miércoles, 14 de junio de 2017

Negro el panorama

Una pesadez me oprime el pecho y el aire es insuficiente, suspiro a cada rato. Me aturde un desgano que me provoca dormir, dormir mucho y no pensar. No es como cuando el dolor o la tristeza. Este desasosiego es más denso, viene con una gran desesperanza que impide pensar en que haya luz en alguna parte y acaba con el cada vez más pequeño y débil optimismo que ha sido parte mía toda la vida. Suspiro. Es decir, respiro hondo porque quiero sacudir el peso de la angustia que provoca sentir miedo.
No estoy acostumbrada, es una sensación desagradable que siempre traté de evitar en cuanto estuvo en mis manos hacerlo. Sentirme amenazada ha provocado que la sensación me agote.
Sí, entiendo de alguna manera que afuera está el sol, que hay miles de ojos contemplando el atardecer, que hay niños en los parques, que la alegría no ha muerto. Pero no aquí, adentro de estas cuatro paredes con ventanas selladas porque ni siquiera se puede salir al patio trasero de la casa, hay que cuidarse de no ser vista, los vigilantes acechan con paciencia y están listos para hacer alguna de las suyas al menor descuido. Ésta es también una casa tomada.
Al porche de la entrada ya se han colado varias veces a robar. Aún así todavía me sentía segura, "a la casa no pueden entrar". Luego, cuando robaron cosas del patio sin que pueda yo entender todavía cómo entraron y salieron, me inquieté pero seguí pensando que a la casa no entraban. Hasta que se robaron de mi recámara mi laptop. ¡Ultraje! me dejan sin mi herramienta de trabajo y contacto con parte de mi mundo, sin parte de mi memoria. Me dejan con una sensación de vulnerabilidad muy lastimosa.
Siento una inmensa pena por ellos, pero me desespera su cinismo de "buenas tardes profe" cada vez que salgo a la calle o cuando vienen a pedirme alguna cosa, como si no pasara nada o como si yo no supiera que son ellos, mis vecinos indeseables, los que me causan los males.
Así que me sofoco, el aire no me alcanza, el corazón me hace como tacatán y en general me siento encerrada bajo una plancha de plomo. Por primera vez no sé qué hacer, no sé cómo quitarme eso de encima y sentirme de nuevo dispuesta a ondear mi bandera de optimismo a ultranza.

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