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De las cosas ¿sencillas? de la vida

La mañana es temprana, el sol no ha extendido su melena y el fresco nos empuja a poner el café. La casa se asombra con el inusual parloteo en el desayuno, acostumbrada al silencio. Comienza la plática, los recuerdos que ella siempre tiene a mano como si recién hubieran ocurrido.
La observo: su increíble y tersa piel, la aurora de su cabello, las chispas en su voz. Le sienta bien el color negro, igual que a mí, me digo mientras escucho historias de su infancia.
De repente me concentro más en lo que dice: está contando que no sabe por qué, pero desde niña le causan horror las tortugas. Mi sorpresa es enorme: es la primera vez que escucho a alguien decir que siente lo mismo que yo con respecto a las tortugas...
Y sigo concentrada: No somos del mismo signo, nunca he convivido con tortugas como para contar con una experiencia traumática que me impidiera verlas como todo el mundo, nadie me enseñó a verlas feo, en fin, la única explicación, al final, salta a la visa: debe ser genético: mi madre me ha heredado su aversión a las tortugas.
Para no arruinar el desayuno, mejor hablamos de pericos, del loro aquel que tuve y que imitaba la voz de todos, hacía como ambulancia y sonaba como teléfono. Y de la casa de madera donde vivió antes de que mi abuelo construyera la casa que conocí...

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