miércoles, 14 de octubre de 2015

La visita del miedo

Me despertó el celular antes de las seis de la mañana. Una de mis hermanas, acompañada de otro hermano, está internada en el hospital. La habían operado hace poco más de una semana y ahora hay complicaciones, aparentemente debido a la mala intervención quirúrgica.
Me informan del estado de ella, de los estudios aparentemente interminables que habrá que hacerle, de los varios días que deberá estar internada y así.
Estoy a tres mil quinientos kilómetros de distancia e imposibilitada económicamente para acompañarla gracias a la crisis económica a la que nos lleva la falta de empleo y demás parafernalia de nuestros absolutamente indolentes, ignorantes gobernantes.

Entonces, con esa luz roja encendida en mi cerebro y en mi corazón, sigo viviendo las horas de cada día, y hago mis deberes escolares con el miedo debajo, y preparo la comida con ese latido adentro, y voy a clases, converso con personas, alimento a mis perras y todo con ese miedo latiendo entre las venas porque un pre diagnóstico que nos han dado no resulta favorable.

Allá, acosada por procesos desconocidos y temibles está ella, la hermana pequeña, hermosa y morena, sin saber qué le depara el diagnóstico. Ignora lo que nosotros sabemos porque no hay un diagnóstico definitivo o certero. Sólo siente dolor, fatiga y miedo. Como yo.

viernes, 9 de octubre de 2015

Migrantes que duelen

Imaginen la foto donde una precaria balsa llega a la isla de Lesbos con refugiados. Imaginen las caras de las madres, el cansancio, el miedo. Imaginen que hay buenas personas esperando en la orilla y los reciben con paños secos y alimentos calientes.   Pueden imaginar también que una persona que se acerca a la barca recoge a una niña pequeña y llorosa y al abrazarla, siente una enorme responsabilidad.
Eso es lo que vi en un video que no encuentro manera de compartir, y que me hizo escribir lo siguiente:

Abrázala, dale calor,
 seca esa húmeda sal 
que le ha dejado el mar 
después de su jornada.

Cuídala. 
no lastimes su preciado corazón, 
no laceres su espíritu con indiferencia 
ni provoques su llanto con desprecio.
Es la semilla de nuestra humanidad. 
Es el futuro que volvimos incierto, 
dejando atrás los días al sol, 
a las mañanas, a los trinos.
Sopla un diente de león 
para que sepas cómo es frágil y hermoso 
y veas también cómo es semilla 
que se esparce lejos, 
donde todos, 
para todos.

Abrázala, dale calor, 
abre tus brazos, empuja tu corazón
hasta que sienta cuánta fuerza tiene 
ese pequeño ser que tiembla y llora, 
empozado en el miedo y el dolor. 
Dale el aliento que requiere 
para ser diente león, 
para crecer y esparcir 
semilla de humanidad, 
de gratitud y amor.


Quizá sea la manera 
de regresar los días de sol, 
los trinos, las mañanas. 
Quizá haya otra manera 
de tener un hogar universal.

jueves, 1 de octubre de 2015

Quizá también soy noche

Es noche. Me levanto del sueño que no pudo envolverme y deambulo por la casa buscando los secretos nocturnos de las cosas, su palpitar oculto a nuestros ojos en el día, cuando la luz es un escudo bajo el cual se ocultan los rumores.
Pensé en oscuridad al levantarme. No había descubierto cuánta luminosidad impone el hombre a la tersa negrura de la noche. Algo teme, por eso hay reflectores en el patio del vecino y lámparas en las calles y focos en los dinteles de las puertas.
Teme a su oscuridad. Teme su lado oscuro. Que las tinieblas lo deje encontrarse con su lobo. Tiene miedo de ver el Gran Vacío cuando tiene que enfrentar la oscuridad. Prefiere que no reposen sus párpados acosados, que se cuelen incansables haces de luz por sus pestañas, en la vigilia o en el sueño, con el sonido de los días o los ladridos de las noches.
Así que no hay secretos en las cosas, ya todo les ha sido arrebatado y ni siquiera tenemos memoria de los tiempos en que los objetos cobraban vida por las noches, siempre pendientes de no ser descubiertos por algún insomne despistado persiguiendo ovejas.
Espera un reencuentro con la noche, con las felices sombras que conocí en la infancia, cuando las horas transcurrían en el asombro porque miraba parpadear la oscuridad, sentía su pulso acompasado con el mío, miraba absorta recorrer sus velos al amanecer, cuando asomaba el día brillante como siempre, ocultando otra vez la hermosura, el misterio de la noche.
Tampoco está el silencio. Gruñen las calles acosadas de motores que recorren sin parar las avenidas presurosos por ganar las carreteras.
De todos modos, es noche. Mi lámpara de pie acompaña firme la hora del insomnio, como el tic tac venido de otro tiempo que resulta en único vestigio del pasado.
No tengo luna. Lo que brilla a lo lejos no son astros sino neones. Lo que escucho no viene del silencio sino de otra ciudad que no descansa.
Quizá todos están levantados en sus casas, buscando sus noches, los secretos de las cosas o agazapados en el temor de verse a oscuras y en silencio enfrente de sus lobos.
Quizá también soy ellos, o noche, o miedo. O lobo.