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Cuando no está la poesía

Pensaba en que hace mucho no intento escribir poesía. La vertiente está seca: ni la amargura del mundo y su violencia me provoca a verter mi decepción en un poema. Yermo el espacio donde se fraguan pensamientos con palabras elegidas como flores, como piedras, como espinas o como brisa. No hay cadencia en el vacío,  no palpita el ansia por decir, por dejar ir los ríos que en su venida nos lavan sólo por atrevernos a decir nuestra palabra. Pero no es que viva sin poesía: me la trae cada mañana el cenzontle que canta desde el árbol vecino, aún bajo la lluvia y con el frío. Me la regala el tierno suspiro de mi perra mientras duerme o la pompa diamantina que sale de la nada cuando lavo trastes. Llevo flechas en todas direcciones pero vienen desde el mismo sitio: el descontento y la amargura de ver lo mal que hicimos este mundo que los ancestros pusieron aún sano en nuestras manos. Me falta entrar de nuevo en el santuario donde se gesta aún el más sencillo y pequeño poema, porque ...

Por la prisa olvido el juego

La vida es una sucesión interminable de cosas, personas, imágenes, ruidos, tragedias, maravillas, hallazgos y así sin parar. Siempre lo ha sido, pero en la actualidad es la velocidad a la que ocurre todo lo que a veces me rebasa. La vorágine de actividades en las que una se pone a dar de vueltas es tan densa que apenas podemos alcanzar a darnos cuenta de que en algún momento podemos tomar la decisión de parar, pensar, reflexionar, descansar. Apenas abro el ojo y me levanto para alcanzar mi computadora, textos y cuadernos para comenzar a estudiar. Si me decido, echo un ojo a las noticias, cosa de la que casi siempre me arrepiento porque son muestra precisamente de este caos en que vivimos, con una violencia que nunca antes había yo percibido en la vida. Me pregunto si será que ahí estaba pero no teníamos los medios para verla o simplemente somos más violentos, con una capacidad escalofriante para la crueldad. Cuesta trabajo salir de es flujo, no es fácil nadar a contracorriente o perm...

El homenaje del pintor

En la reunión hay pura fauna local hippie, departiendo; somos bastantes pero cabemos bien en casa. Hace años somos amigos, nos encanta estar juntos y pasar tardes charlando, comiendo y bebiendo. Hoy alguien comentó que uno de nuestros amigos, el pintor, tendrá una despedida en el centro de cultura porque se marcha de la ciudad, de modo que salimos de la casa para dirigirnos a su homenaje. Vino algo de gente, todo el mundo conoce al artista. Me gusta este espacio de aspecto rural con su olor a madera. Entre el público se encuentra este hombre alto que me presentaron en la casa, con sus dos hijos pelirrojos, igual de serios que él, con su mismo aspecto frágil. El niño mayor –de unos diez años- me platica que está triste porque se marchan a otro lugar y no quiere irse. Disimula una lágrima y su desesperación.   Le digo que puede contarme lo que sea, que me encantará escucharlo. Le pregunto su edad y me dice que tiene 21 años. Sonreímos y lo abrazo pero esto provoca su llanto. Le di...

Antro de las maravillas

Entré al lugar porque no había podido asistir a su reciente inauguración, sabía que era muy visitado. Al subir la escalera de caracol tuve que regresar del tercer piso porque hay dos hombres haciendo el amor a pesar de la incomodidad y de las miradas de los visitantes. Yo tengo que llegar al cuarto piso así que entro a uno de los salones para ver por dónde puedo subir. Encuentro un salón adornado todo con herrería, pequeños barandales cubiertos de enredadera conforman espacios íntimos. Hay profusión de flores color azul pálido y sin duda la vajilla indica que ese espacio es para gente exquisita. Pregunto por dónde subir y me remiten a la escalera de caracol a la que no quiero volver. Ya que ando visitando este espacio me doy cuenta de que es más grande y diverso de lo que parece. En este otro salón el ambiente cambia notablemente, el piso es de mosaico dominó, todo es en lustroso blanco y negro excepto ese espacio con unos labios rojos pintados que es un despachador de vino: se le ...

La compra de las verduras

Busco verduras para llevar a casa, voy montada en la bici por una gran avenida y tengo que pasarme a un carril más alto. Creo que por el esfuerzo la cadena de la bici se salió, pero no estoy segura porque jamás me traslado por este medio y además sigue rodando. De cualquier modo, llego a mi destino: en esa casa venden muy buenos productos. Una vez seleccionada mi compra, me doy cuenta de que no tengo manera de llevarla, mi bici no tiene canastilla y dudo poder llevar la mercancía colgando de una mano como lo hace el señor que está a punto de salir. Ante tal dificultad prefiero despertar.

Cuando tiembla de nuevo

Días y semanas pesados desde la trágica coincidencia del 19 de septiembre en la Ciudad de México. Ahora, a tres mil quinientos kilómetros de distancia, me sacudo con el terremoto. Derrumbes de edificios, de casas, de vidas. Vienen las memorias del 85, aquel silencio denso en Catedral y en el Zócalo por días enteros, la plancha llena de casas de campaña para alojar los cuerpos rescatados, el acceso únicamente con un pase del ejército, las paredes de mi oficina apuntaladas, nada de electricidad, todos con cubrebocas como si protegieran del olor de la muerte de los alrededores. El albergue se más llenaba más de miedo por las noches, las familias dormían hechas nudo y tomadas de la mano. Ahí el silencio me vistió por muchos días, mi garganta recuperó su función en el momento en que fueron rescatados los recién nacidos que provocaron el llanto que lavó las costras de mi voz. Ahora supimos más pronto de lo que acontecía, no hubo tantas víctimas como en 85 pero lo que se replicó fue el gest...

Reflexiones de madrugada

Estoy aquí. Sigo de pie, agotada pero firme, sé que sigo creciendo y que voy a continuar mientras respire. No estoy sola, hace mucho que dejé de estar sola y agradezco infinitamente darme cuenta. No me rindo aunque a veces lo intente.