jueves, 7 de mayo de 2015

Añoranza por el tren

El ferrocarril.


Enorme gusano de acero de respiración aparatosa, atraviesa el esqueleto de los paraísos conquistando las cumbres. A lo lejos, en el fondo, ríos como hilos perdidos en el costurero con dedales de piedra y algodones de musgo.






Cuando los túneles me salta el corazón: ninguna luz indica cuál camino y el bufido traca traca me ensordece, cierro los ojos y tapo mis oídos cuando por fin se hace la luz de nuevo y todo es verde, huele a tierra y adivino cosas que pasan velozmente. El mareo me hace fijar la mirada en los puntos distantes. Me dispongo a cazar las curvas que me permiten ver el cuerpo del animal, ubicar su cabeza y sentirme ufana de ir sentada en su panza.

Las estaciones son iguales pero diferentes, hay acentos distintos en el modo de hablar, hay aromas que no conocía y sabores que nunca había probado. Pero en todas, las mujeres llegan con canastos cubiertos por manteles blanquísimos, bordados, ofreciendo sus manjares domésticos.

Los niños siempre le dicen adiós al tren en el que vamos. A veces, las mujeres que lavan en los ríos también saludan o sonríen. Los pastores ocupados del rebaño cuentan y vuelven a contar, turbados por el estruendo. Ancianos pensativos detrás del humo de sus cigarros de hoja contemplan el paso del tren como quien sabe que los viajes nunca paran, que van hacia afuera y hacia adentro, hacia el pasado o hacia el mar.

En los vagones de tercera un mundo se reproduce: bebés que lloran porque quieren comer, ancianas que se duermen donde sea, señores escuchando su pequeño radio de transistores, niños que hallaron el modo de ponerse a jugar, asientos de madera, pero afuera las mismas maravillas que ven los de primera.

Mi bisabuelo era maquinista. Yo no lo conocí, únicamente he visto una fotografía casi borrada en la que posa de pie, a un lado de su máquina. Eso lo supe lo de grande. Quizá por eso de chica siempre quise conocer al maquinista, al héroe portentoso que movía a ese monstruo atravesando sierras o praderas, de noche o de día, con lluvia o con calor.


Los viajes por fortuna duran mucho, da tiempo de apercibirse de la luz diferente en los lugares, de que los colores predominantes son distintos, de que al final, cuando llegamos, todos hemos sido uno, y nos bajamos en la misma estación.

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