sábado, 27 de agosto de 2011

Cuando no puede decirse todo o ¿Cuándo no puede decirse todo?

Siempre digo todo. Yo misma saqueo mi interior como si no quisiera guardar nada, y lo que tengo en la memoria y en el corazón a veces es como un tapete que saco al sol, lo cuelgo de la tapia para sacudirle el polvo, para compartirlo y volver a guardarlo en el arcón donde se van juntando mis años...
Para mí, dejar salir mi sentir es una conquista, por eso es tan difícil que me detenga cuando hablo, cuando digo las cosas que me han pasado. Soy un libro abierto, no proceso lo que tengo adentro antes de entregarlo. Y mucho menos me detengo. Sé que al no pasar el cernidor, a veces mis palabras pueden llevar cascarilla, pero todos sabemos apartarla.
Os invito a no temer a las palabras, a escuchar todo sin aprensión. Las palabras y lo que nos dejan son como los aromas: hay buenos y malos pero no nos pasa nada solamente por percibirlos, y siempre pueden servir de referencia.
No me gusta sentirme castigada por las cosas que digo porque a alguien no le gusten. No me gusta censurarme o sentir que ciertas cosas no se pueden decir. Porque en la vida, he aprendido que todo puede ser hablado, que no son las palabras sino las intenciones lo que hay que temer.
Y ninguna cosa que diga tendrá nunca la intención de incomodar...

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