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El nido

La mañana es joven y la luz gigante. Hay un aire de hogar, un aire tibio y dulce. En una esquina de mi casa me esperan horas de feliz estudio, grandes aprendizajes, agotador y lúcido cansancio, apuntes, papeles y colores...


Me siento profundamente agradecida por tener este espacio pequeño pero cálido, suficiente para contener mi persona, mis propósitos y sueños. Un nido rodeado de espinas que me salvaguarda en su interior, donde siempre transcurren la paz y la armonía, a veces levemente trastornadas por algún apuro. Aquí vivimos esforzándonos por mantenerlo acorde a nuestro interior, sin más aspiración que percibirlo nuestro y disfrutarlo en cada una de sus luces, en cada uno de sus aires.
Está hecho de libros y memorias, de voces y silencios, de gritos y de música. Aquí tienen remanso los amigos con promesas de largas conversaciones, de abrazos cariñosos, de comida rica.

Pocos saben cuál será su última morada, pero cada una debe intentarse como tal, y así cuidarla mientras nos acuna en lo que llega la hora de ese viaje al que debemos ir con curiosidad y júbilo, el viaje al otro lado que nadie conoce y que depara, quizá como éste, variadas aventuras.

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