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Cuando no está la poesía

Pensaba en que hace mucho no intento escribir poesía. La vertiente está seca: ni la amargura del mundo y su violencia me provoca a verter mi decepción en un poema.
Yermo el espacio donde se fraguan pensamientos con palabras elegidas como flores, como piedras, como espinas o como brisa. No hay cadencia en el vacío,  no palpita el ansia por decir, por dejar ir los ríos que en su venida nos lavan sólo por atrevernos a decir nuestra palabra.
Pero no es que viva sin poesía: me la trae cada mañana el cenzontle que canta desde el árbol vecino, aún bajo la lluvia y con el frío.
Me la regala el tierno suspiro de mi perra mientras duerme o la pompa diamantina que sale de la nada cuando lavo trastes.

Llevo flechas en todas direcciones pero vienen desde el mismo sitio: el descontento y la amargura de ver lo mal que hicimos este mundo que los ancestros pusieron aún sano en nuestras manos.

Me falta entrar de nuevo en el santuario donde se gesta aún el más sencillo y pequeño poema, porque para acosar a la poesía se tiene que ir a las entrañas y revolver las tripas o exprimir el corazón de gozo y con ese material que nos acelera el puso, con esa ansiedad, intentar las palabras. Todas, las elocuentes y las simples, que silben o que sangren, que suban de color o queden negras. Al final sólo las elegidas se quedan. Las prístinas, humildes, pudorosas y brillantes, las que dicen de mí, de lo que soy.
Y ese lugar maravilloso, íntimo, está cerrado por ahora.

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