jueves, 21 de agosto de 2014

De esos días raros

El sueño que tuve me despertó vivamente con una sensación amarga. No entiendo lo que pasa, ese sueño puede que remonte a hace cuarenta años, estaba segura de haber superado todo eso y ahora, inesperadamente, cuando estoy todavía celebrando mi cumpleaños 59 por tener alegría y salud, ¡zaz! aparece este sueño que refleja en cierto modo, de la manera en que lo hacen los sueños, mi pasado.
Me levanté metida en la situación y de inmediato quise hacer lo que fuera para distraerme y disipar esa amarga emoción de extrañeza que me hacía pensar en que no era la mejor manera de iniciar mi día.
Para colmo tendría una sesión de retrato, no sabía qué ponerme y no quería verme cruda como bolillo sin hornear.
Me probé varias mudas de ropa, si negra, si clara, si con escote, si así o asá... hasta que me agarraron las carreras y ya me quedé con lo último que me probé, el pelo no se me quiso acomodar y a duras penas puse rimel a las pestañas diminutas porque si no ni se ven. Para colmo, justo cuando estoy poniendo el café llega el fotógrafo y no gracias, no quiere café, así que dejo ahí el mío para que iniciemos de inmediato la sesión.
Pequeña distracción, apenas sesenta minutos que me separaron del estado onírico que regresó en cuando cerré la puerta despidiendo al amigo.
Para procurarme distracción pongo la música y he aquí que es la más adecuada para el estado en que me encuentro, de dónde rayos salen todas estas coincidencias, no sé si nadar contra la corriente o ahogarme un poco en esta sensación extraña de sueño, tristeza y amargura pero lo que sí sé es que no, nunca he querido quedarme ahí, no arrastro rencores, no quiero tener malos sentimientos y mis recuerdos están curados ya para que no me duelan.
Pero el sueño es mi otro mundo, otros mundos, ahí a veces me pierdo o me encuentro o me reencuentro, me hago joven, veo niños a mis hijos, regreso a caminar por una de mis escuelas encontrando y saludo a mis compañeras, converso con un director, pido recetas a las vecinas y no, nunca vuelo. Quizá no lo necesito, estoy convencida de que para mí ni aire ni agua, la tierra es mi elemento.
Entonces, esa otra vida o sueño ¿qué me dice? Bueno, quizá simplemente que no existe el olvido. No pasa nada, mientras exista el perdón.


Mal sueño

Estamos embarazados y me siento muy feliz. No reencontramos después de muchos años, nuestro primer hijo es ya un joven con su vida en sus manos.
Estamos en la vieja casa de su familia, veré de nuevo a todas sus hermanas.
El elevador me marea con tanto adorno dorado y sus raras maneras para cerrarse y subir con muchísimo esfuerzo y quejidos oxidosos.
Hacemos el amor en donde era su recámara cuando estudiantes y me sentí como aquella jovencita enamorada y llena de esperanza. Mientras me estiro feliz en la cama él se pone muy serio. Esto no está funcionando, me dice. No sé a qué se refiere y la sorpresa me desaparece las palabras del cerebro y de la boca y me pone un salto en el corazón.
¿A qué te refieres?
No podemos seguir juntos, es una equivocación.
¡Pero tenemos a esta criatura!
Tú la puedes cuidar sin problema
¡Ah no, yo ya lo hice y ahora te toca a ti!
Se levanta ligero como el aire mientras mi cuerpo adquiere el peso de todo el plomo del mundo y mi corazón se pone como avispero.
Voy a contarlo a sus hermanas, mujeres fuertes y maduras para que lo hagan entrar en razón.¿Que cómo le vas a hacer? ¡Trabajando! me dicen.
Ahora todo mundo se alista para dejar la casa y continuar con sus vidas en donde las dejaron
Yo ya lo hice una vez, esto no es justo, es lo único que pienso buscando de qué manera forzarlo a que ahora tome su parte de responsabilidad. Terminaron de recoger sus cosas y salen -salimos- todos en tropel optando por las anchas, interminables escaleras.
Mi desesperación dice que corra, que intente atrapar al tiempo que se marcha y mis pies devoran los escalones, trastabillen me punzan agudamente los tobillos, todo gira y caigo al final de la escalera sintiendo un golpe seco en la cabeza junto con un gran alivio en el pecho. Oscurece con un silencio denso.

Estamos todos metidos en un auto, tienen cara de espanto y me entero de que estoy muy pálida y que me han dado respiración mientras nos dirigimos al hospital. Después de un rato desorientada, el dolor en el pecho me hace recuperar la memoria.

¡Malditos, malditos, malditos! pienso -¿o digo?- mientras el tiempo que no pude detener apunta las seis de la mañana y me despierto.

viernes, 15 de agosto de 2014

Un rosario de jade

Estoy de visita en la casa de una señora muy mayor.  Hay muchas habitaciones bastante abigarradas tanto en la arquitectura como en el contenido: parece museo porque los muebles son bastante antiguos aunque bien cuidados.
Una de las empleadas de la casa me pide que la ayude a revisar el drenaje de las cafeteras. Disimulo cuanto puedo mi cara de “¿what?” y la acompaño a un antecomedor que tiene vitrinas llenas de objetos de plata oxidada. Entre ellos, las cafeteras.
Al revisar una por una veo que en la parte del fondo o base tienen un compartimento como el que conocemos para poner pilas en algún aparato, y procedo a retirar los diminutos tornillos para ver si ahí se esconde el drenaje dichoso.
¡Sorpresa! lo que contiene ese espacio son una especie de libritos de acordeón hechos con tela. Como son tan antiguos no sé si fue con el propósito de que perduraran más que el papel o en esos tiempos no había tanta disponibilidad del mismo. Tienen bordadas letras que calculo son oraciones que servían para acompañar a los niños pobres que atendían en el lugar de procedencia de las cafeteras.
Otra de las jarras tenía lo que dijeron es un rosario, pero mentira porque no tiene cuentas, es sólo una cadena dorada -seguramente de oro- con alguna que otra cuenta y una piedra de jade tallada con la forma de un niño dormido y cubierto con una cobijita. Es precioso el trabajo.
Otras personas que están haciendo el recorrido de visita por la casa se entusiasman y quieren comprar alguna de las piezas, pero la empleada consulta con la dueña y ésta decide que va a vender un lote por doscientos mil pesos. Los visitantes hacen cálculos y resulta que les falta una cuarta parte para completar.
Me dirijo a una sala grande donde está la sobrina de la dueña, una mujer joven muy guapa y distinguida que al parecer está recogiendo sus cosas porque van a dejar la casa. Hay un mueble muy ornamentado de madera con cajones y me dice que ahí puedo guardar mientras mis cosas. Son muy pocas, prácticamente sólo mi bolsa, que deposito en el cajón.

No se me quita de la cabeza la cadena con el pendiente de jade y voy por ella a hurtadillas. Está en una cajita de cartón blanco y una vez que la tengo, debo ocultarla. En mi bolso. Pero no está en el cajón, únicamente encuentro ropa de la sobrina y un collar de perlas que no me interesa, nunca me gustaron las perlas y está demasiado grande.
Deambulo por la casa buscando un escondrijo y en una habitación que parece despacho decido que me servirá un pequeño sillón  primorosamente tapizado en color rosa con cojines muy monos. Pongo la cajita debajo de un cojín y lo acomodo para que no se vea nada.
Súbitamente atrae mi atención una voz de mujer a un lado. Es una secretaria sentada al escritorio que me cuenta que cuando no tiene nada que hacer -o sea con frecuencia- le gusta sacar todos sus lápices labiales para hacer combinaciones de colores. Dice que ella siempre está pendiente de tener actividades, por eso.

Definitivamente no creo poder escuchar todo lo que tiene por decirme. Prefiero despertar.

viernes, 8 de agosto de 2014

Cómo pasan los años

Mientras preparo mi taza del café viajero que me hizo llegar mi primo Jorge desde mi tierra, me pongo a recordar cómo van siendo los cumpleaños a lo largo de mi vida. Bueno, porque la fecha es algo así como un punto de partida desde donde hago esta pequeña reflexión.

De niños no tuvimos mayor idea de los cumpleaños, excepto la de que siempre los que se festejaban eran los otros, no los propios. Sin embargo, cuento con dos festejos en mi infancia, por lo mismo memorables, a los cuatro y a los once años. En ambos fue mi abuela paterna quien hizo mi pastel relleno de fresas y nuez, inolvidable como ella.

Luego hubo algunos cumpleaños deplorables en los que no era capaz de agradecer mucho debido a la etapa en la que me encontraba, de abandono, desamor, lucha.

La vida, este caleidoscopio, a veces nos ofrece las vistas más maravillosas y vino un tiempo en el que mi cumpleaños era una magnífica celebración, con personas y regalos abundantes y se llenaba la casa con su visita. Me sentía muy importante y feliz pensando que al fin tenía celebraciones como las que leía en los libros.

Después los cumpleaños se hicieron más personales, como de celebrar en pareja recibiendo amor y hermosos presentes, sin multitudes pero siempre acompañada de quienes me quieren.

Esta mañana, ya servido este café que les puede causar envidia con toda confianza, reflexiono otra vez en mi cumpleaños, en lo feliz que me hace tener vida y sueños y proyectos, y en esa confiada alegría que proporciona saber que mi mayor tesoro sigue creciendo irradiando mucha luz, tanta que me siento poseedora del sol. Son mis amigas, mis amigos. Sus palabras, llamadas, abrazos, regalos, lo que en este día y todos me proporciona esa gotita de felicidad que como saben, alimenta el optimismo que es mi escudo ante los días inciertos y difíciles dentro y fuera de mi mundo.

¡Gracias a Dios, a la vida, por este otro año feliz!

martes, 22 de julio de 2014

Alas de dragón


Tus pesadillas fueron mis lunas de colores,
mi risa desbocada, mi aspereza de arena.
Cada minuto eterno con sus prisas,
mi mente de volantín por la mañana
mi espíritu de pájaro
mis garras de dragón.

No fue posible que trenzaras mis cabellos
cuando el amor desmadejaba:
tú no aprendiste a caminar por filos
rodeado de huracanes y arcoiris.

Te estremecieron todos los hechizos
y yo, la bruja, no pude darme cuenta
que es sólo miedo aquello que temblaba.

Me recojo las alas y bebo las pociones
que apacigüen el volcán que me desata.
Hoy dormiré la noche del veneno
y un día despertaré tan poderosa 
que van a darte miedo

mis alas de dragón.

jueves, 10 de julio de 2014

La guerra por TV


Te vi: tan grande como a la montaña,
con ojos igual que lunas.
Apenas ayer soñabas
y ya desde ahora gimes.
Antes nunca hubo lluvia que te causara daño,
que soplara un incendio y te abrasara.

Tú resistes en la guerra:
no encuentras a tu madre
ni a tu padre
y cargas por herencia dolor ilimitado
y un cuerpo tan distinto al que tenías
que ya no puedes enjugar tus lágrimas.
En el momento en que te miro
manos ajenas te secan ese llanto
que ya no vio tu madre.

Solo
sin los molinos de tu cuerpo,
sin esas flechas de siete años de altura,
más grande que esa montaña que dijiste,
más valiente, 
más hombre tú
que todos esos que andan en sus botas.

Más cerca tú del cielo en ese infierno,
tú,
el de los ojos de luna
de quien no conozco el nombre:
nunca sabrás que aquí,
tan lejos,
por el brevísimo tiempo 
en el que vi tu imagen,
me convertí en tu madre dolorosa,
abracé tu orfandad con mi plegaria
y pronuncié maldiciones a la guerra.

Tú que conoces
del llanto y el dolor injustos
nunca sabrás de la amargura
de estas lágrimas 
avergonzadas, vanas,

y mucho menos preciosas que las tuyas.



lunes, 7 de julio de 2014

Poema para los niños migrantes

Para los niños migrantes



Temprano te salieron alas
y esparces la ceniza de un vuelo inesperado.
Vuelas hacia una tierra prometida que no existe ,
donde leche ni miel encontrarás.

Encerrarán tu vuelo en jaulas
y el miedo que aprendiste a dejar lejos
regresará a morderte por las noches.
Ningún río te besará con agua fresca,
ninguna señal de la cruz sobre tu frente
te va a guardar de la amargura.

Somos testigos de la decapitación de tu infancia,
de tu niñez hoy preñada de dolor,
de pies cansados y ojos secos.

Que la vergüenza nos cubra
cada que te preguntes o que pidas,
que el corazón nos duela
hasta que tengas alas con vuelo renacido.