domingo, 16 de febrero de 2014

Sala de emergencias

Otra sala, otro hospital. Pero la misma humanidad dolida, frágil. Familiares rendidos por el sueño y el cansancio atiborran los pasillos. Algunos con más suerte se han tendido a dormir en las sillas de espera, pero otros son vencidos en el piso. El cansancio, pero también el miedo y el dolor hacen presa de ellos. No hay descanso ni silencio a las tres de la mañana en este sitio. Con el ruido de las voces se deja oír también el ritmo pesado del sueño en esas respiraciones que se han dado una tregua para huir a otro espacio donde no hay enfermedad ni espera.
Algunos otros rezan en voz alta refugiadas en esa fe que más que nunca sale de todos los rincones donde se encontraba, quizá olvidada. Otros tienen biblias e la mano y otros más se refugian en el espacio virtual de sus teléfonos para estar también en oro lado y no mirar que junto está alguien que pena, alguien que no sabe qué hacer o desespera, caras agotadas y miradas enrojecidas, pies hinchados, comida chatarra, lucha por una silla, un espacio donde dejar caer siquiera un poco los huesos cansados, sacudidos por el susto de tener que acudir a las urgencias sin saber qué ocurrirá con su pariente.
Pasos blancos en los corredores afilan el poco aire que respiran los enfermos hacinados que al principio reclaman por estar sentados en una silla desvencijada con las venas rotas y los brazos morados por días y días en o que alguien desocupa una cama que luego cuesta trabajo ocupar porque todos están igual de graves y cansados.
Enfermeras que no toman café por atender a sus enfermos, enfermeras que toman café por olvidar a sus enfermos, vigilantes que regañan sin consideración a cada familiar desesperado que pregunta y vuelve a preguntar.
Las salas sobrepobladas con el aire enrarecido, irrespirable, trípodes de dos patas sin ninguna rueda, tembleques, sosteniendo bolsas llenas de líquidos esperanzadores, gasas con rastros de sangre por el piso, cómodos que nadie ha recogido, pacientes que tienen sed pero no hay agua, no hay pastillas, no hay camas ni personal ni ayuda alguna y cada vez enajenada por estar aquí en la grotesca situación, falta de higiene y de servicios, llena de ruegos y plegarias y solidaridad y bendiciones repartidas a diestra y siniestra por igual, que a todos hacen falta.

Un grito dolorido en medio de la madrugada, un hilo más cortado y todos condolidos pero tocando madera para no ser tocado por la tragedia, hay que seguir rezando, la fe mueve montañas, Dios es tan grande y que sea su voluntad y cuatro de la mañana de la siguiente semana y nada ha cambiado salvo los rostros impacientes, distintos enfermos y familiares angustiados, la misma espera, la confusión las almas vulnerables que invariable, irremediablemente, aquí claman a Dios.

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