martes, 21 de junio de 2016

Nochixtlán, Oaxaca

            La primera vez que estuve en contacto con ellos fue en los noventa, durante el Encuentro Internacional de Mujeres Poetas en el País de las Nubes, es decir, en la región mixteca, la sede fue por mucho tiempo en Huajuapan de León. Se me acercó una pareja mientras almorzaba yo, preguntando si me podían hacer una entrevista. Nunca antes me habían hecho semejante petición, y me sentí tan importante -fue común en esos días allá- que accedí de inmediato, así que terminé mi pozole y nos fuimos a sentar a un rincón.
            Entonces supe que ellos eran profesores y su interés era saber qué podía yo, además de dejar mis poemas en sus plazas y escuelas, hacer por su comunidad. Menudo compromiso, pensé: no tengo recursos económicos, no sé cómo ayudar. Se los dije honestamente y me sugirieron que los apoyara con talleres para niños. Sin pensarlo dije que sí, a pesar de que jamás lo había hecho, y desde entonces nos programamos para que yo fuera a darlos en distintas comunidades, escuelas, mercados, orfanatos etc.unas dos veces por año, cosa que terminó siendo sólo anual porque yo no podría viajar más seguido. Duraban una semana mis estancias. 

            En uno de esos viajes me tocó ir a una comunidad de la que no recuerdo el nombre, pero la mayoría de los niños hablaban mixteco, igual que su profesor. Luego del taller me pidieron leer poesía y al final, cuando daban su agradecimiento, me dieron la sorpresa de que los niños declamaran poemas en mixteco.

            Más adelante, en otro de esos viajes me tocó que me dejaran en casa de una maestra para que ella al día siguiente me llevara a su escuela. Temprano me dieron de desayunar café y un huevo estrellado, y salimos en una destartalada camioneta de redilas de la profesora. A lo largo del camino bordeado de árboles, en ciertos tramos tocaba el claxon y salían pequeños manojos de niños a treparse y así hasta que llegamos. Un terreno polvoriento con un cuarto levantado con tablas y techo de láminas era la escuela, cercada con alambre de púas. No había sillas ni mesas, nos sentamos en el piso rodeadas por los niños. La profesora repartió hojas engrapadas a modo de cuadernos y para escribir, los niños se turnaban el único lápiz que había. Me indicó que el grupo era multigrado y bilingüe, aunque en realidad los niños no hablaban mucho español. Aquel primer taller que di en esas condiciones me dejó roto el corazón por buen rato: los niños nunca habían visto una crayola, por ejemplo.
            Cuando platiqué con la profesora sobre esas condiciones, me dijo que en realidad los padres de familia eran tan pobres que preferían poner a trabajar a sus hijos ya que la escuela implicaba gastos, así que ella les daba los "cuadernos" y los trasladaba, para que no gastaran y pudieran ir a clases, todo de su propio y escaso peculio porque la  SEP, -no recuerdo qué explicación dio al respecto la maestra- bien gracias.

Otra más de mis visitas en Huajuapan me hospedó una maestra que vivía sola con sus tres hijos, uno de ellos como de cinco años. Una de sus hijas se levantaba de madrugada para ir a la secundaria, y el menor de los niños daba brincos mientras lo bañaban con el agua helada. Supe después que no tenían dinero para comprar gas, pero a mí me calentaban el agua para que me bañara. Una de las tardes en que regresé a la casa luego de otras actividades, los encontré en su cocina y noté que tenían una sola tortilla y que comían lo que había quedado del día anterior, pero me invitaron a que con ellos "limpiara la cazuela"  -literalmente-. Creo que el dinero que tenían se gastaba en los pasajes de todos para ir a sus escuelas.

            No se trata de escribir todas las memorias que conservo de mis encuentros con los profesores en esa zona mixteca, sino de dar una idea de cómo son las profesoras y profesores, y cuánto me enseñaron también. La solidaridad y la cohesión social fue lo que más me llamó la atención en todas las comunidades en donde estuve: ningún problema se considera ajeno, en cuanto algo sucede todo mudo hace su tarea sin averiguaciones, y proporciona su ayuda.
            Otra de las enseñanzas es su enorme modestia: son humildes, no se vanaglorian de lo que tengan o sepan, no son estridentes al conversar, no son bruscos para decir las cosas, y si los mexicanos tenemos fama por nuestra proverbial hospitalidad, en eso los oaxaqueños se cuecen aparte.
            Entre otras de las cosas que aprendí, fue su interés por devolver a su comunidad lo que hubieren aprendido fuera de ella. Es decir, en muchos lugares no hay escuelas a partir de la secundaria y se tienen que ir a las ciudades a estudiar la preparatoria y hacer la carrera, pero regresan a sus pueblos y trabajan para sus comunidades. No estoy diciendo que absolutamente cada oaxaqueño sea así, sólo hablo de los que me ha tocado conocer a lo largo de veinte años.

            Por eso en estos días en que ha ocurrido la tragedia de Nochixtlán, me causa particular rabia y amargura saber a qué clase de personas el gobierno ha maltratado, violentado, asesinado. En esa comunidad, como en tantas otras en las que he estado, fui recibida en el seno de una familia, que por pobre que fuera jamás fue incorrecta y me brindó además de su techo su comida, su amistad y la cosecha de sus manos, como puedo demostrar con el albino rebozo hilado que me dio la señora de la casa, así sin conocerme y luego de haberme puesto a dormir en una cama modesta pero con sábanas y fundas bordadas con flores.

            Ahora nos toca retribuirle a Oaxaca todo eso que siempre están haciendo por nosotros, que es alzar su voz y más aún, poner su pecho enfrente en espera de diálogo y entendimiento como ellos están acostumbrados, para recibir la abominable afronta de ser masacrados en la más inconcebible falta de respeto a la vida y a sus semejantes.

            Nos toca decir ya basta, nos toca hermanarnos y ser uno con ellos, con nuestros maestros que van delante de nosotros enseñándonos el camino del pundonor, y con quienes tenemos una enorme deuda desde las aulas de nuestra infancia y las de nuestros hijos y nietos, y en honor a lo que tengamos de conciencia.

lunes, 13 de junio de 2016

Marcas, huellas...


Confinada en este universo de cuatro paredes y cajones de madera llenos de ropa o de papeles, levanto la vista al techo. Tiene figuras caprichosas, manchas, telas de araña de quién sabe cuándo. Algunos puntos que por momentos creo que se mueven, ignoro si son insectos o simplemente los puntos que tienen mis ojos y que se notan sobre todo cuando miro cosas blancas, cosas de colores claros. Ahí están,como los peces, nadando en el agua salada de mis ojos, sin que sepa yo cuándo y cómo llegaron, por qué siguen ahí, siempre subiendo y bajando igual que mis miradas, posándose a veces inadvertidamente sobre cosas que siempre los ignoran.

Puntos suspendidos que navegan recorriendo las formas de las cosas, sus colores, su posible peso y sus texturas. Cosas que han ido posándose entre sus prisiones de madera oscura y olorosa, guardadas para cada ocasión que lo amerite, olvidadas porque no ha habido tales ocasiones, atesoradas sólo como prueba de ciertos recuerdos increíbles y pasmosos que en su momento deban comprobarse, para eso están guardadas esas cosas.

Recuerdos encerrados revolotean suavemente como mariposas, estiran con pereza luminosa y colorida sus alas, despliegan un perfume a otros días, otros momentos, otras certezas...
Cosas como marcas que nos van trazando rutas hacia adentro, les seguimos las huellas y encontramos a esa niña de ojos asustados y pocas palabras, delgada, friolenta y con hambre; seguimos otra marca y he ahí la joven con sueños en bandolera, todavía con miedo pero ya con determinación para entender poco a poco la vida. Marcas que me conducen al momento del sobresalto y el peso de una responsabilidad que me hace responder por otra vida, un ser nacido de mi cuerpo y de mi espíritu, una criatura diminuta que depende de mí, que me hace madre.

Marcas que me conforman, me dan esta forma de cuerpo atormentado con vocación de alas, esta voz que tantas veces permite los temblores, la convulsión del sentimiento, el canto, el verso poderoso que me salva.

Marcas que voy acumulando, que guardo en estas cuatro paredes de mi cuarto en mañanas así, ventosas, de sol tímido y frío. Para que permanezcan, para que otro día cualquiera mire al techo y encuentre entre sus manchas este sabor matutino y la reminiscencia del dolor sea una bruma vaga que me haga recordar que cada vez que me caigo me levanto.


Ensenada, B.C., 13  de junio de 2016