lunes, 28 de octubre de 2013

Deshumanización: a la memoria de José Sánchez.

Es horrorizante la noticia del hombre enfermo que estuvo por cinco días solicitando atención en el hospital general de Guaymas, Sonora, sin ser atendido por no tener dinero ni llevar papeles para su inscripción, por lo que finalmente ahí, en un jardín y envuelto en una cobija, terminó penosamente sus días ante la indiferencia de la institución.
Me causa un dolor indignante y me llena de vergüenza y culpa tan sólo pensar por lo que atravesó ese hombre no en esos cinco días, sino toda su vida.
Su trabajo de jornalero lo condujo a esa condición de extrema desnutrición y deshidratación enque llegó al hospital. ¡Por Dios! ¿Es que ni agua ya tenemos para nuestros semejantes? ¿Ya no partimos el pan con quien lo necesita?
Solo, enfermo, dolorido.
Ahora, muerto, vale más.
Allá nosotros y nuestras conciencias.
Dios, ¡perdónanos!



http://www.youtube.com/watch?v=UjLlJyKseLM#action=share

lunes, 21 de octubre de 2013

Declaración de principios

El dedo índice señala mi locura,
hace piruetas cerca de mi cara,
cifra una frase cabalística
para que yo, la loca,
no olvide lo que soy:
un tímido gorrión con sueño de alas,
una luna perenne,
un aroma frutal.

Se desgrana la noche
en hojuelas oscuras;
las voces misteriosas de los perros
Collage con papel y objetos reciclados. Liz Durand 
me muestran un idioma:
el de otros locos.

En esta habitación
donde hago un mundo
pongo listones a las trenzas
que tienen mis sombreros,
intento perseguir a mis muñecas,
ponerles otras ropas
pero son lo que son
me lo dicen sus prendas 
ingenuas, desgastadas,
sus ojos fijos en la nada,
sus mejillas frías...

Un gallo que no sabe del tiempo
me canta noche y día
como queriendo hallar
la hora en que debe despertarme.

Los pájaros caminan 
por el techo de mi casa
como si no supieran del gato
que abandona su jaula.
Los cactus embebidos en la humedad nocturna
afilan sus espinas vegetales
para pinchar a la luna.

Mi cama es ese reino
donde me cubre la locura,
prende las yemas de mis dedos
para que incendie un cuerpo,
volantín del deseo
crecido y duro
que derriba una puerta
y más puertas
hasta que todo 
es un aliento vaporoso,
un sopor espeso,
un alivio fugaz...

Echadas a mis pies 
mis fieles perras
que ladran sólo en sueños,
y la discreta presencia
de la luz de mi lámpara
de flores de hilo
nos hacen compañía.
Vasto campo de flores
reposando en mi cama,
almohadas con olor a rosas
y una luna de azules algodones
me sostiene las piernas.

En mi cabeza está la música
que a veces fluye por el pulso
y va poniéndole ritmo
a las palabras,
esos dibujos pequeñitos
que tanto me sostienen,
que tantas cosas dicen.

No es roja mi cabeza
sino blanca,
una cinta de espuma
que es el premio.
Roja es la fresa de mi corazón,
blancos mis sueños,
como bruma.

Danzo
luciérnaga esquiva de la aurora
alumbrando la niebla de los días
con esa llama diminuta pero eterna 
que no se cansa del acoso verde 
que va llenando el calendario
como musgo.

El musgo, morada de mis pasos,
reposo del ruido,
terciopelo de las horas...
El índice señala mi locura
y sí,
estoy loca
a mucha honra
porque no es sencillo,
debo cuidar que no me roben
muecas o gemidos,
debo esperar agazapada
que marchen todos esos cuerdos
sin sonrisas,
sin ojos como antenas,
sin zapatos que vuelan
ni música en el alma.

Soy esa loca
enamorada de la luna
la que se pierde en su reflejo del rìo
donde las aguas son de humo
un humo verde 
que se mete entre los pulsos
y acelera y hace fáciles
la risa y el amor.

Amanece por fuera
pero sigo enlunecida
con mi lámpara de flores,
el canto de las aves
posado en una rama
de mi habitación,
la ropa dormida en el armario
esperando que despierten
los espejos.

El gallo confunde su quiquiriquí de nuevo,
no encuentra el día 
ni la noche
ni las horas,
por eso vive aquí, conmigo, 
en donde la locura.



18.oct.2013




lunes, 14 de octubre de 2013

En contacto

Aquí de nuevo enfrentando a la noche que  me pone de postura incómoda con esta torcida y -según ella- vieja columna. Huesos con historia propia que viven dentro de mi, que se supone me sostengan -y lo hacen- sólo que al parecer están más cansados que yo y por eso protestan, más de noche, como digo, porque no hallan esa postura especial y excéntrica que les acomode.
Pero como no todo en la vida son huesos, sino que hay tantas otras cosas afuera y adentro de una misma, me propongo explorar por el demás paisaje: la memoria es siempre de mis favoritos.

Afortunadamente poseo una memoria que gusta del detalle y se fija como fotografía. Si me voy a la distancia encuentro cosas: hoy por la tarde platicaba sobre una prenda de vestir que me tejió mi madre cuando estaba yo jovencita, un chaleco largo hasta la rodilla en color rosa fuerte, calado, que usaba con unos pantalones de terlenka a la cadera color tuequeza acampanados con pata de elefante. Llevaba pantyblusa y por calzado unos huaraches con una flor en el dedo gordo, con las uñas pintadas de color lila. Ya imagino sus sonrisas si pueden imaginarse el desfiguro. Claro, era un poco la moda, pero yo siempre he sido así, un poco excéntrica. Eso lo heredó mi columna, que siempre está llamando la atención en vez que quedarse derechita...

También en ese mismo terreno de la memoria, pero en el Departamento de Emociones hay mucho qué disfrutar. Vivamente me viene primero aquella que sentí cuando vi a mi hijo Mauricio de meses, sentado ya solito en el sillón de la sala, con la ventana detrás de él. Entraba un rayo de sol que quiso atrapar con sus manitas, y al resultar imposible. la sorpresa que se dibujó en su rostro me hizo sentir muchas, muchas cosas. Era un poco ver lo que es la vida: la tienes enfrente, la ves, y a ver agárrala...

¿Una emoción infantil? El cálido sobresalto que me asaltó en la primaria durante la presentación de los bailables de sexto año. Me tocó bailar El Tilingo, jarocho. Mi compañero de baile, al final y como marca la danza, debía poner su cara junto a la mía y tapar ambas con el sombrero, pero sus labios me rozaron y toda yo por dentro pegué un brinco...

En el Departamento de las Carcajadas, que no es muy grande que se diga, me visita el recuerdo de mi hermano Jared que en paz descanse. Era una tarde muy bonita y yo había decidido dedicarla a la belleza haciéndome unos "tratamientos". Ahora sé que a esa edad no se requiere nada de eso en absoluto, pero entonces lo creía indispensable.
Estaba sola en casa, mis hermanos andaban por el patio y mis padres no estaban. Desde la ventana vi que mi hermano venía subiendo las escaleras y fui a su encuentro. Cuando estaba llegando a la puerta vio algo que le causó tanto terror que se echó a correr. Yo lo seguí sin siquiera mirar para atrás con tal de no ver lo que lo aterraba, y claro, por mi parte siempre he creído que gritar ayuda, así que salí detrás de él pegando chillidos de loca y tratando de alcanzarlo, porque ya sabemos que el miedo pone alas...

Lo agarré de la camisa y al fin se detuvo y me miró pelando tremendos ojos, preguntando si era yo, primero sorprendido, después enojado y luego carcajeado. Sucedió que se me había ocurrido ponerme una mascarilla en el pelo, que usaba yo bien largo, y me me había quedado tieso. Además, para la cara había yo cocido flores de manzanilla con todo y tallo y las había machacado con un poco de aceite para ponérmela en la cara. ¡Claro que mi hermano lo que vio antes de llegar a casa era todo un espantajo y corrió!

Uff, creo que todo este tropel de memorias deberá esperar para otra ocasión para ser compartido. Simplemente voy a disfrutarlas.