risas en la escuela, no hay música en el parque

y hasta los perros, lánguidos, han dejado de aullar.


Lejos están las manos aunque los corazones cerca, 

pero no nos alcanza para encontrar la paz:

necesitamos con urgencia los abrazos, esas palomas

que envuelven con tibieza cuando nos arropamos.


Nuestra historia transita por el año más denso

desde  donde ningún torreón permite ver la luz;

vamos perdiendo la memoria, los encuentros,

ya no tendemos puentes hacia las esperanzas

en el sonambulismo del encierro y el dolor.


Una palabra arrasa por las calles del mundo, 

su número fatídico disemina el dolor

y no sirven de nada tantos arrepentidos

o tantos hombres locos que deciden salir

a pelear con un monstruo que no puede caer

y se lleva el respiro de todos los mortales

con dentellada ardiente, sin ninguna piedad.


Que descansen las ánimas, las almas ya sin pena,

que nos mantenga la fuerza que pueda persistir

Y si el amor sostiene más allá de la muerte

que nos ampare la Gracia en la hora de partir.


Viernes 13 nov 2020

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