domingo, 30 de junio de 2013

Madrugada con violín y Tchaikovsky

Llora un violín, corazón de madera que canta con lágrimas de acordes; filo de cuerdas me sitian en la dulcísima noche, acordes de nube y miel que alborotan mi sangre. El concierto se instala desde mis pretéritos oídos: es música que viene de los tiempos y va a la eternidad.
Un espíritu de ayer me dio la partitura que interpreto con atónitos ojos y garganta de musgo. Estremecida sostengo mi corazón entre las manos para que no levante su vuelo fragmentado por filos que desmenuzan el metal, estremecen con reverberaciones las paredes que tiemblan en un eco glorioso espeluznando con belleza indescriptible a los sentidos y soy la hoja de un árbol prehistórico, una aurora boreal, un pez minúsculo, la arena en las pezuñas de un camello, la ruta de los pájaros. Soy con la música el hielo que se funde, una sed de mariposa, la blancura lunar, la venida de un río.
Llora el violín sus flores y mi espíritu en volutas besa nubes, se agita como colibrí, tiembla como capullo cuando se abre, llora como cuando se ve nacer a un niño.

Y arremeten las cuerdas sin dar tregua,  paroxismos armónicos ocurren, sacuden las montañas, llegan al centro de la tierra y el colosal concierto está en las manos de los hombres que quizá de esa manera revindican a la especie, como si de algún modo le hubiera sido dado asomarse al sonido insondable que sería la voz de Dios.

domingo, 23 de junio de 2013

Del anecdotario de la infancia: mi Buely

La primera vez que conocí a la abuelita de una compañera de clase, a los seis años, me quedé muy sorprendida: era flaquita, pequeña y bastante arrugada. Mi buely, como llamamos a mi abuela materna, era rotunda, yo recuerdo haber presumido de que casi pesaba cien kilos,  nunca tuvo arrugas, sus trenzas sobre la cabeza siempre parecían estar recién peinadas, sus cejas perfectamente delineadas y su rostro moreno y amable no dejó de estar alegre. Creía que así eran todas las abuelitas. Tardé para entender que la mía era única.

Los domingos por la mañana era día de mercado. Salíamos con ella cargando la canasta, pero antes, el ritual previo al desayuno: se tejía las trenzas, las enlazaba sobre su cabeza, las prendía con horquillas que siempre me daban miedo porque creía se le clavaban, y se aplicaba el polvo para terminar delineando negramente sus cejas.

En su casa cantaba mientras lavaba la ropa, en el patio donde mis primos y yo navegábamos en barcos imaginarios con banderas por todos lados, que eran el tendedero de mi buely.

Cuanda llamaba a comer salía al patio a sonar una cacerola para que todos acudiéramos porque la casa era grande y el abuelo trabajaba en el taller, un piso abajo de la casa. Ella siempre tuvo fama de hacer rendir la comida aunque llegara de repente un batallón a comer a su casa.

Por las tardes se sentaba a la máquina de coser, y si habíamos hecho travesuras, nos sentaba a todos a su alrededor y en un silencio impuesto mediante unos conjuros que siempre pronunciaba para tenernos callados: “Van en el cielo volando volando tres pajaritos, echando tres cagadillas: una para Juan, una para Pedro y otra para el que hable más primero”. Silencio absoluto, pero sólo por un rato.  Poco a poco tramábamos la forma de escapar del castigo: uno por uno, pedía permiso para ir al baño. Tenía la misión de dejar abierta la ventana hacia el patio y sin cerradura la puerta. Después de cierto tiempo, otro nieto pedía el mismo permiso y cuando mi buely se daba cuenta, estaba sola. 
Entonces tomaba su tablita -mis hermanos dicen que con clavo- y salía al patio a buscarnos. Nos llamaba a gritos cada vez con el apelativo al final de “¡cabrestos chamacos!” y cuando nos descubría escondidos, nos correteaba sin éxito, lo que le provocaba mucha risa. Recuerdo el sonido de sus alegres carcajadas mientras los chicos escapaban de entre sus manos. Era un juego delicioso, después venía la cena de café negro y bolillos.

Años después, cuando ella no vivía en Orizaba sino en México, seguía siendo traviesa como los nietos. La mesa del comedor, siempre grande para acoger a la familia, se llenaba de niños de varias edades. Ella servía la sopa, y las tortillas eran repartidas por su diestra mano con singular puntería: salían volando como platillos voladores, y el que se dormía para cacharlas terminaba ensopado. Claro que a veces mis tías la regañaban por meter el desorden, pero ella ponía cara de seria y seguía sacudiéndose con unos jijís callados que nosotros imitábamos. 

Yo ya estaba casa y la visitaba con frecuencia, y cada tres por cuatro al entrar al comedor si no ponía cuidado, patinaba. Entonces lo sabía: las famosas y tradicionales guerras familiares de migajón habían tenido lugar nuevamente. Durante desayunos o cenas, todos sacábamos el migajón de los bolillos para hacer bolitas, es decir, proyectiles para disparar cuando alguien estaba descuidado. A veces caían en un ojo, lo cual era bastante celebrado, pero no tanto como cuando caían directo a la boca, cosa que provocaba una carcajada generalizada. El piso quedaba tapizado de bolitas de migajón que cuando eran pisadas, era un lío retirar del piso.

Todo eso y muchas cosas más me parecían tan naturales que hasta que ha pasado el tiempo me doy cuenta de lo única que fue mi buely, y me arrepiento de no haber conservado ninguno de los dibujos de “mostros” que nos hacía, siempre con facha como de vampiros graciosos, incapaces de asustar. Nunca fue a la escuela, y sus letras de niña para escribir su nombre o los nuestros eran encantadoras como ella.

Me enseñó a cortar y coser camisitas para Mauricio mi hijo cuando estuve embarazada. Ella inventaba formas y puntadas, y conservo todavía la muñeca que me hizo, de las que llamamos de trapo. Su enagua la hizo con una servilleta bordada que ya no era usada y las caras de las muñecas tenían una nariz peculiar que ella les hacía con hilo y aguja.

Jamás la vi enojada, nunca escuché reproches de parte suya, sus nueras la adoraron y nosotros, su descendencia, la honramos en el recuerdo con esa candidez que siempre tuvo, con esa auténtica alegría de ser parte de un calor distinto, de una familia quizá loca, sencilla o pobre, pero llena de alegría, de eso que ella fabricó para nosotros como trenzas de amor filial eterno que aún extiende su hebras en todas nuestras vidas,


Liz
23.jun.2013



lunes, 17 de junio de 2013

También yo tengo malos ratos

¿Y si te cansas?

Y si te cansas de rodar tus huesos, de amanecer siempre contigo y tu pesado saco de preguntas; si tu deseo es detener el carrusel, bajarte por ninguna esquina, cruzar la bruma que sale de ti, de la negrura que te viste siempre seria en tu interior, pequeña y fría, asolada por el ruido que nunca cesa en tu cabeza, eco del mundanal que acosa afuera, donde hay tanto neón helado, tanta falsa luminosidad, tanto calor procurado por el gas, no por la llama que adentro te consume, te ahúma los ojos y te quema las yemas de los dedos, cansados de imprimir sus huellas en toda superficie sin tocar fondo, sin adentrarse en las texturas ajenas que también se esconden y van solas, en silencio como las largas filas de los trenes que nunca se detienen...
Y si te cansas de parpadear mirando cada vez lo mismo, esa violencia de no cambiar las cosas, de ver los calendarios convertidos en historia que al final de los milenios sigue siendo igual, nada cambia, no ha hecho la evolución que sea más feliz el hombre ni más pleno, queda intacta su ambición, su despiadada forma de buscar siempre más cosas, cada vez mayores, cada vez más lejos...
Y si te cansas de azuzar tus pasos para que sigan adelante, crucen, trepen, salten las cordilleras de las dudas como si adentro de ti hubiera la fuerza de las seguridades, como si de verdad supieras en dónde está la meta... ¿y si te cansas?


16.jun.13

domingo, 16 de junio de 2013

Mi Día del Padre...

Coser la ira. 

Cruzamos la  calle  atestada de gente en busca de lo que nos encargaron para preparar comida en la casa donde estamos de visita. Adriana y yo caminábamos acompañadas de mi hijo, esquivando a las personas que al parecer habían tenido fiesta en las calles de ese barrio.
Al cruzar, un hombre ya mayor y bastante alto, al ver acercarse a mi padre por la contraesquina, intentó agredirlo amagando a mi hijo, que de inmediato corrió de regreso a la casa. En su lugar, el tipo levantó por los aires como a un papel  a un ebrio que pasaba y lo lanzó contra mi padre, que cayó de espaldas sobre la banqueta. 
Su primera reacción de mi padre–más bien la única- fue golpear furiosamente las piernas del hombre ebrio como si quisiera romperlas, pensando que lo atacaba. Con una aguja en la mano clavaba y remolía un costado del hombre  intentando dañarle el hígado. Gritaba yo desesperada y con angustia porque el pobre borracho no tenía ninguna culpa y en cambio el agresor se había marchado.

Adriana me tenía de las manos impidiendo que frenara personalmente la violencia. Se mantenía firme, de espaldas a mi padre, evitando deliberadamente ver lo que sucedía y sin aflojar sus pinzas de mis manos. Más gritos, más desesperación al notar el rostro congestionado y renegrido de mi padre. Su mirada me indicaba que su trance lo tenía lejos de poder escuchar esas dos sílabas que despeñaba yo de mi garganta.

El agredido no se movía, apenas entreabría los ojos, totalmente alcoholizado mientras mi padre le cosía su furia al cuerpo con la aguja. Al menos estaba tan borracho que parecía inmune al dolor, me decía yo a modo de consuelo y para descargar mi conciencia (en el fondo preguntándome qué tiene que ver mi conciencia en todo esto).

Busqué la mirada de Adriana esperando que me soltara. Su gesto decidido y sereno, a la vez dolido y triste, me hizo ver que no lo haría. Otra vez, de la cañada dolorosa que era mi garganta brotaron las palabras que más me cuesta pronunciar, peñascos desahuciados contra la indiferente furia de mi padre.

17.jun.05

sábado, 15 de junio de 2013

Voces en el jardín


Aquí el poema de las cuatro de la mañana



Quiero escuchar el rumor
de la hierba cuando duerme
mientras el viento cala
llevándose hojas secas.

Quiero esuchar palabras
para ese colibrí que ronda
y dice con su voz de plumas
que empieza a amanecer,
que la lluvia alimenta mis brotes
para convertirme en ramo
que se abre entre sus alas,
prestándoles pasión.

Quiero escuchar al grillo
que muerde los misterios
y saber que estoy viva,
estoy viva, estoy viva…




15 jun 2013

martes, 11 de junio de 2013

De los regresos

Primero fue mucha expectación por ir a Horas de Junio, esas horas donde Pina, Luciana, Rosario y tantas otras. Dieciocho años pasaron antes de que fuera, aunque desde el primero tenía ganas de ir a ese encuentro en Hermosillo.
Éste fue el año. Para bien o para mal, finalmente se me hizo y no tengo marcos de referencia para saber si me fue mejor o peor que a otros, pero los comentarios que he escuchado me inclinan a pensar que no me fue tan bien...
Por otro lado, siempre están esos hallazgos de nuevas voces, de poesía sobrecogedora que hace eco en mí, personajes que se quedan poblando mis recuerdos, sorpresas, alegrías.

Y encima de todo, los reencuentros: de Chihuahua y Bogotá, las íntimas amigas que también pusieron su dedo y su intención en este punto del planeta, este punto ardiente de 45 grados a la sombra que es Hermosillo y que no debe su nombre a sus características sino a cierto personaje de su historia pero que de todos modos no es feo y tiene su encanto, sus avenidas, su cerro.
Largas conversaciones en la habitación, muchas risas, juego de cosas compartidas, la sensación de no habernos separado en ningún momento, de estar sencillamente continuando la plática, ponernos al día con las noticias, los libros, los encuentros, tomar una cerveza, andar descalzas, ponernos los brillitos...

Para mí Horas de Junio es irrepetible. Por lo que acabo de escribir y porque no voy a volver... pero ¿quién soy yo para decir la última palabra?

martes, 4 de junio de 2013

Esta incipiente, desconocida viudez

Hoy finalmente partió. Él allá, en el DF a las tres de la tarde. Yo aquí, a las seis, le escribía un poema sin estar enterada.
No es sencillo describir el grado de calidad humana con que iluminó a todos quienes lo conocimos. Su buena educación, cultura, inteligencia, sensibilidad. Su manera de tocar el piano, de pintar un cuadro, de apreciar un paisaje o la comida, una buena charla, la risa de los niños a quienes siempre estaba enseñando cosas.
Un hombre que con sólo estar, daba enseñanzas. Su generosidad fue tal que con frecuencia fue tomada por asalto por seres insensibles y mezquinos.
Le gustó mucho montar, y le apasionó el piano con la música clásica. Era buen nadador y en sus mejores tiempos, extraordinariamente guapo, en los festivales de cine de Acapulco le pedían autógrafos.
El más paciente padre, el más comprometido amigo y el mejor ejemplo.

Y a mí me toca ahora decir, el más romántico galán, el bien nacido príncipe, el caballero que siempre me hizo su dama, aún cuando estuviera yo en piyamas en el desayuno, porque si me levantaba de la mesa él se ponía de pie, convirtiendo mi cocina en una corte donde yo era reina.
Me tocaba canciones en los restaurantes donde encontrara un piano, y a los tríos les pedía que acompañaran mi voz y mis canciones sólo porque adoraba escucharme. Sin borracheras ni alcoholes de por medio: con muchísima clase. Once años así, con altibajos de la vida pero no de sentimientos. 

Mis hijos fueron también suyos aunque no los engendrara, y su ejemplo, como siempre fue mi deseo y mi propósito, perdura. Ahora mismo lo acompañan para rendirle el tributo que merece, como yo desde aquí.
Nuestro camino como pareja se disolvió por causas ajenas a nosotros, pero jamás nos apartamos de ser esos grandes amigos que siempre fuimos, ni suspendimos el cariño y el respeto.
Cómo sería de grande, que quien me desposó después de él acaba de decirme que siente mucho la partida de "ese hombre increíblemente educado y generoso de quien aprendí muchísimo por el trato de respeto y aprecio que siempre me dio, por su enorme cultura, por la calidez y la bonhomía que transmitía".
Y aquí estoy yo, apuntando su nombre en mi libro de los muertos que jamás se van, llorando sola por tanto que me dolerá su ausencia, porque volver al DF será no verlo más, no recibir su abrazo y sus palabras.
Descansa en Paz, querido, queridísimo Héctor. Siempre en mi corazón.

Efectos secundarios


Estaba de nuevo en la camilla, con Claudio acurrucado junto a mí. Intenté despertarlo pero fue inútil, y contemplé de nuevo los corredores del hospital. Sentí otra vez su frío: me llevaban de regreso al quirófano y me dejaron estacionada en un pasillo.
El médico me pidió que cuidara la entrada del baño porque no tenía puertas. Aproveché para observar el quirófano, ya que estaba yo a la entrada:  del techo colgaban unas lámparas y supe que eran las que se usan para las operaciones del cerebro. Las mesitas para el instrumental tenían carpetas navideñas como el papel tapiz de las paredes.

Claudio seguía dormido en mi camilla y la única explicación que encuentro para que no lo hayan retirado es que por ser un hospital privado, de seguro cobrarán su sueño como el de cualquier paciente. Volví a ver las paredes y descubrí que tenían  llaves de agua que goteaban a todo el piso. Me pregunté si sería normal o les urgía un plomero.
Hice otro intento por despertar a mi marido. Me preocupaba entrar a la operación sin que hubiera despertado.

De pronto hubo un revuelo y médicos y enfermeras se dirigieron a un mismo lugar. Traté de escuchar lo que sucedía porque Claudio no podía ir a investigar, dormido como estaba.
Oí decir que una persona de intendencia puso el desinfectante para pisos en las botellas del suero, y los doctores desconocían los efectos secundarios que podría causar en los pacientes. Miré sobre mi cabeza: el suero ya corría por la sonda a punto de entrarme en la vena. En el pasillo no había nadie. Claudio seguía dormido. Quise gritarle pero no encontré mi voz.



Nov/97

lunes, 3 de junio de 2013

Diseño de Bodas


Ahora que está de moda encargar a los profesionales el diseño de una boda, nos contrataron para el matrimonio de la Señorita X y Fulano de Tal. La chica es insoportable: una de esas niñas consentidas que cual hijas de político van por el mundo creyendo que son lo más exquisito de la creación y jamás prestan atención a los otros.
No se molestó en disimular su disgusto por nuestra participación, que consideraba una intromisión en su preciosa vida,  pero no pudo objetar nada a la madre, que es quien paga. No puedo entender cómo una persona tan menuda, tan insignificante, puede generar tanta antipatía en quienes la rodean, porque a leguas se ve que no soy caso único y nadie puede verla.
Berrinche tras berrinche, no acepta las sugerencias, cuestiona todo haciendo mohínes y dando pataditas, y para colmo, acabamos de enterarnos de que su boda está amenazada. Sí, el terrorismo abarca los ámbitos domésticos en este país como en tantos otros.
No importa: ella se niega a seguir nuestras reglas, que velan por su seguridad. Félix y yo mantenemos contacto permanente por los comunicadores, y en la medida de lo posible, también visual.
Pero estoy a cargo de las flores y tengo que salir a revisar lo que encargué. En el camino paso por la pastelería y compro un pastel enorme y delicioso que pienso cargar a la cuenta de la tía Berrinches. Es de chocolate y mazapán, una joya para degustar con el café y en medio de todo el caos previo a la boda. La madre me recibe agradecida por el detalle y empezamos a repartirlo mientras la chica es vestida. Con furia me grita que no le gusta el pastel mientras mamita trata de disimular su grosería. Socarronamente tomo un pedazo de pastel entre mis dedos, me acerco a la fierecilla y se lo unto por las mangas del vestido con suavidad, sin que lo note. 

De pronto percibo algo extraño: los guardias apostados en las ventanas de la habitación se ven raros. Por un momento parecen caer uno a uno, pero es como si solamente se agacharan, y luego continuaran su vigilancia. Algo no entiendo y busco a Félix, que parece estar notando lo mismo. Observamos detenidamente y vemos que en la pared se clavan, casi en silencio, unas pequeñas ruedas parecidas a municiones, pintadas de blanco, negro y rojo. Me doy cuenta de que son varias y parecen tiros errados porque se encajan cercanos al lugar donde estaban de pie los guardias.
Félix intenta localizar con la mirada la dirección de donde provienen y en ese momento un zumbido de oídos y la vista nublada me desconciertan. Me dio en la cabeza, es como una picadura que no duele.
Alguien pretende llegar hasta la habitación donde la novia sigue quejándose, ahora de los zapatos. La madre salió a otro cuarto a cambiarse y Félix sigue preocupado. Yo sudo la gota lenta del miedo: no sé qué más voy a sentir, si perderé la conciencia, si voy a respirar con dificultad, si quedaré paralizada. Vaya organización de la fiesta.

Me muevo, aunque mi sensación del movimiento es en cámara lenta. Desencajo las pequeñas municiones de la pared porque escucho voces en el corredor. Deberemos aparentar que no ha pasado nada, en el más puro estilo de los gobiernos. Abro un cajón del tocador, poniendo hasta el fondo la cajita donde deposito todas las rueditas que recogí.
Llegó un tipo, el mismo que vi donde las flores. Dice que es del equipo que lanzó las municiones, que son para soportar otras ocho horas de trabajo alertas y que no hay que preocuparse, pero por alguna razón yo desconfío.

Félix da claras señales de querer hablar sin conseguirlo. Levanta su mano señalando a los guardias: todos han quedado en el piso. Nuevamente un zumbido, me mareo y veo caer a Félix.

La regadera

Después de tantos años, estoy de nuevo en casa con Emilio. Parece haber una reunión familiar. Apenas levantada, busqué dónde darme un baño. Él estaba listo y me dijo que podía usar la regadera de la recámara.
Es una pieza grande con varias camas y el techo altísimo, como en todas las casas antiguas. La regadera está en la pared, arriba de la cama, lo que es muy extraño pues  al abrir la llave, el agua cae encima. Noté lo empapada que estaba la cama debido al baño previo de Emilio. En seguida pienso que para la noche no vamos a poder dormir ahí y trato de abrir más la llave para que el chorro de agua caiga más lejos, pero se puso tan caliente que no puedo usarla y no hay más que una llave que enciende y apaga un botón haciendo ruido de alarma.
Resuelvo quitar la cama y al buscarle lugar veo que el piso de la habitación está ya encharcado. Al remover la cama noto que casi no pesa, pero tiene otra cama debajo, más pequeña. Hubiera sido mejor no bañarme, pero era indispensable porque había pasado la noche con Mario haciendo el amor.
Me baño a medias y busco mi ropa porque los demás empiezan a levantarse. Al fondo de la habitación está el padre de Emilio. Voy detrás de un ropero para secarme el pelo con un gorro de terciopelo que encontré en un montón de ropa, aunque funciona muy mal como toalla.
Comienza a entrar gente a la pieza y Doris se acerca a la cama para cambiar la ropita de su bebé. Qué extraño verla aquí: fuimos vecinas años atrás. Me mira y  dice que hacía mucho no me veía. Tengo la impresión de que ella está, como decimos, igualita.
Ya vestida, intento terminar de secarme el pelo  mientras observo la pared en donde está la regadera: tiene colores desteñidos en tono bermellón pálido con manchas irregulares que la hacían interesante. Descubro en las manchas unas letras casi borradas. Al verlas pienso que las hicieron los hijos de Emilio cuando niños, pero al pie de esa especie de dibujos están las firmas de mis primos Freddy y Arturo, quien murió hace años.
Sigo buscando formas en la pared y noto un cuadro pintado al estilo impresionista, de una calle con árboles; parece muy bien ejecutado a pesar de la pintura corriente. Fascinada por las manchas de bermellón enriquecidas por el tiempo y el agua, hubiera querido estar parada ahí por mucho tiempo pero me están llamando al desayuno y además Emilio tiene que ir a trabajar. Lo que no sé, es qué voy a decirle a Mario.


ene/2000

domingo, 2 de junio de 2013

Matando las horas solas


“Es una galleta simiesca”, dije mientras le daba una hojuela deshidratada de manzana a mi perro.
Había abierto la lata número tantos de cerveza y batallaba contra la soledad.
Pensé en el Centavo y su méndiga manera de alejarse, como si yo hubiera cometido un estropicio en su contra o como si de plano ni mereciera su amistad.
Pensé en lo sola que estaba, y en cuántas veces me había sentido así. Últimamente venía siendo una cosa densa, desde que nos cambiamos de ciudad y los amigos se quedaron lejos.

Otra hojuela para el perro y otro trago para mí.
La tele me cansó. Vi una película incompleta sobre un hombre que estaba en vísperas de casarse y sin embargo iba a buscar a una prostituta —morena belleza explosiva que sólo existe en el cine—que le decía que cuando amaneciera todo iba a ser límpido como nunca, y así fue, pues cuando despertó, el hombre tenía nueve años de nuevo.
Luego terminó como película francesa, con un final bastante ingenuo y rosa con beso de príncipe azul y todo. Con razón mi marido piensa que puede hacer películas.

Después del atardecer le llamé al Rafa para decirle que me interesa comprar ese pigmento verde que a veces surte su amigo, el de la tienda con nombre de batráceo. Me dijo que quizá mañana me acompañe. Yo ando en blanco, no hay ni rastro en el cajón donde siempre guardamos los colores.


Las hojuelas de manzana me hostigaron, así que voy por más cerveza. La noche empieza apenas, y la luna es un barquito. No sé para quién escribo, pero desde niña hacerlo me hace sentir acompañada. ¡Salud!.

sábado, 1 de junio de 2013

Los caprichos de mi madre




Mi madre, que según me entero vive ahora en el otro lado, llegó de visita inesperadamente. Todavía tenía algunas de sus cosas en mi casa, que junté para dárselas con otras que yo había guardado para obsequiarle.
No sé de dónde fue a sacar a Lucero, la perra negra recogida que quiso tanto. Yo no sabía que todavía la tenía porque no la había vuelto a ver. Sin ningún reparo comenzó a llenarla con las cosas que le cabían. Nunca supe que la hubiera hecho disecar, y me impresionó verla como si cobrara vida conforme mi madre la engordaba metiéndole ropas y cosas como si fuera su maleta. Lo más feo eran los ojos, fijos y sin vida.

Como los de mi padre, sentado en una silla de ruedas. Sabíamos que no estaba vivo, tenerlo así era otro de los caprichos de mi madre. Pero hubo un instante en el que él volvió su mirada hacia mí. Sí, su mirada, no los ojos fijos y apagados. Yo sentí un vuelco tremendo. Alguien que estaba detrás de mí, por fortuna vio lo mismo que yo, pero nadie nos quiso creer cuando dijimos.


Para quitarme la horrible sensación en el estómago, cambié de lado en la cama para soñar con otra cosa.