jueves, 23 de julio de 2015

Recordando la vieja máquina de escribir...

Estoy fascinada porque un amigo me puso un programita en mi compu que hace que cuando escribo mis importantísimos asuntos, mi teclado suene como máquina de escribir...
Es que recuerdo aquellos tiempos en los que las colegiaturas de mis hijos y nuestra manutención dependían de la velocidad y ritmo de ese mágico sonido...

En esta foto, la imagen de la primera máquina eléctrica que me tocó usar, cuando llegué a la ciudad de México a trabajar en el Instituto de Ingeniería de la UNAM.



Un tiempo después ésta fue mi favorita, la máquina de esfera, porque le podía cambiar los tipos de letra y hasta el color de la tinta porque había cintas de color sepia. Se me descomponía con frecuencia hasta que el técnico descubrió que yo era demasiado rápida al escribir y se trababa la esfera, já já.



Además de trabajar en una institución, ponía anuncios en el periódico para mecanografiar trabajos. Desde luego lo más socorrido eran las tesis, hice muchas pero además me tocó hacer el directorio de la sección amarilla para uno de los estados que ya no me acuerdo si era Sinaloa, y me especialicé en hacer tablas de números o cantidades para unos ingenieros, usando una máquina que era mecánica y tenía el carro largo para que cupieran unas hojas grandes que llamábamos "sábanas" y que casi nadie quería hacer.



Lo mejor era que me gustaba mucho escribir a máquina, era muy satisfactorio que mis jefes se sorprendieran porque podía tomar dictado directamente a la máquina, cuando necesitaban algo rápido y era más lento tomarlo en taquigrafía para luego transcribirlo.
Quizá esa velocidad la desarrollé porque cuando estaba en el Instituto de Ingeniería un ingeniero me pidió que mecanografiara la lista de libros de su biblioteca, que había dictado en una grabadora revisando libro por libro. Como tenía que conectar el aparato para escuchar, me daba pereza detenerlo a cada rato, así que procuraba ir al ritmo de la voz.

¡Cómo ha cambiado todo! A mediados o finales de los años noventa iba de visita a Ensenada -donde ahora vivo- para ver a mi hija, y nos íbamos a un café a revisar los correos. Ella también es veloz en el teclado porque le gusta, y cuando nos poníamos a escribir la gente en el "café-internet" se detenía para mirarnos porque además, por supuesto que no vemos el teclado.



Ahora, para nutrir la nostalgia, he recurrido al truco del programa con sonido de máquina de escribir en mi computadora sólo para sentir de nuevo aquellos aires que se fueron, aquellas sensaciones de estar haciendo algo útil y bueno que me permitía salir adelante con mis hijos, con la vida.

lunes, 6 de julio de 2015

Pensando en las causas que se tienen en la vida

El mundo está lleno de causas, las que abraza la gente para conseguir que algo cambie, por ejemplo. Pienso en cuántas cosas debieran cambiarse para que este mundo fuera más equitativo y siento cómo me rebasa el esfuerzo. Porque, mirando detenidamente, a veces parece que lo único que podemos hacer en esta vida es tratar de enderezar un rumbo muy torcido por otros que nos precedieron y otros que, en el mismo tiempo en el que nosotros ponemos un granito de arena, ellos lo tiran por la borda.

A veces, cuando me levanto y por alguna razón me alcanzan las noticias, o cuando voy por el mercado y escucho alguna conversación o si una amiga me comenta cosas, siento que cada vez me cuesta más trabajo sostener mi optimismo y me da por pensar si realmente seguirá valiendo la pena seguirlo intentando.
Porque no veo que, con todos los años que he trabajado voluntariamente en comunidades, con todos los esfuerzos que he hecho en algún momento por darle ayuda a alguien, el mundo realmente cambie: siguen asesinando mujeres en todos lados, siguen siendo explotados los niños, sigue estando la riqueza sólo en unas manos, y así hasta el infinito...

Pero no, sé que no tengo que dejarme llevar por el desaliento y que no ha llegado la hora para que deje de creer en el granito de arena. Sé que, no importa cuánto me cueste, seguiré creyendo que alguien como tú que me lees, o alguien que jamás me ha leído ni me leerá, hará su parte, construirá pequeños puentes hacia el mundo que queremos, y que, eventualmente, el mundo -y el ser humano- serán mejores. Y no importa que no me toque verlo ni que nadie recuerde mi existencia, lo importante es que no deje de hacer mi parte.