domingo, 11 de septiembre de 2016

Querido Sergio

(No es necesario poner tus apellidos, si llegas a ver esto sabrás que es para ti).

Ahora mismo  comienzo el relato de una parte de mi historia que desconoces por tanta ausencia. Me da mucha pereza escribirlo porque ha pasado tanto tiempo que estoy en lo que podría decirse la medianía de mi vida. Por eso seguramente todos escriben sus diarios cuando tienen quince años y no están precisados a seleccionar lo que abordarán en su cuaderno.  Comienzo pues, sencillamente, tumbada en la cama y al pie de mi ventana. Es de tarde, como cuando pintábamos. El aire está muy fresco, el pájaro que siempre canta no vino hoy a su árbol y mis perros duermen echados a mis pies.

Hace dos meses que no he podido trabajar. De por sí mi labor es esporádica, siempre depende de que alguna instancia cultural o social requiera mis servicios y me solicite diseñar un taller ya sea de pintura o de literatura para niños. Los más comunes son los de desarrollo social, pues van a colonias marginadas y a municipios alejados. Pagan poco y es mucha la friega pero a mí no sólo me proporcionan algo de ayuda económica: sobre todo, me alimentan el espíritu.
            Nunca supe que quería enseñar. Sólo de niña sentaba a mis primos y hermanos que dejaban a mi cuidado para jugar a la escuelita. Inventaba cómo enseñarlos a que se cepillaran los dientes o cosas absurdas como esa. Claro que los niños siempre quieren pintar pero nosotros nunca tuvimos con qué, si a duras penas teníamos para cuadernos de la escuela. Recuerdo cómo se me gastaban las hojas de mi libreta por tener que borrarlas para volver a escribir en ellas. Aprendí a borrar muy limpiecito y con gran cuidado.
            Pero decía, no tuve tiempo de descubrir ninguna vocación cuando lo que tenía que hacer desde niña depués de la primaria era trabajar, alejada de la escuela y de lo que hubieran podido ser mis sueños o deseos. Lo que no dejé de hacer fue leer. Primero lo que me encontraba, y más tarde, cuando mi sueldo permitía que separara algunos pesos, lo que me compraba. Siempre quise aprender.
            Ya de adulta y con los hijos que mantuve, me dio por aprender pintura. No salí tan mala porque como te dije, me gusta aprender. Y un día me invitaron unos maestros rurales de Oaxaca a que diera talleres de pintura para niños. Me emocioné pero tuve mucho miedo. Enseñar cualquier cosa es mucha responsabilidad. Pero estaba comprometida porque en ese lugar había yo leído mis primeros poemas y me había sentido poeta por primera vez. Dar a cambio de eso un taller era más bien poca cosa y acepté.
            Me puse a leer libros y a buscar apuntes en donde aconsejaran didácticas a los maestros y mostraran ejercicios. Me puse a hacerlos para constatar el grado de dificultad y calcular los materiales. Y claro, le dije a todos mis amigos que me donaran cuanto tuvieran que sirviera para colorear: los lápices de colores que sus niños desechan cada año, pedacería de crayolas, hojas y cartulinas. El  caso es que tengo buenos amigos y pude llenar una maleta mediana con materiales que llamé mi maleta de mago.
            En Huajuapan de León mis amigos maestros pusieron a mi disposición el patio de un kinder y un colchón para que durmiera ahí durante el curso, y su viejísimo pero útil Vocho sin ventanas para adentrarnos en las escuelitas de la sierra en busca de niños a quienes dar talleres.
            Entonces conocí más a este país que tanto me enseñaron a querer. Y la pobreza, de la que siempre estuve cerca, me rodeó de nuevo.
            Aquellos talleres duraron apenas un fin de semana largo. Yo terminé contenta y cansada pero sobre todo adolorida. No se me apartaban de la cabeza todas aquellas cabecitas de cabello negro y tieso: los niños que yo calculaba de ocho años tenían once, y en aquella ocasión ningún niño conocía las crayolas. No hablaban español y desconozco la manera como sobreviven en un lugar caluroso y sin agua. Recuerdo bien la sed que me atormentó durante la primera sesión del taller, y que no había de dónde obtener agua. Y recuerdo preguntarme qué harían los niños para vivir así, porque yo en cuanto regresara a Huajuapan, me compraba una botella de agua y listo. Pero los niños no. Ni siquiera había tienditas en los lugares donde estaban.
            La experiencia me gustó muchísimo y seguí dando talleres. A veces en orfanatorios, a veces en escuelas de colonias alejadas, en el Estado de México, la sierra de Veracruz o en el DF.  Hasta para unos chicos de bachillerato en Costa Rica fui a dar talleres. Luego me  fui a vivir a Monterrey y ahí para mi fortuna, estaban comenzando un programa de Cultura Infantil con talleres para niños. Me ofrecí como voluntaria porque recién llegada a la ciudad y sin conocer a nadie, pensé que sería la mejor manera de integrarme a la comunidad. Así estuve por meses hasta que pregunté cómo le hacía para proponer un proyecto. Y comencé a trabajar en distintos proyectos, con la ventaja enorme de recibir mucha y buena capacitación.

            Participé en los talleres de verano asistiendo también a los municipios. Seguía yo con mi interés por conocer más el país. Nuevo León es un estado bien grande y de otro modo hubiera sido difícil llegar a los municipios que conocí. Para mí todo era completamente diferente. El norte es algo desconocido para quienes somos y vivimos en el centro. Es toda una experiencia vivir en la frontera, o al menos, tan cerca de la frontera. Con el tiempo me pidieron diseñar talleres de verano en literatura para el Estado, ligados con las actividades plásticas que otros maestros o yo misma diseñábamos.
            Tuve la dicha de participar en un programa que consistía en dar la clase de Artísticas en una escuela primara durante todo el ciclo escolar. Increíblemente, como soñé cuando era niña, estuve dando clases en una primaria sin haber cursado la Normal. Fue todo un reto diseñar talleres para cada grado de dificultad, y aquel fue un año muy trabajoso porque no sólo daba esas clases sino otras de pintura particulares de mañana y tarde y luego estuve en los cursos de verano donde me pasaba la semana en algún municipio, y tuve un taller en una feria del libro y en otra de Expo Ayuda y por si fuera poco, estaba tomando un diplomado a distancia sobre Cultura Infantil de la UAM Y CONACULTA.
            En una ocasión en que monté una exposición de trabajos de los niños en una Casa de la Cultura, un escritor de libros para niños de la localidad me dijo que nunca fuera yo a pensar que lo que hago no sirve de mucho. Dijo que él mismo había decidido hacer lo que hacía gracias a una maestra que le dio taller de lectura en el kiosko de un parque cuando niño. Entonces sentí que yo había tenido razón en el foro de discusión del diplomado al decir que prefiero sentir que pongo mi granito de arena a saber que no hago nada. La discusión era porque algunos compañeros pensaban que de todos modos no cambian las cosas, por mucho que uno se esfuerce, y que es tiempo perdido dedicar tanto esfuerzo a programas que nunca tienen continuidad, a conseguir recursos, a convencer a autoridades y demás. Sí, es difícil y si sólo se vive de eso, definitivamente se vive mal, al día como la mayoría de personas en este país. Pero cuando uno lo hace por convicción, cuando uno lo hace porque le renueva el espíritu en lugar de enmarañarlo, uno se traga su pastilla cotidiana de frustración y le pone buena cara a cada día para poner continuar.

            Pero de nuevo, como sabes, me tuve que mudar a esta otra ciudad. Ensenada es la ciudad del polvo. Aquí los cerros y los campos parecen estar hechos de talco. Un polvo fino y claro que se cuela por las paredes, pues aunque todo esté cerrado, la casa se llena de polvo.
Y es por eso, porque soy nueva aquí, que llevo ya dos meses sin trabajar. Pero sobre todo, sin tener ese contacto con los niños que me hace sentir tan de cerca mi infancia, que me trae al presente los momentos en los que sentada en el comedor, con un lápiz y una hoja de cuaderno, me ponía a copiar los dibujos que me gustaban de mis libros. Revivir las sensaciones de sorpresa cuando mi abuelo doblaba una hoja de papel y de pronto se convertía en una paloma. O los juegos en donde mi madre, doblando algún pedazo de periódico, nos hacía carteras y billetes para jugar a la tiendita. Y las incontables historias que imaginaba cuando veía caer la lluvia en los cristales, imaginando a cada gota como si fuera un personaje...  Por eso necesito estar con los niños, porque estar con ellos es volver a esa patria que tantas veces consideramos perdida sin saber que está siempre a la vuelta de la esquina, aguardando a que removamos los recuerdos para entrar de nuevo en ella.
            Y si algo lamento es no haber podido hacer esa carrera de maestra que me hubiera permitido estar frente a cientos y cientos de niños escuchando sus risas y preguntas. Para eso se necesitaban muchas cosas: no ser exageradamente pobre, no tener un padre misógino, no tener que mantener a siete hermanos, no haberme casado tan joven, no haberme quedado sola con dos hijos, no haber tenido que trabajar desde niña, siempre y en donde fuera persiguiendo horas extras… en fin, que a fin de cuentas, mi querido Sergio, me conformo con hacer bien lo que hago ahora y disfrutarlo. Tengo ya muchas cartitas de los niños con los que he trabajado, y son el alimento y la alegría que necesito para creer que, por mucho tiempo más, podré seguir viviendo de la mano de los niños, y podré seguir volando con sus alas a esa patria escondida que es mi infancia.

Te prometo no volver a tardar tanto en escribirte. Me gustaría saber en dónde estás, si seguiste pintando –ya sabes que todos en el studio del maestro Zapata reconocimos tu talent- y si ya no eres tan arisco con la gente. Nunca te he dado las gracias por haberme aceptado como amiga para estar cerca de ti cuando la rubeola que te atacó o cuando nos tomamos muchas horas del día para salir a dibujara la calle, al café, el supermercado o los parques. Siempre fuiste muy grata compañía. Más que hermano, pudieras ser mi hijo pero está bien, que baste y sobre con ser amigos aunque ninguno sepa, en este momento, en dónde estamos. Cuídate, hasta siempre.



martes, 21 de junio de 2016

Nochixtlán, Oaxaca

            La primera vez que estuve en contacto con ellos fue en los noventa, durante el Encuentro Internacional de Mujeres Poetas en el País de las Nubes, es decir, en la región mixteca, la sede fue por mucho tiempo en Huajuapan de León. Se me acercó una pareja mientras almorzaba yo, preguntando si me podían hacer una entrevista. Nunca antes me habían hecho semejante petición, y me sentí tan importante -fue común en esos días allá- que accedí de inmediato, así que terminé mi pozole y nos fuimos a sentar a un rincón.
            Entonces supe que ellos eran profesores y su interés era saber qué podía yo, además de dejar mis poemas en sus plazas y escuelas, hacer por su comunidad. Menudo compromiso, pensé: no tengo recursos económicos, no sé cómo ayudar. Se los dije honestamente y me sugirieron que los apoyara con talleres para niños. Sin pensarlo dije que sí, a pesar de que jamás lo había hecho, y desde entonces nos programamos para que yo fuera a darlos en distintas comunidades, escuelas, mercados, orfanatos etc.unas dos veces por año, cosa que terminó siendo sólo anual porque yo no podría viajar más seguido. Duraban una semana mis estancias. 

            En uno de esos viajes me tocó ir a una comunidad de la que no recuerdo el nombre, pero la mayoría de los niños hablaban mixteco, igual que su profesor. Luego del taller me pidieron leer poesía y al final, cuando daban su agradecimiento, me dieron la sorpresa de que los niños declamaran poemas en mixteco.

            Más adelante, en otro de esos viajes me tocó que me dejaran en casa de una maestra para que ella al día siguiente me llevara a su escuela. Temprano me dieron de desayunar café y un huevo estrellado, y salimos en una destartalada camioneta de redilas de la profesora. A lo largo del camino bordeado de árboles, en ciertos tramos tocaba el claxon y salían pequeños manojos de niños a treparse y así hasta que llegamos. Un terreno polvoriento con un cuarto levantado con tablas y techo de láminas era la escuela, cercada con alambre de púas. No había sillas ni mesas, nos sentamos en el piso rodeadas por los niños. La profesora repartió hojas engrapadas a modo de cuadernos y para escribir, los niños se turnaban el único lápiz que había. Me indicó que el grupo era multigrado y bilingüe, aunque en realidad los niños no hablaban mucho español. Aquel primer taller que di en esas condiciones me dejó roto el corazón por buen rato: los niños nunca habían visto una crayola, por ejemplo.
            Cuando platiqué con la profesora sobre esas condiciones, me dijo que en realidad los padres de familia eran tan pobres que preferían poner a trabajar a sus hijos ya que la escuela implicaba gastos, así que ella les daba los "cuadernos" y los trasladaba, para que no gastaran y pudieran ir a clases, todo de su propio y escaso peculio porque la  SEP, -no recuerdo qué explicación dio al respecto la maestra- bien gracias.

Otra más de mis visitas en Huajuapan me hospedó una maestra que vivía sola con sus tres hijos, uno de ellos como de cinco años. Una de sus hijas se levantaba de madrugada para ir a la secundaria, y el menor de los niños daba brincos mientras lo bañaban con el agua helada. Supe después que no tenían dinero para comprar gas, pero a mí me calentaban el agua para que me bañara. Una de las tardes en que regresé a la casa luego de otras actividades, los encontré en su cocina y noté que tenían una sola tortilla y que comían lo que había quedado del día anterior, pero me invitaron a que con ellos "limpiara la cazuela"  -literalmente-. Creo que el dinero que tenían se gastaba en los pasajes de todos para ir a sus escuelas.

            No se trata de escribir todas las memorias que conservo de mis encuentros con los profesores en esa zona mixteca, sino de dar una idea de cómo son las profesoras y profesores, y cuánto me enseñaron también. La solidaridad y la cohesión social fue lo que más me llamó la atención en todas las comunidades en donde estuve: ningún problema se considera ajeno, en cuanto algo sucede todo mudo hace su tarea sin averiguaciones, y proporciona su ayuda.
            Otra de las enseñanzas es su enorme modestia: son humildes, no se vanaglorian de lo que tengan o sepan, no son estridentes al conversar, no son bruscos para decir las cosas, y si los mexicanos tenemos fama por nuestra proverbial hospitalidad, en eso los oaxaqueños se cuecen aparte.
            Entre otras de las cosas que aprendí, fue su interés por devolver a su comunidad lo que hubieren aprendido fuera de ella. Es decir, en muchos lugares no hay escuelas a partir de la secundaria y se tienen que ir a las ciudades a estudiar la preparatoria y hacer la carrera, pero regresan a sus pueblos y trabajan para sus comunidades. No estoy diciendo que absolutamente cada oaxaqueño sea así, sólo hablo de los que me ha tocado conocer a lo largo de veinte años.

            Por eso en estos días en que ha ocurrido la tragedia de Nochixtlán, me causa particular rabia y amargura saber a qué clase de personas el gobierno ha maltratado, violentado, asesinado. En esa comunidad, como en tantas otras en las que he estado, fui recibida en el seno de una familia, que por pobre que fuera jamás fue incorrecta y me brindó además de su techo su comida, su amistad y la cosecha de sus manos, como puedo demostrar con el albino rebozo hilado que me dio la señora de la casa, así sin conocerme y luego de haberme puesto a dormir en una cama modesta pero con sábanas y fundas bordadas con flores.

            Ahora nos toca retribuirle a Oaxaca todo eso que siempre están haciendo por nosotros, que es alzar su voz y más aún, poner su pecho enfrente en espera de diálogo y entendimiento como ellos están acostumbrados, para recibir la abominable afronta de ser masacrados en la más inconcebible falta de respeto a la vida y a sus semejantes.

            Nos toca decir ya basta, nos toca hermanarnos y ser uno con ellos, con nuestros maestros que van delante de nosotros enseñándonos el camino del pundonor, y con quienes tenemos una enorme deuda desde las aulas de nuestra infancia y las de nuestros hijos y nietos, y en honor a lo que tengamos de conciencia.

lunes, 13 de junio de 2016

Marcas, huellas...


Confinada en este universo de cuatro paredes y cajones de madera llenos de ropa o de papeles, levanto la vista al techo. Tiene figuras caprichosas, manchas, telas de araña de quién sabe cuándo. Algunos puntos que por momentos creo que se mueven, ignoro si son insectos o simplemente los puntos que tienen mis ojos y que se notan sobre todo cuando miro cosas blancas, cosas de colores claros. Ahí están,como los peces, nadando en el agua salada de mis ojos, sin que sepa yo cuándo y cómo llegaron, por qué siguen ahí, siempre subiendo y bajando igual que mis miradas, posándose a veces inadvertidamente sobre cosas que siempre los ignoran.

Puntos suspendidos que navegan recorriendo las formas de las cosas, sus colores, su posible peso y sus texturas. Cosas que han ido posándose entre sus prisiones de madera oscura y olorosa, guardadas para cada ocasión que lo amerite, olvidadas porque no ha habido tales ocasiones, atesoradas sólo como prueba de ciertos recuerdos increíbles y pasmosos que en su momento deban comprobarse, para eso están guardadas esas cosas.

Recuerdos encerrados revolotean suavemente como mariposas, estiran con pereza luminosa y colorida sus alas, despliegan un perfume a otros días, otros momentos, otras certezas...
Cosas como marcas que nos van trazando rutas hacia adentro, les seguimos las huellas y encontramos a esa niña de ojos asustados y pocas palabras, delgada, friolenta y con hambre; seguimos otra marca y he ahí la joven con sueños en bandolera, todavía con miedo pero ya con determinación para entender poco a poco la vida. Marcas que me conducen al momento del sobresalto y el peso de una responsabilidad que me hace responder por otra vida, un ser nacido de mi cuerpo y de mi espíritu, una criatura diminuta que depende de mí, que me hace madre.

Marcas que me conforman, me dan esta forma de cuerpo atormentado con vocación de alas, esta voz que tantas veces permite los temblores, la convulsión del sentimiento, el canto, el verso poderoso que me salva.

Marcas que voy acumulando, que guardo en estas cuatro paredes de mi cuarto en mañanas así, ventosas, de sol tímido y frío. Para que permanezcan, para que otro día cualquiera mire al techo y encuentre entre sus manchas este sabor matutino y la reminiscencia del dolor sea una bruma vaga que me haga recordar que cada vez que me caigo me levanto.


Ensenada, B.C., 13  de junio de 2016


lunes, 30 de mayo de 2016

Historias de terror: IMSS

HISTORIA 1
Los ancianos, él en silla de ruedas y ella con andador, son traídos por una amiga de la familia para ser atendidos en la clínica 7 de Tijuana, ya que la hija no puede cruzar desde San Diego pero paga los nueve mil pesos anuales para que ellos tengan derecho a atención. En el lugar no hay rampas para silla de ruedas y hay que batallar mucho para entrar al edificio.
Les piden llegar en ayuno, una persona de la clínica dijo previamente que los esperará con trámites adelantados y les cobra cien dólares. A las once de la mañana aparece, sin ningún trámite ni conocido para hacerlo. Al señor luego de horas lo dan de alta pero a su esposa no, "porque no hay evidencia de haber sido atendida antes ahí". Precisamente, porque cuando tuvo algún problema era una urgencia que no atendieron y se tuvo que ir a hospital particular.
En días previos, la señora tuvo un desvanecimiento en su casa, en San Diego, y la hija alarmada la condujo a un hospital donde la atendieron y regresaron a su casa. Esta semana recibió una factura por catorce mil dólares.

HISTORIA 2
El paciente fue internado en el IMSS porque de pronto no tenía plaquetas, según análisis de laboratorio recomendados por un médico del Dr. Simi consultado para evitar las interminables filas en el IMSS. Luego de permanecer un día y medio en urgencias, fue trasladado a medicina interna, en aislamiento por la baja de defensas. A partir de entonces recibió transfusiones y medicamentos sin que el médico diera un diagnóstico. Al cabo de diez días indicó "para mí que es el bazo, pero no voy a operar mientras no tengan los donadores de plaquetas". La hermana del paciente mencionó no saber nada sobre donadores de plaquetas, pues sólo habían pedido donadores de sangre. El médico le indicó a una de sus incondicionales estudiantes "a ver mija, explícale a la señora porque anda perdida", ante la rotunda e incomprensible carcajada de la palomilla de señoritas estudiantes que de todos modos no proporcionaron la información. Entonces, la mujer consultó con el médico si creía que el nuevo tratamiento de la noche anterior daría algún resultado. "Pues ni que fuera Walter Mercado para saberlo", volvió a intentar otro chiste fallido con el consiguiente estruendo de carcajadas de sus niñas, que eso sí, están aprendiendo de viva voz cómo humillar a los pacientes y familiares.

Mientras tanto, en el banco de sangre a donde deben acudir los donadores, los trámites provocan que el familiar del paciente deba ir a formarse a las dos de la mañana para alcanzar una de las 90 fichas que reparten diariamente a partir de las siete de la mañana, y para darlas se debe presentar la credencial de identificación del donador. Se le indica la hora -o día- en que deba presentarse a hacer la donación y al final, el resultado es que los donadores persistentes o verdaderamente interesados en concluir su tare altruista acuden al lugar hasta en tres ocasiones antes de que su preciado regalo sea aceptado, debidamente cumplimentado por la burocracia reinante e el IMSS.

REFLEXIÓN
Me pregunto en qué parte de los ires y venires de nuestros días se perdió por completo aquella vocación de médico que convertía en héroes admirados y respetados a esos seres que se desvelaban, que viajaban kilómetros bajo el sol o la lluvia para aliviar a sus pacientes, a los que pasan noches  actualizando sus conocimientos, a los que dan consuelo por medio de palabras de aliento al enfermo y su familia, a los que no importaba la condición económica de sus pacientes para que fueran atendidos...

Porque ahora se desvelan porque deben hacer miles de trámites, llenar papeles, escribir reportes, y el escaso tiempo que les deja todo eso lo reparten entre la gente que asustada o inquieta les pregunta y ellos consideran que preguntar es una ofensa, que su palabra debe de aceptarse sin chistar, que las preguntas denotan ignorancia, que no hay ninguna razón para tratar a los demás como si fueran semejantes, en qué se podrían asemejar a ellos, con su soberbia y sus barbas, esas pobres, pálidas, enfermas, angustiadas personas que guardan su silencio e impotencia entre los pliegues de un pañuelo, con tal de no provocar las represalias de ese dios, ese gigante corazón de piedra que tiene el poder de decidir sobre la vida o la muerte de un paciente.





sábado, 14 de mayo de 2016

La enfermedad

La enfermedad nos pone en jaque según su intensidad, variedad o gravedad. A veces creemos que nos toma por asalto pero al llegar al consultorio nos enteramos que en realidad no habíamos hecho caso de los síntomas, creíamos que se nos pasaría con un té o una pastilla.
Hay veces en que así, de repente, el cuerpo ya no puede más y hace lo que tenga que  hacer para detenernos, llamar nuestra atención para procurarlo.
A veces puede ser muy grave, es cuando se nos van los pulsos, nos aterramos con todo lo que nos dicen los médicos o peor, lo que no nos dicen porque no lo saben, estamos acostumbrados a esperar que el médico lo sepa todo, qué clase de doctor es el que dice que no tiene idea por qué suceden tales o cuales cosas en el cuerpo, lo dice para martirizarnos, para que sintamos culpa, lo dice porque es un déspota, porque me cree ignorante, porque no le caigo bien, porque no sabe, porque no está actualizado, porque no tiene sentimientos...

Cuántas cosas están mal, como lo veo.  La enfermedad, según me he venido dando cuenta, nace como consecuencia de algo que no hicimos bien, al menos en la mayoría de los casos. No comemos sanamente, no hacemos ejercicio, no buscamos la tranquilidad. Claro, porque nadie nos dice. Siempre podemos culpar a lo que está afuera, alrededor. Siempre es más importante seguir trabajando, seguir compitiendo, seguir comprando, seguir viajando, seguir comiendo... seguir enfermando. Seguir, seguir seguir, como si huyéramos de algo pero no de la enfermedad. Y seguimos  a su encuentro, hasta que nos tiene que parar.


domingo, 1 de mayo de 2016

Cuando otros quieren decidir por mí

Resulta que a veces pasa por la vida de una alguna persona que se puede visualizar como amiga potencial porque se da una identificación, empatía y aprecio desde el comienzo y se inicia con mucho entusiasmo lo que se espera sea una amistad duradera.
Pero también a veces ocurre que es sólo una primera impresión, y a pesar de las muchas coincidencias, no se puede avanzar más.
Es así que luego de horas de café, de convivencia, de confidencias y otras cosas de la vida, una se va dando cuenta de que la primera fase no es consistente, que la otra persona quizá por la edad, quizá por su alta autoestima, no es capaz de escuchar la voz interna de la otra parte, sólo mira sobre la superficie, donde encuentra ciertos defectos o fallas que pretende arreglar por medio de instrucciones disfrazadas de consejos, faltando por completo al respeto a la personalidad, carácter y modo de ver la vida de su "amiga", pero además, una vez que cae en la cuenta de que está siendo escuchada pero no se siguen sus orientaciones, se molesta, siente que pierde su tiempo, que la amiga es un caso perdido y que no vale la pena seguir perdiendo con ella y así, sin más ni más, sin mediar palabra al respecto, corta todo lazo que hubiera, cancela la amistad en redes sociales y correo electrónico y desaparece dejando a la otra parte con un palmo de narices y con una gran interrogación.
No me ha sucedido más que un par de veces, por dicha, y me he repuesto pronto pensando en que cada quién tiene derecho a ser y hacer como guste.
La fortuna ha querido que, a cambio, mis amigas verdaderas permanezcan a lo largo de mi vida -desde mis mocedades a la fecha- sin gritos ni sombrerazos, en un amoroso acuerdo de tolerancia y respeto por las ideas, saberes, modos.
Lástima por quienes no pueden vivir una amistad así.
Por mi parte, seguiré cultivando ese tesoro inmenso que tengo desde hace muchos años y del que soy celosa cuidadora, y seguiré despidiéndome sin resentimientos de quienes por sus respetables razones, no pueden empatar conmigo, con mis modos o mis ideas deseándoles lo mejor.