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También una se llueve

Días así, extraños, con emociones intensas por cualquier cosa, el llanto presto por si vuela la mosca, la sensación de soledad, de incertidumbre en un momento y al siguiente la gratitud por delante, ancha y cálida, genuina.
Trastornos de la edad, del género, del cuerpo, del alma, del espíritu, de todo un poco pero el caso es que se llueve una, se empañan las ventanas de los ojos, se nublan el presente y el futuro -que de por sí se ve poco- se encogen los huesos y se estiran los tiempos, se tiene pereza por las cosas prácticas, cae el sueño que es más un sopor sobre los párpados, se sobresalta el cuerpo con los ruidos, se aprovecha la lluvia de afuera para lloverse adentro, se abraza una a lo que sea, se adhiere a los recuerdos, se busca alguna mano, una palabra, una caja de fotografías, un aroma, un tono de voz, un platillo favorito, cualquier cosa que ancle y deshaga el hechizo, cualquier cosa que pueda retirar a una de ese espacio denso y la coloque sentada a la mesa departiendo, comiendo con amigos, riendo, abrazando, conversando, viviendo... y vuelve una a lloverse por la tarde, por la noche, en el desvelo, el desayuno o el paseo, bajo la regadera o en el jardín hablándole a las gardenias, escuchando los autos a lo lejos o a los perros de la calle, afuera de la casa, enfilando el corazón como hacia una larga noche en la que ya no cabe la enorme paz y pareciera infinita esta lluvia de adentro, pasajera, sí,  pero cuándo termina de pasar, cómo es que no se acaba sino por espacios breves y regresa como ese chipi chipi que llora sobre las hojas de los árboles, leve como una nube pero les dobla las ramas y entonces saco mi cuaderno y busco en los cajones las palabras, están desordenadas, se amotinan para salir a relucir diciendo alguna cosa aunque en el fondo sepan que lo único a decir por el momento es esta lluvia...

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