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Pulso de pérdida

Esta mañana me asomé por el porche a ver la ciudad que estoy dejando. Las montañas al fondo del caserío y un cielo de nubes deshilachadas me hicieron una punzada en el latido que me dijo"esto dejo". Intenté recuperarme al instante pensando en el agua de los ríos, las cascadas, la cantidad de árboles que voy a ver allá, en mi otra tierra, la que espera.
Pero bien sé que estos instantes que he vivido por cientos de días asomada por mi patio para ver cruzar gaviotas o en el porche para ver montañas a lo lejos se me quedan con toda su nostalgia, su sabor a maravilla y sus colores.
Afuera está la vida, en la música del radio de los trabajadores que construyen una cosa inmensa justo atrás de mi patio; en los golpeados pasos de los niños que van tarde a la escuela; en las interminables vueltas de los micros que hacen parada afuera de mi casa, en la banqueta donde salen a correr mis perros.
Y luego está esta casa con sus espacios luminosos, con sus paredes a las que pinté hojas de otoño en fondos amarillos para que el sol también calentara desde adentro en días oscuros; están los cuadros que han hecho mis amigos, y en el techo, como nubes invisibles, todas las risas y las voces de quienes han estado aquí dándome abrazos y contento.
Hoy me ha tocado este pulso de pérdida, de conciencia de lo que estoy dejando, y un pequeño dolor se me ha incrustado.

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