sábado, 20 de junio de 2015

Del poder de las mujeres: chamanas, brujas, curanderas... putas

Del poder de las mujeres:
chamanas, brujas, curanderas… putas

Por Liz Durand Goytia


I


Aparentemente, no es posible precisar el momento en que surgieron las brujas porque son tan antiguas como la humanidad, y hay leyendas que aseveran que existen desde antes que apareciera el ser humano.
La palabra bruja deriva de las lenguas romances, formada por el término bruxa. Esta bruja se dedicaba a realizar conjuros o hechizos, ya sea para provecho propio o ajeno. Las comunidades iniciales a nuestros tiempos se maravillaban de cuanto no pudieran comprender: el día, la noche, el sol, agua o fuego, eran considerados producto de la magia. Los líderes eran guerreros antiguos y fuertes que hacían papel de jefe, en tanto se hacía seguir por un guerrero más joven, fuerte y ágil cazador que le sucediera para ser el siguiente líder. Los bufones cumplían rol de juglares contando o representando historias de la tribu ensalzando a sus héroes, y los chamanes, brujos o brujas mantenían la comunicación con los dioses y el mundo espiritual, ya que tenían conocimientos de hierbas y plantas para usos terapéuticos. Las curanderas o brujas realizaban ofrendas a los dioses y predecían el futuro mediante la observación de las estrellas.
El aporte de la mujer fue muy importante para la medicina. Las brujas, desde el punto de vista de curanderas, tenían un gran conocimiento en cuanto a hierbas y remedios. Las consultaba desde los más necesitados como los de las grandes esferas.
Se suponía que si ellas eran capaces de hacer el mal también podían eliminarlo. Las brujas tenían sus pócimas y fórmulas medicinales para ello, las cuales iban
acompañados de algunos conjuros.
El concepto de bruja que permanece en el imaginario hasta nuestros días procede de la Edad Media y el término se aplica a la mujer que tiene “el poder de la hechicería debido a la ayuda del diablo o de algún demonio”, y describe a tales brujas como viejas y feas para reforzar la idea de algo maligno y feo. Lo que sobrevino debido a esas historias y a la religión ya lo sabemos: la Santa Inquisición acabó con la vida de cientos o miles de mujeres y hombres acusados de hechicería sencillamente por conveniencia. Actualmente no se tiene una cifra exacta del número de ejecuciones por parte del Santo Oficio, pero al menos en España los archivos que aún existen hacen pensar a los historiadores en cifras que van de tres mil a diez mil personas. Juan Antonio Llorente, que fue secretario general de la Inquisición de 1789 a 1801 y publicó en 1822, en París, Historia crítica de la Inquisición, escribió “Calcular el número de víctimas de la Inquisición es lo mismo que demostrar prácticamente una de las causas más poderosas y eficaces de la despoblación de España”.

Hasta nuestros días, la magia y la religión son fluidos que permean las culturas y si bien en las etnias originales la chamana o curandera es una mujer-sabia-maga-médica en el espacio íntimo de la comunidad, es cierto que en la “vida civilizada” sus métodos de curación pueden ser calificados de patrañas, aunque con la doble moral de buscar su ayuda de manera secreta y con el desembolso de importantes cantidades de dinero: sabemos que hay personas prominentes en la política, la farándula y la vida diaria que buscan constantemente, como en los tiempos remotos, el consejo de una bruja sabia que les de noción y guía sobre los pasos a seguir.

Otro aspecto a considerar en las habilidades de las brujas, es el relacionado con la vida sexual, pues se tiene la idea de que las brujas se sienten comprometidas para propagar el goce sexual y son solicitados sus servicios para atraer o hacer volver a los enamorados mediante las pócimas que preparan gracias a sus conocimientos herbolarios.

II


Todo eso es una mínima parte de lo que puede ser la historia de las brujas, pero en el contexto que ahora nos convoca lo que quiero hacer notar es la denominación o adjudicación de etiquetas para llenar de cierta carga a una palabra, como ocurre en el caso de las brujas definidas por la iglesia. Ya sabemos que, más allá de que las acusaciones de hechicería fueran ciertas o no, la intención era quedarse con la propiedad de las personas acusadas. En muchos casos se trataba de mujeres solas, ancianas o enfermas y ésa fue la imagen que decidieron utilizar para caracterizar a las brujas. No era que lo fueran, ni que sacrificaran niños o animales y menos aún que volaran en escobas, sino que tenían alguna propiedad que resultaba de mucho interés para las autoridades religiosas.

Por otra parte, hay un tipo diferente de bruja: la seductora, y aquí vienen a colación los nombres de Lilith, Circe o Salomé, mujeres jóvenes y hermosas con una brillante inteligencia que las hizo rebelarse contra la obediencia que demandaban los hombres y tomar decisiones sobre su vida íntima que las colocaron en situación de brujas ante los demás. Y es precisamente de esta connotación de la que voy a ocuparme en esta charla: la colocación de etiquetas hacia ciertas personas únicamente por su manera de pensar. Lamentablemente todas esas etiquetaciones son en general despectivas o humillantes, además de falsas. Veamos lo que es el poder de una palabra que es un nombre según las palabras de la doctora Clarissa Pinkola en Mujeres que corren con los lobos:
El poder del nombre

“Dar nombre a una fuerza, una criatura, una persona o una cosa tiene varias
connotaciones. En las culturas en las que los nombres se eligen cuidadosamente
por sus significados mágicos o propicios, conocer el verdadero nombre de
una persona significa conocer el camino vital y las cualidades espirituales de dicha
persona. Y la razón de que el verdadero nombre se mantenga a menudo en
secreto es la necesidad de proteger a su propietario para que pueda adquirir poder
sobre dicho nombre y nadie lo pueda vilipendiar o pueda apartar la atención
de él y para que su poder espiritual pueda desarrollarse en toda su plenitud”.

Vamos a contextualizar: estoy con ustedes porque somos un grupo que está organizando en nuestra ciudad algo que ya se hace en otras partes del país y del mundo y se titula Marcha de las Putas. No hay razón para escandalizarse ante una palabra que no es sino uno más de los insultos que estamos acostumbrados no sólo a escuchar sino a utilizar en nuestra vida cotidiana. Y hay que aclarar que de ninguna manera se está validando con la marcha a la prostitución y a todo lo que encierra. Lo que las mujeres promovemos al hacer esta marcha es precisamente la idea de retirar las etiquetas que tantas mujeres parecen llevar sin merecerlas: el hecho de usar un escote, un vestido corto, tener muchos amigos hombres, usar maquillaje o tacones NO convierte en putas a las mujeres, ni tampoco su actitud coqueta. No debieran ser llamadas putas por esas razones porque no están ofreciendo un servicio a cambio de dinero.

La acostumbrada doble moral de la mayoría de las sociedades hace que esa etiqueta de puta se pueda colocar a diestra y siniestra encima de cualquier chica o mujer que resulte ser rebelde y acostumbre tomar decisiones sobre su indumentaria, su cuerpo o sus compañías. Lo extraño en esta fórmula de las etiquetas, es que aún entre mujeres se las administran y en muchos casos unos simples celos hacen que otra mujer más sea calificada de puta.

Las mujeres de hoy día no estamos dispuestas a seguir llevando una carga que ni corresponde ni es justa, y pugnamos por hacer del conocimiento de todos que no estamos de acuerdo en ser juzgadas ni por el modo de vestir ni por nuestras compañías, costumbres o modo de pensar.  No considero justo que una chica en secundaria o prepa o universidad deba cargar con esa etiqueta por los celos e inseguridades de terceras personas, porque las etiquetas son palabras, y las palabras designan, describen, marcan. A las palabras no es verdad que se las lleva el viento.

Lo que sí es verdad es que las mujeres somos ese puente entre lo humano y lo divino, y el hecho de ser capaces de alumbrar otra vida es parte de eso. La mujer tiene la sabiduría que su sensibilidad y experiencia, su poder de observación y su instinto la hacen ser temida por otros cuando desarrolla esas habilidades por encima del promedio. Es cuando la consultan o le piden consejos y la llenan de regalos. Es esa mujer solidaria con sus congéneres que pone al servicio de sus hermanas toda su experiencia y su capacidad para ayudarlas o enseñarles los caminos que ha recorrido. Es en muchos casos la mujer que es madre, la que tiene la fuerza para salir adelante con una familia a cuestas y con todo en contra, sin un compañero y muchas veces sin ayuda. Sola, con la fuerza de su mente y de su corazón va arrancando las malas yerbas de su camino y va dejando un sembradío de flores para su descendencia. A veces, su determinación debido al desencanto hace que aunque varones pidan sus favores, se los niegue. Entonces puede ser que otra vez sea llamada puta, que los demás no quieran reconocer el verdadero origen de su éxito y decidan que proviene de la prostitución, como si no fuera prostituirse levantarle falsos a los demás y ofenderlos. En mi opinión, cualquier ser humano capaz de calumniar o juzgar a otro se denigra a sí mismo.

En la literatura existen muchísimos libros sobre las brujas, sus pócimas o costumbres, sus buenas o malas intenciones, es decir, están llenos de etiquetas. Lo que a mí me gustaría hacer por medio de esta charla es provocar en ustedes la reflexión: cuando escuchen la palabra puta deténganse a pensar si es otra palabra más para ofender, desde el miedo y la inseguridad, a una mujer. Y si son mujeres, las invito a ponerse su sombrero de brujas, pero de aquellas que fueron respetadas, queridas y cuidadas por sus comunidades debido a su sabiduría y poder de curación puestos al servicio de todos.
Dejemos pues de seguir usando palabras por costumbre: hagamos que cada palabra que pronuncie nuestra boca tenga razón, tenga verdad y tenga las mejores intenciones. El hombre crea cuando nombra. Por esas palabras poderosas los poetas fueron buscados por los reyes y los poderosos. La poesía contenía la fuerza de los amuletos, la sabiduría de los videntes, las entrañas de la gloria o el dolor. Usemos la palabra como corresponde a nuestra dignidad de seres humanos, y huyamos de la siempre tentadora ocasión de señalar a alguien con la flamígera palabra despectiva y destructora. Les quiero compartir un poema a propósito de esa carga que ha tenido el hecho de ser mujer en nuestro mundo injusto y falto de equidad, en donde la vida de las mujeres pareciera pertenecer a cualquiera, como vemos en los altos índices de feminicidios en todo lo ancho y largo de nuestro país y del mundo:

Rimero

I
No he de beber la leche
del seno de mi madre;
no he de ser bienvenida
porque nací marcada
con figura pequeña,
con la voz más desnuda
que de recién parida.
No he de sentir cobijo
a la sombra
del nombre de mi padre.

Ya murmura mi sangre
su cansado latido
y regresa la voz
con su sentencia.
Ya me viene la niña
de la angustia,
la joven quimerista,
la mujer temblorosa.
Ya me vienen
la madre germinal,
la hija no grata,
la ramera triste,
la india sola.

Ya vienen todas
a entrar en mi osamenta,
este andamio de penas
que apenas me sostiene.
Siento bien cómo encaja
en mi mano la otra mano
de quien es señalada,
la que tampoco tuvo
del pecho de su madre
una vacuna de calostro
contra el designio
de ser hembra.


II
No quiero ver silencios
instalados en filas;
no detengo a los ruidos
que el día deja tirados.
Que se dejen las noches
de pudrirme los sueños,
déjenme entrar al ocio
de ser sólo otra vida
para no  llorar sangre,
para tener lo mismo
que otros gastan serenos
sin condena.
Que se deje la vida
de atravesarme  gatos
cada vez que por trozos
me robo mi destino,
no vaya a ser que encuentre
por fin las maldiciones
y me convierta en Circe
en Lilith,
Salomé,
y desate estas manos
para que se levanten
o degüelle al silencio
para que todos oigan.


III
Interminables huellas
jamás recolectadas
construyen un sendero
arrancado al desierto.
Me niego a ver los ojos
que de lejos no miran,
no quiero oír las voces,
el rimero de quejas
que en el silencio punzan,
que sin ruido taladran.

Ya me dice la noche
con su llagada luna
que su plata es un filo
en las sitiadas hembras
desde ayer en el tiempo,
Ya murmura mi sangre
su cansado latido,
me sostienen los huesos
en andamio de penas
y este rimero triste
de mujer condenada
se me esconde en el pecho
cuando vienen la india,
la mujer o la madre
cancelando los sellos
de la ancestral condena
para que beba dulce
calostro alguna niña
y yo duerma en el sueño
y me ría con la vida.


De modo pues que para terminar con las etiquetaciones habremos de llamar a todo mundo, no es una lucha que sea sólo para mujeres o sólo para madres. El amigo o compañero, el antiguo jefe o héroe también está llamado a tomar conciencia de lo que hacen las malas etiquetas, las malas palabras, y puede ofrecer su mano generosa a las mujeres para empeñarse juntos en una nueva denominación, equitativa y justa, que en algún momento, como es nuestra intención, acabe con la carga incómoda y peyorativa que hasta estos días tenemos que sufrir las mujeres cuando nos llaman putas por cualquier razón.
Somos brujas, somos hechiceras, compañeras, amantes, maestras, amigas, madres, sabias, emotivas, hermosas, solidarias, hermanas, coquetas, guerreras.  No somos putas.



Ensenada, B.C., a 19 de junio de 2015.







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