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Crónica de un viaje a la ciudad

Tus listones grises se han multiplicado, crecen apuntando al cielo. Serpiente de asfalto, ondeas por caminos en terceros y segundos pisos. Nunca duermes ni suspendes los ruidos de tus bocas. Creces todavía en techos que ahora llaman terrazas y te vistes con todos los tonos imaginables del gris.
     Pero aún adornas tu cuerpo con suave color de jacarandas,  vas tatuando en tus uñas los geranios, en tu tocado pones nieve de volcán y nubes.
     Devoras al tiempo, eres inabarcable. Quien te vive maldice y se deslumbra y quien te mira de visita sostiene su aliento en un asombro ausente de palabras. Fiel tirana, extiendes tus promesas cada día para seguir cazando incautos. ¿Quién va a querer salir del dulce infierno de tus redes? Embaucadora eficaz con tus aromas de naranjo y eucaliptos, el parpadeo de tus lagos escondidos, la promesa del agua en Los Dinamos o el verdor inusitado en tu emblemático Chapultepec. Prometes buen café en Coyoacán, frutos del mar en La Viga, bosques milenarios en La Marquesa, mansedumbres de ciervo en Villa del Carbón o aguerridas hormigas en Azcapotzalco. Extiendes un cheque al portador en las cantinas del centro, donde exhibes palacios y cúpulas, fervores patrios o religiosos y maravillas extranjeras con precios accesibles en los puestos de las calles, que son para todos:  los que eligen el café más elegante o quienes consumen su alimento del día en los puestos de tacos de canasta.
     Ciudad embaucadora, bellísima sirena de asfalto que atrapa corazones varados en sus banquetas, reinas en mi corazón rendido al fin por tu cerco de embrujos. ¡Salve, ciudad, me llevo jacarandas y palacios, postales de volcán, reflejos de tus lagos! ¡Salve, ciudad de polvo y corazón!
     Siempre hasta pronto, hasta la próxima vez que me reclames la ausencia.


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