jueves, 16 de enero de 2014

Sueños que se cumplen y memorias que acuden

Vine al DF a Ciudad Universitaria para inscribirme y al terminar entré a visitar el museo Universum para terminar comiendo su restaurante... y Héctor se hace presente de una manera vivísima, primero porque recién anoche su hija me entregó el portafolios donde él guardaba, por año, todos los recuerdos que tenía de mí y una libreta en donde escribió que me querría hasta el último de sus días, como cumplió; y luego porque yo sé que él tenía una liga especial con ese lugar.

En el restaurante hay una música de piano y un ambiente idénticos a esos lugares y esos días que compartimos, cuando le gustaba ponerse al piano y tocar mis piezas favoritas. No puedo evitar llorar y el atento y discreto mesero voltea para otro lado tratando de no apenarme y el trago de café es muy amargo pero rico igual que los recuerdos que ruedan por mis mejillas frías y solas; igual que esa imagen del rostro querido al cual mi destino se ató de forma indisoluble hace más de treinta años. Aunque él ya no esté tomándome las manos, aunque jamás vuelva a escuchar su hermosa voz inolvidable. Tendríamos que destruir al mundo para no estar juntos, escribió.

Y heme aquí, no sola pero sin su presencia, sabiendo el orgullo y la alegría que le daría saber que hoy me inscribí también en su alma mater como siempre quise y como él todo el tiempo supo que yo haría.

Ahora es así, como me dicen sus letras recién conocidas: en cualquier lugar y tiempo estaré rodeada de su amor.  Soy bendecida y el café parece estar menos amargo ahora porque sé que ya posó en él su mirada amorosa desde ese sitio infinito en que se encuentra.

El llanto no quiere parar, decido salir a cambiar de ambiente y me dirijo a una maraña de estudiantes esperando abordar los pumabuses. Me llama la atención una chica pegando papeles color rosa en la pared y leo los letreros:  "Paseos a las mariposas Monarca y Los Azufres". Me ocurre un acceso de risa con llanto a raudales y la chica me mira con azoro. ¡Es Héctor! me digo. Ése fue el único paseo que hicimos en autobús juntos, con los niños.
Reía y lloraba sinténdolo a mi lado. Sin que mi voluntad interviniera, mi rostro dibujó una sonrisa enorme y mi corazón se inundó de inmensa gratitud.
"¡Conoces mi corazón!" le dije suspirando y sintiéndome feliz, emprendiendo el regreso a casa.

jueves, 9 de enero de 2014

Fin del propedéutico UNAM a distancia

Luego de algunos vuelcos y horas de incertidumbre, lecturas y cuestionarios, termina el curso propedéutico que inició en diciembre. A mitad del camino me sentí más segura, un poco más confiada para continuar sin sentir que andaba en un túnel.
Espero la evaluación para mañana pero confío en tener buenos resultados. Lo que aprendí me ha dado invaluables herramientas no sólo para seguir estudiando y saber mejor cómo, sino para tener más claridad a la hora de hacer análisis y tomar decisiones.
No, no me fue fácil, hay que recordar que asistí a clases regulares, es decir en escuela, solamente en la primaria. Cuando la secundaria tuve que comenzar a trabajar y así seguí hasta ahora. En los noventas hice la secundaria en el INEA en tres meses, y el año pasado la Prepa en dos meses con examen del Ceneval, por eso me resulta de mucha utilidad lo que vi ahora en la universidad.
Implica dejar cosas, actividades, activismo cultural, para disponer del tiempo que requiero para estudiar, y me parece buen trueque.
Estoy entusiasmada por seguir y terminar. A lo largo de mi vida he procurado no dejar pendientes y no será éste un primero, al menos por mi parte.
Me preparo para ir al DF a llevar documentación y hacer trámites para quedar debidamente inscrita y seguir estudiando en línea.
Mi amiga la doctora Graciela Albert ha dicho -ella dice "presumido"- a sus alumnos sobre mi logro de haber pasado el examen de admisión, que aunque me vean de 58, tengo veinte años. La edad de estudiar en la universidad. Qué les puedo decir, ¡así  me siento!

miércoles, 1 de enero de 2014

Historias de Año Nuevo... o la triste realidad

Don Nayo

Su mamá murió porque estaba enferma del “latido”. Así sin más ni más, un día se murió y quedaron los hijos solos. Una de ellas comenzó a tener problemas y le daba por quitarse la ropa y cambiarle el nombre a todo el mundo. A veces se orinaba encima y sentada en su solar pedía café a los vecinos, que la invitaban a asearse para convidarle el café.
Un día se fue caminando -parecen ser errantes todos los hermanos- y por el rumbo del Sauzal la atropellaron. “Quedó con todas las tripas de fuera”, dijo una vecina. La recogieron con una pala y la metieron en un costal. Dejaron de fuera la cabeza y amarraron al cuello el costal. Así se la entregaron a don Nayo. No sé si desde entonces, él también se desconectó por completo.
Aquí pasaba camine y camine a todas horas con cara de atribulado, todo flaco y con una larga melena canosa que cubría con una gorra; a veces esculcaba los botes de basura y aunque no hablaba, respondía a veces mi saludo. Lo vi varias veces en casa de mi vecino de la esquina, y siempre me pregunté si acaso platicaban o simplemente se quedaban parados en el barandal, como los veía.

Una de mis alumnitas de la Sala de Lectura está enferma del corazón y la operaron. Desde entonces a cada rato se ponía malita y a veces me llamaba su mamá por si podía yo llevarlas al hospital. La niña se quedaba sola y encerrada en su casa porque la mamá debe salir a trabajar y la abuela está en cama. La niña se sentía muy sola y mi hija y yo decidimos regalarle una perrita. La Chonguitos rápidamente se convirtió en parte de la familia y la niña está más contenta pero no se ha recuperado luego de todos estos meses.

Hoy al anochecer vi pasar una ambulancia que se detuvo por donde está la casa de Meche, y salí corriendo para ver si algo le ocurría. Llamé a su mamá para decirle que estaba yo saliendo para su casa, es media cuadra pero no tiene timbre. Me di cuenta de que la ambulancia no estaba en su vivienda sino enfrente. Cuando salió, la mamá de Meche me dijo que habían ido a recoger a Don Nayo. La noche de Año Nuevo la familia de la casa donde estaba la ambulancia le había convidado a cenar porque él vivía solo en una vivienda derruida donde pasaba frío. También se quedó a dormir. “En el piso, pero con techo”, dijo la vecina. Por la mañana don Nayo amaneció hecho una bolita y no contestó cuando lo llamaron. Ya se había ido, le dio un infarto.

Todo eso supe nada más en la visita que le hice a Merceditas. Salí con la garganta apretada, con el corazón apachurrado. Eso se sumó a mi tristeza de encontrar por la mañana mi auto grafiteado. “Tenga mucho cuidado, profe, están robando piezas de los coches los muchachos que salieron de la cárcel”.


Y yo sé que esos muchachos, si buscaran, no hallarían trabajo. No fueron a la escuela, quizá no tengan padres y no hay espacio en ningún lado para ellos. Sólo quedan los caminos malos, la droga, la delincuencia. Y por primera vez en cuatro años empiezo a rendirme ante la idea de que es verdad que éste, mi vecindario, es un barrio bravo. Apenas es el primer día del año.