viernes, 7 de enero de 2011

Del rincón de los olvidos

He estado acomodando mi librero para poner en un lugar más decoroso los libros de arte que he venido adquiriendo a lo largo de los años, y encontré un cuaderno de los años setenta con los poemas que entonces escribía solamente para sanar, para vaciar mi jicarita.
Encontré un texto dedicado a mi tierra de origen y he quiero compartirlo tal como lo encontré, y luego de haber vencido la tentación de corregirlo o cambiarlo, porque finalmente pienso que al menos en este caso, bien puedo respetar aquella voz de mis 23 años...


Orizaba
¿Qué calor tibio escondes, Tierra,
que siempre se acerca tanto a mi alma?
Tu carne, piel morena salpicada de verde
con las ramas,
hebras doradas de sol en tus mañanas
que aroman los helechos
que te dejé llorando.
Ya olvidé el frío. encontré el fuego que esconde.
La neblina te cubre como velo de dama
y apenas se insinúan tus formas
azules por la distancia.
En tu sed de movimiento guardaste muchos ríos
¡Cómo me alegran cuando corren,
plateando las miradas!

Así amaneces siempre:
a veces, lluviosa, pareces cansada,
pero cuando te vuelan mariposas
brillan colores de amapolas
y te enrojeces como una colegiala.
Tierra, tierra, Orizaba,
tu nombre suena en el alma y la humedece,
la hace grande con tus destellos,
tu perfume y ojos de agua.
Recíbeme en tu seno, sigue dándome todo,
que están abiertos todos mis sentidos
y están abiertas todas mis miradas.
Porque allá, más allá de donde acaba
esta vida, así, suave y perfumada,
sé que estarás esperando mi llegada.




Y a continuación el recuento gráfico:

Nube, instalada en un lugar donde no fuera atropellada durante los arreglos, con cara de interrogación


Edgar y Armando, mis amigos que vinieron a hacer tequio, instalando


El caos de libros instalado en el sillón


Y finalmente ¡tarááá! ¡mi librero!
A

1 comentario:

Gustavo Sáenz dijo...

Me encantó el poema, está lleno de una frescura e inocencia que llegan muy dentro.