miércoles, 3 de abril de 2013

Pequeño relato


Se me antojaron tamales para desayunar. En la zona, antes de que llegáramos al lugar donde nos citaron, vi de camino un mercado muy cerca, así que le dije a mi hija que mientras esperábamos, yo iría por tamales.
Como todos los mercados, está lleno de olores y colores, aunque todavía no hay demasiada gente. 
Tengo la sensación de haber estado ya antes, de modo que me dirijo al fondo a preguntar por el señor que vende tamales. Me encuentro directamente con él, y le hago mi encargo. Dice que está en un puesto prestado y que nos tenemos que mover, poniendo una mesa de tijera en mis manos y señalándome el inicio del corredor con un gesto de la cabeza. Puedo darme cuenta de que es el mismo, pero ha pasado el tiempo...
Llevo la mesita y la abro para que ponga el canasto de tamales cuando llegue. Me acomodo en una silla y espero.
Pasa demasiado tiempo pero no sé bien cuánto porque he estado leyendo y ya se sabe que cuando lee uno, el tiempo se transforma y pueden pasar años.
De todos modos, considero razonable ir a buscarlo, pues como tenía un montón de gente cuando llegué, quizá eso lo haya demorado. Para mi sorpresa, ya no está, y la dueña del puesto me indica que terminó su venta y se fue.
¡Vaya educación! Y lo más seguro es que se me esté haciendo tarde para la cita, así que salgo corriendo de regreso.

Ilustración de Belén Segarra 


No supe por dónde llegué, y estoy pensando que tomé un camino equivocado porque he caminado bastante y no encuentro el edificio donde está mi hija esperando, junto con mi marido. Y como sólo me traje una bolsa para los tamales y el monedero, no tengo cómo comunicarme.
Ese puente de enfrente con jardines abajo no estaba, estoy segura... es decir, tomé otro camino y estoy perdida.
Es como si las cuadras se hicieran más largas, o los pasos más chiquitos, o el tiempo se convirtiera en nada, el caso es que siento que no puedo caminar más, estoy cansada y ansiosa porque mi gente no sabe dónde estoy, y si van al mercado a buscarme, nadie sabe nada de mi.

Me regreso hacia el puente, me parece que del otro lado estará la calle que debí tomar, aunque con las vueltas que ya he dado, lo más seguro es que quién sabe. Busco en la bolsa que tomé para llevar los tamales y está el pequeño teléfono móvil de mi hija pero me es imposible desbloquearlo y no puedo llamar. 
Estoy cansada y me llama la atención sentirme tan asustada, está bien que ya se hizo de noche pero ¿quién puede perderse así en una ciudad?

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