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De cuando me gusta lo que sueño

De viaje por el mundo de entonces, mi hermano y yo fuimos a parar a manos de un brujo barbaján que nos hizo prisioneros. Mi hermano sabe que ellos han encontrado una aleación para fabricar cierto metal y quiere robarles el secreto, por eso no vamos a escapar.
Me indica que tome muestras de ciertas arenas que tienen a un lado de trozos de rocas y otras cosas, y me las ingenio para tomar pequeños puños que guardo en la bolsa secreta de mi capa sin que me vean.
En el pueblo habrá una celebración no sé de qué, pero el Brujo, como tiene muchos prisioneros, resolvió dar libertad a los que muestren poder y creatividad con su magia.
Lo que a mí se me ocurre es preparar un postre para el fulano y su corte. No conocen el helado, yo sí porque vengo de otra época y los puedo sorprender.
Busco a mi hermano para pedirle que me prepare hielo molido lo más esponjoso posible, que parezca nube. Para poder hacerlo me pide que le consiga lienzos de algodón y se los doy. Le pondré sabor a coco, mi favorito, aunque puedo hacer que a cada quien le sepa a lo que le guste para causar más impacto.
Mientras tanto, yo prepararé unos conos diminutos a manera de copas del tamaño de un bocado para presentar mi postre.
Por lo pronto mi hermano tiene gran éxito en la preparación del hielo porque hay muchos espectadores a su alrededor. Los lienzos cambian su color a un tono ocre oscuro que me genera desconfianza pero luego se van haciendo finitos, primero como hilos y luego como azúcar gruesa, al tiempo que viran hacia el blanco.
Mi postre nos dará la libertad y seguiremos andando por el mundo. Al menos eso espero, antes de despertar.

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