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Reflexión repentina de domingo

En estos pocos días se han ido muchos otros
que casi no recuerdo,
no tengo sino un sabor reminiscente
de la gloria del encuentro primero,
el del descubrimiento.
Los intensos hallazgos entre nosotros,
los luminosos momentos de pasión,
de sueños compartidos,
caminos que juntos transitamos.


En este hueco que deja tu ausencia temporal
que aunque breve no es ligera,
las memorias aletean por todas partes
cosquilleando el corazón.
También llegan recuerdos de los días
en los que no estuviste
y retomé el camino sola
mientras buscabas encontrar la paz que no tenías.


Veo todo lo que hemos construido
en veintún años de seguir intentando,
de seguir encontrando,
de seguir preguntando:
un hogar sólido y firme que no tiene paredes,
cuyas bases se hacen anchas según necesitemos.
Una estancia cálida, amorosa,
en donde reposar nuestros cansancios y restañar heridas
viejas o nuevas, grandes y pequeñas.
Un jardín florecido donde crecieron el perdón y el amor,
un amor más grande que todo, que comprende, acepta,
respeta y no cambia sino para crecer de nuevo.


Vivimos sin tiempo en donde estamos,
en un lugar que llevamos con nosotros,
en donde nos sentimos seguros, amados, respetados;
un lugar que elegimos para vivir por siempre,
espacio inalterable donde lo bueno cabe.

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