Nos persiguen de noche los rostros de esos chicos, las lágrimas de sus madres que nos queman las mejillas, nos arden el corazón, prenden la rabia que traíamos escondida. Nos apagan la voz pero nos sacan el grito y nos escuchan cerca y lejos, y nos apretujamos en un solo corazón que somos todos, con un mismo dolor. De niña tuve patria, estoy segura, o no estaría sintiendo que se me ha perdido, que las estrellas no saben de su paradero porque es cosa de bichos y alimañas donde ahora se hospeda. Ayotzinapa me muerde el corazón, me trae el rostro asesinado de mi Bety Cariño, mi amiga pitaya roja que se murió en la raya llevando ayuda en una caravana, que me llevó a leer poesía a su Radio Rabiosa comunitaria, que organizó tantos talleres para que yo compartiera en cárceles y escuelas. Ayotzinapa me recuerda a mis tres camaradas poetas con hermanos o familiares desaparecidos, me recuerda mi azoro gritando por Acteal, y, más lejos, mi boteo por la gente de Nicaragua cuando su revolución, a...