sábado, 26 de diciembre de 2015

Cuando la meno nos alcanza



Otra vez el dichoso monólogo sobre la menopausia. O sea, cuando te agarra, te cae por todo lado. Así que no es nada más pasar por los insomnios y los sofocones, los que provocan los calorcitos y los que provoca el humor de los mil diablos con que a veces -muuuuy a veces- andamos por la vida desde que amanece y ve uno que va a pintar difícil porque sólo mirar a un lado al marido disfrutando de su sueño como angelito o como diría mi abuela “como si no debiera nada”,  se pone una furiosa. Eso en el peor de los casos, porque en el “menos peor”, se echa una a llorar nomás de ver a dónde vino a dar su vida.
            Entonces se acuerda una -porque sí, a veces una sí se acuerda- que está en la edad “interesante”, no hay razón para usar términos peyorativos, y tiene una un cúmulo de experiencias que en ciertos casos llaman “sabiduría” pero nosotras sabemos que además de sabias, la edad nos hace inevitablemente menopáusicas. En secreto consideramos si tendremos ahorros suficientes para lanzarnos por un liftin o tendremos que optar por las menos caras cremas milagrosas que usaremos a la sombra de nuestra no sé si “intimidad” o “soledad”, porque a propósito, no son tantos los maridos piadosos o francamente medio beatos los que se quedan haciéndonos compañía en esos días en los que vemos y sentimos que nuestra vida empieza a apuntar hacia la dirección contraria.
Y no es para menos con esos humorcitos o sentimentalismos que nos atacan tiro por viaje, claro que todo el mundo corre. Empezando por esos blancos móviles en que convertimos sin querer a ese gentil y comprensivo hombre que permanece estoico en nuestras batallas. (Hablamos de los maridos beatos, claro está).
En esta etapa sentimos que nos volvemos lentas, que nuestro cuerpo como que quiere y no puede ante la frustración de ese marido que, él sí sabiamente, nos recuerda con calmo acento que va a tenerlo en cuenta y estar al tanto de que  para cocer a una gallina hacen falta tres hervores -también llamados caldos- porque no es lo mismo a estas alturas, y cumplirá su empresa como verdadero mártir de la causa. Lo que no podrá confesarnos es que por su parte requiere más que nunca arrancar motores mínimo con una inspiradora imagen de la chica del calendario de cualquier taller mecánico, principalmente por sus poderes terapéuticos para el calentamiento.
Pero bueno, una termina por aceptar su condición y tiene que apresurarse a consultar a un especialista que tendrá mucha o poca delicadeza para indicarle a una que los huesos tienden a desaparecer, que no es que la edad sea problema pero por eso las uñas son quebradizas y que más vale que para la intimidad consideremos al gel lubricante como gasto fijo. Nos pondrá a batallar con la danza de las hormonas en cualquiera de sus novedosas modalidades y terminaremos confundidas pensando que, o estamos experimentando nuevamente la pubertad con esos deseos incontenibles, o han desaparecido los problemas en el mundo.
Por otro lado, está la cuestión alemana de la memoria. Sencillamente se nos esconde ante la conmoción generalizada y la propia. Nos hemos enterado de que hay que ejercitar las neuronas y comenzamos a hacer tardeadas para jugar cartas aunque sea.
            Naturalmente el marido no recordará que a él también se le olvidan las cosas o las confunde, el pobre a veces cree que somos Fulanita o parece que pensara que somos unas jovencitas por la manera en que nos habla. Demencia pre senil, seguramente, pobre hombre. También se vuelve tan solidario que comienza a teñirse las canas para acompañarnos en esos menesteres de disimular que disimulamos la edad. Por nuestra parte, nosotras buscamos en las amigas las recetas de las mejores dietas o cremas, trampas para arrugas y ropa interior que levante y disimule.
            Total, ya decía al principio que cuando a una la agarra esta edad, que Dios agarre confesados a los que nos rodean, porque los encontramos culpables de cualquier cosa o de ninguna, según mande la hormona. Vagarán por la casa confundidos los callados maridos o los azorados hijos a causa de nuestro humor.
            Ah, pero si  creen que eso es todo, prepárense: ¡encima hay que escribirlo. Y además, leerlo en público!



No hay comentarios: