miércoles, 14 de junio de 2017

De los sueños, de los riesgos...

Desde ese otro mundo en el que vivo, el de los sueños, escribo:

Llegamos a las afueras de la ranchería buscado la casa en donde se nos instruyó trabajar. Mis dos compañeros abrieron cautelosamente la puerta de la casona que parecía abandonada y entramos. Fuera de unas mesas de trabajo y pocas sillas, no había muebles.
En la parte trasera hallaron un difunto. Al hombre que tuvo ese cuerpo lo habían ultimado a cuchillo, según dijeron, y  yo no quise acercarme. Ellos se dispusieron a levantar evidencias y yo me alejé de ese patio trasero para subir por una rampa del terreno hacia la azotea de la casa, que tenía el techo bajo.
El paisaje semi árido era agradable y silencioso. De pronto me sentí cansada y me recosté mirando en el cielo unos jirones de nube. Me cubrí las piernas con el suéter y estaba dormitando cuando un compañero me tocó el hombro diciéndome que habían llegado Mariana y los otros. Bajamos, los encontramos ya dispuestos en las mesas haciendo su trabajo. Noté que todos hablaban en voz queda. Parece que en otras zonas de la casa había más gente, por eso debíamos ser precavidos.
Uno de los compañeros con quienes llegué se dispuso a escribir el artículo que esperábamos fuera de alto impacto para la causa. Era el mayor de todos nosotros y su reputación garantizaba el éxito del escrito. Noté cómo le brillaban las ganas de escribir lo que pensaba en sus ojos pequeños y pensé que era un hombre admirable, su entrega era ilimitada.
Cada uno se dispuso a hacer su tarea, recogiendo todo minuciosamente al terminar. Se fueron retirando de a poco y al final quedamos nosotros.
El otro compañero de los que fueron conmigo se subió a su vocho, lo encendió y y enfiló hacia las olas del mar que estaba a unos cuantos metros. Mientras lo observaba disfrutando como un niño con su mascota entre las olas, me dio una gran ternura ver cómo esos hombres recios, dispuestos a todo, conservaban esos rasgos infantiles que ante mis ojos los hacían más humanos, más semejantes. Ahora Carlos también estaba entre las olas con su viejo auto azul.
Mientras los veo divertidos en el agua con las olas bañando sus corazas móviles me pregunto si de verdad valdrá la pena lo que hacemos, lo que nos arriesgamos, y antes de responderme, quizá por defensa propia me despierto.

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