martes, 22 de abril de 2014

Un poco de respiro para sentirme poeta...

Estudiar una carrera en México es verdaderamente una prueba de resistencia. En mi caso es a distancia, lo que implica compaginar todas las actividades y compartirlas con la demanda de horas y horas de lectura y estudio para preparar tareas.
No es fácil y reconozco a todos mis compañeros que están trabajando y criando hijos y cumpliendo también con mil obligaciones mientras estudian su licenciatura.
Desde febrero estoy en este remolino de teorías, asombros y lecturas que implica el aprendizaje y que no me han dado tregua dadas mis escasas o nulas herramientas para cumplir con las tareas haciendo uso de programas de computadora que desconozco y confeccionando mapas conceptuales o líneas del tiempo que no sabía que existieran.
Duermo soñando que estoy escribiendo sobre algo, que subrayo interminables páginas. Me paso el día pegada a la computadora o leyendo y tengo que hacer escapadas para cumplir con tareas cotidianas.
Ahora me da cargo de conciencia pensar en salir a tomar un café o salir con una amiga porque "pierdo tiempo" y a veces mis ojos están tan cansados que aunque quisiera ver una película para relajarme no me resulta posible.



Pero este sábado 26 fui invitada a una lectura de poesía. ¡Seré otra vez poeta! Vibran mi corazón y mi cuerpo con la idea de estar de nuevo frente a mis textos, compartirlos y vivirlos con todo el nervio que entraña semejante exposición.

Ya vendrá el tiempo en el que se asiente todo y hacer las tareas no me implique perder información y repetirla o volver a darle forma o seguir  intentando entender.

De aquí al sábado me alienta el aleteo de los poemas que bullen por salir...

viernes, 18 de abril de 2014

¿Dónde está Macondo?

Diecisiete años, recién llegada de provincia al DF y fascinada con la lectura desde niña, gracias a mi trabajo tenía mi propio dinero para comprar libros. No tenía guías ni maestros, me orientaba leyendo las sinopsis en las librerías o en el catálogo del Círculo de Lectores. Cada quincena separaba un dinero especialmente para libros, y visitaba las librerías buscando los tesoros.
Cien año de soledad lo compré por el título. Yo era una solitaria, algo tendría que decirme. Y en cuanto abrí las páginas me llovió encima torrencialmente, como en la tierra que extrañaba. Las casas eran igual que allá, y su gente parecida. También en mi tierra pasaban nubes de mariposas, podía verlas salir de las hojas de mi libro. Un lugar como mi tierra, pero tocado por la magia, donde ocurrían toda clase de cosas como si nada. Un mundo como el que yo quería habitar, en donde yo fuera posible.

Aura me había gustado por misteriosa, por el revuelo de jóvenes yendo al centro en busca de su casa, y La tumba me había hecho pensar que José Agustín se había azotado. Solía leer varios libros a la vez, y cuando comencé Cien años de soledad dejé todos. En esas páginas hallaba un espejito, García Márquez era todo nosotros, era uno de nosotros, y había creado Macondo para que nunca saliéramos de ahí.


viernes, 4 de abril de 2014

Divagando

Sí, a veces hay momentos en que los sentimientos o las emociones son como las ventanas empañadas cuando llueve. Depende de lo que tengamos adentro, las luces parecerán vitrales o semejarán lágrimas. Nos sentiremos felices o completamente solos. Protegidos o a la deriva.
Hay momentos en los que el corazón se seca porque el rumor del río nunca se acerca y la sequía va provocando grietas por donde todo se nos va.
Y hay también los instantes en lo que se nos crece el corazón y la dicha explota adentro de una y por más que quisieras compartirlo es imposible, ningún signo se acerca a la infinita dicha y paz que sientes, a la auténtica alegría que mueve a tu corazón...
Y pensando en esos extremos veo porqué es grande ser humano, tener esta capacidad para tantísimos registros, vivir una y otra vez cualquier tipo de abismos y crecer, y amar, y disfrutar, sea que conquistemos las cumbres o que ellas nos devoren para que regresemos, lamiendo nuestras heridas y con las alas rotas pero con voluntad para seguir.
Para volver a caminar escuchando el trino de pájaros pequeños y modestos que cantan solitarios en plena media noche quién sabe si por amor o soledad; para volver a encontrar la fuerza de la vida naciendo de una grieta de cemento coronando en una flor; para sentir una ternura infinita cuando aspiramos el aroma de un bebé o contemplamos unas nubes en el cielo increíblemente azul.

Me alegra darme cuenta, saber que aunque pequeña parte de la creación, tengo esta capacidad única, grandiosa, de sentir y de pensar, de percibir, expresar... mis herramientas para seguir y seguir.

domingo, 30 de marzo de 2014

Como si detuviera el giro de los sueños

Ésta es la nueva era
 parida con la rotura gigantesca
de una vida quemada por el rayo.
Es la nueva canción entre las venas,
adormecida, tímida,
calma de pera verde entre los huertos.
Nueva morada, nueva casa,
alto de luz en el umbral,
clavel rosado encima de la mesa,
jaula sin pájaros, sólo con alas.

Casa que vuela por las noches
cuando la luna,
cuando el sueño.
Que apacigua
el motor rumoroso de su centro
donde vidas minúsculas
cobran importancia,
se asoman sin la amenaza de los pasos,
suben o bajan escalones
averiguan si ya es profundo
el sueño de quien duerme,
propinan el pinchazo
gota de sangre que garantice
un poco más de vida
y terminó la madrugada,
los gallos rompen la noche a picotazos
se asoma la mañana
velos de luz le dan fisonomía a las cosas
los objetos recobran su sentido
y en la cama
esa mujer a punto de dejar los sueños
la calidez de las mantas que la arropan,
las horas en que fue a otros mundos.

Se tensan poco a poco los músculos,
se recobra a sí misma,
cambia el ritmo de su respiración,
abre los párpados aunque todavía no vea.
No pudo ver la huída
de las vidas diminutas hacia la madirguera.
Ahora es turno de ella,
pone los pies en el piso como si detuviera
el giro de los sueños,
se incorpora.

Esa mujer comienza el nuevo día
sin darse cuenta
de que su vida se quedó en la noche


viernes, 21 de marzo de 2014

Nueva etapa, primavera, escuela... vida!

Sí, la vida es maravillosa, como quiera que la pongan. Desde los sustos abismales cuando la enfermedad de un ser querido y cercano y te aterrorizan ante su posible pérdida hasta el sublime momento en el que agradeces que no haya sido así.
Este inicio de año ha estado movidísimo, ya estamos a tres cuartos de marzo y siento que apenas se termina enero: inscripciones en el DF con las fuertes emociones de entrar a la UNAM, la emoción de encontrarme con mensajes desconocidos de un ser amado que ya partió, la intensidad de la preocupación con la grave enfermedad de mi madre, el inicio de las clases en la facultad...

Estoy enfrentando retos, como es costumbre en la vida.
Nunca -fuera de la primaria, como saben- he sido escolarizada, pero aunque hubiera sido, estas nuevas herramientas para hacer presentaciones, mapas conceptuales, líneas del tiempo y demás, son absolutamente novedosas para mí. Y qué puedo decir de la plataforma de estudio a distancia de la UNAM, que me ha puesto un cuatro tiro por viaje... sin contar con el atraso para integrarme debido a la enfermedad de mamá. ¡Todo, todo nuevo y desconocido y urgente e importante!


Claro que resiento las horas y horas de lectura y preparación de trabajos, las difíciles lecturas científicas en inglés, las desveladas con los ojos irritados porque ya no pueden leer más, el dolor de mi columna por tanto tiempo sentada, el problema de la mano derecha por el exceso de uso de la compu escribiendo... pero en cambio... ¡ahhh, en cambio! cuántas cosas aprendo, de cuántas cosas interesantísimas me entero.

Comienzo a leer los textos y quedo como cuando pinto y entro al cuadro: no sé de otra cosa, me voy figurando a todos esos científicos brillantes que nos abrieron el camino para este conocimiento y para que sigamos explorando nuestra conciencia, nuestro cerebro, nuestra mente, nuestros sueños, de asombro en asombro conforme conozco sus experimentos, sus dudas, sus discusiones, su esfuerzo.

¿Lo disfruto? El proceso todavía no porque me está pasando las cuentas en mi físico. Pero el resultado es sentir cómo se amplía un horizonte que nunca había explorado. Estoy pisando nuevas, bellas y desconocidas tierras que me hacen sentir, como tantas otras cosas, conectada con la vida. Y en cierto modo me siento como dice mi generosa amiga, la Dra. Graciela Albert: ¿como que estoy cumpliendo veinte años porque acabo de entrar a la universidad!

Y aparte, aprendí a tomar la presión, a medir el azúcar, a fijarme cuánto sodio o potasio tienen los alimentos, a estar pendiente de posibles síntomas, y en una palabra, a tener paciencia y tolerancia. Así que reitero que la vida es maravillosa y nunca deja de asombrarme.




domingo, 16 de febrero de 2014

Sala de emergencias

Otra sala, otro hospital. Pero la misma humanidad dolida, frágil. Familiares rendidos por el sueño y el cansancio atiborran los pasillos. Algunos con más suerte se han tendido a dormir en las sillas de espera, pero otros son vencidos en el piso. El cansancio, pero también el miedo y el dolor hacen presa de ellos. No hay descanso ni silencio a las tres de la mañana en este sitio. Con el ruido de las voces se deja oír también el ritmo pesado del sueño en esas respiraciones que se han dado una tregua para huir a otro espacio donde no hay enfermedad ni espera.
Algunos otros rezan en voz alta refugiadas en esa fe que más que nunca sale de todos los rincones donde se encontraba, quizá olvidada. Otros tienen biblias e la mano y otros más se refugian en el espacio virtual de sus teléfonos para estar también en oro lado y no mirar que junto está alguien que pena, alguien que no sabe qué hacer o desespera, caras agotadas y miradas enrojecidas, pies hinchados, comida chatarra, lucha por una silla, un espacio donde dejar caer siquiera un poco los huesos cansados, sacudidos por el susto de tener que acudir a las urgencias sin saber qué ocurrirá con su pariente.
Pasos blancos en los corredores afilan el poco aire que respiran los enfermos hacinados que al principio reclaman por estar sentados en una silla desvencijada con las venas rotas y los brazos morados por días y días en o que alguien desocupa una cama que luego cuesta trabajo ocupar porque todos están igual de graves y cansados.
Enfermeras que no toman café por atender a sus enfermos, enfermeras que toman café por olvidar a sus enfermos, vigilantes que regañan sin consideración a cada familiar desesperado que pregunta y vuelve a preguntar.
Las salas sobrepobladas con el aire enrarecido, irrespirable, trípodes de dos patas sin ninguna rueda, tembleques, sosteniendo bolsas llenas de líquidos esperanzadores, gasas con rastros de sangre por el piso, cómodos que nadie ha recogido, pacientes que tienen sed pero no hay agua, no hay pastillas, no hay camas ni personal ni ayuda alguna y cada vez enajenada por estar aquí en la grotesca situación, falta de higiene y de servicios, llena de ruegos y plegarias y solidaridad y bendiciones repartidas a diestra y siniestra por igual, que a todos hacen falta.

Un grito dolorido en medio de la madrugada, un hilo más cortado y todos condolidos pero tocando madera para no ser tocado por la tragedia, hay que seguir rezando, la fe mueve montañas, Dios es tan grande y que sea su voluntad y cuatro de la mañana de la siguiente semana y nada ha cambiado salvo los rostros impacientes, distintos enfermos y familiares angustiados, la misma espera, la confusión las almas vulnerables que invariable, irremediablemente, aquí claman a Dios.

miércoles, 5 de febrero de 2014

La voz del río

Miro el paisaje con mis ojos de agua
mi rumor de piedras;
allá está la raíz de  mis amigos;
acá las rocas acunando musgo.
El infinito azul me vuelve espejo
y las aves me hacen bebedero.
Las niñas tiran flores por la tarde
esperando que recoja sus tristezas.

Seguir, seguir sin detenerme,
tumbado sobre rocas,
horadando la tierra,
llevando este murmullo, vida y fuerza
abran paso,
recojan en sus cántaros
lo que puedan de mí,
mojen sus danzas entre mis orillas
depositen barquitos de papel
cuiden sus niños;
no me asfixien con sus obras,
no encierren mi curso,
no desvíen mi voz.

Que soy un rÍo que fluye,
que siempre va hacia el mar y no se queda,
no se echa por las tardes
a contemplar el sol,
va siempre a la carrera,
no importa si la luna...
Que soy un río que pasa,
que deja su rumor afuera de las casas
entre bestias,
entre bosques.

Pero qué tal si no soy yo quien pasa,
son todos esos pasos
que no pueden quedarse,
esas ventanas con la luz prendida
que no se quedan quietas,
los postes que saludan
y nunca se detienen,
los niños que saltan,
chapucean y se van.
Son esos verdes campos
llenos de rumiantes que no paran,
esas altas estrellas
que por las noches me beben como colibríes.
Son esas filas de árboles en mis orillas
que con ojos de sueño
sólo me ven pasar.

Yo estoy quieto,
fluyendo solamente,
disuelto en gotas microscópicas
que atrapan aire y luz
cumpliendo mi destino,
murmurando con mis venas 
acuosas
mi canción.