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La voz del río

Miro el paisaje con mis ojos de agua
mi rumor de piedras;
allá está la raíz de  mis amigos;
acá las rocas acunando musgo.
El infinito azul me vuelve espejo
y las aves me hacen bebedero.
Las niñas tiran flores por la tarde
esperando que recoja sus tristezas.

Seguir, seguir sin detenerme,
tumbado sobre rocas,
horadando la tierra,
llevando este murmullo, vida y fuerza
abran paso,
recojan en sus cántaros
lo que puedan de mí,
mojen sus danzas entre mis orillas
depositen barquitos de papel
cuiden sus niños;
no me asfixien con sus obras,
no encierren mi curso,
no desvíen mi voz.

Que soy un rÍo que fluye,
que siempre va hacia el mar y no se queda,
no se echa por las tardes
a contemplar el sol,
va siempre a la carrera,
no importa si la luna...
Que soy un río que pasa,
que deja su rumor afuera de las casas
entre bestias,
entre bosques.

Pero qué tal si no soy yo quien pasa,
son todos esos pasos
que no pueden quedarse,
esas ventanas con la luz prendida
que no se quedan quietas,
los postes que saludan
y nunca se detienen,
los niños que saltan,
chapucean y se van.
Son esos verdes campos
llenos de rumiantes que no paran,
esas altas estrellas
que por las noches me beben como colibríes.
Son esas filas de árboles en mis orillas
que con ojos de sueño
sólo me ven pasar.

Yo estoy quieto,
fluyendo solamente,
disuelto en gotas microscópicas
que atrapan aire y luz
cumpliendo mi destino,
murmurando con mis venas 
acuosas
mi canción.

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