martes, 29 de julio de 2008



Papalotes
por Liz Durand Goytia

En Orizaba nos fabricábamos nuestros papalotes que se llamaban así o palomas, según la forma que tuvieran: los cuadrados como de treinta centímetros eran las palomas, y los rectangulares grandes eran los papalotes. El carrizo se cortaba en las orillas del río o se compraba en las tienditas. Se cortaban en varillas, se recortaba el papel de china al tamaño, se ponían los flecos y la cola y a volar. Cuando había guerritas se ponía una navaja en un palito de paleta que se pegaba en la cola de la paloma para derribar a los enemigos pero a mí no me gustaba correr el riesgo de que me tiraran una paloma que construía con grandes trabajos porque no nos era fácil conseguir dinero para los materiales. Cuando se rompía la paloma casi siempre era solamente el papel lo que dejaba de servir y se podía usar el "esqueleto” para pegarle un papel nuevo.
Cerca de la privada había un campo ideal para empinar palomas. Me hice una de color blanco y reuní como tres canutos de hilo para volarla. Había tan buen viento que se me perdió de vista en el cielo y se me acabaron los canutos. Sentía la tirantez del hilo y cuando empezaba a bajar porque se aflojaba, me ponía a maniobrar para que se elevara de nuevo. Hasta que en algún momento sentí un tirón fuerte y el hilo se fue al piso. Nunca supe si alguien me derribó, si se atoró en un árbol o qué, estaba tan lejos que no podía verlo, y no pude ni recuperar los carrizos.
Aquellas tardes son inolvidables sobre todo porque cuando las evoco, lo primero que me viene a la cabeza es la emoción que sentía al elegir los colores del papel de china, que en aquel tiempo parecía de seda, y el cuidado que ponía en la elaboración de mi juguete. Tenía que estar la mesa desocupada y limpia igual que mis manos, el engrudo que preparaba para pegar ya tenía que haber enfriado, y en fin, todos esos preparativos eran el preámbulo para disfrutar de aquellas pequeñas obras de artesanía que en esos tiempos eran lo más común en las familias que no podían permitirse comprar hechas las cosas.

Había otros papalotes más elaborados, llamados pandorgas, que eran grandes, rectangulares y con una parte curva, llevaban los flecos en los laterales y se les hacían unos rezumbadores con medio circulito de papel de modo que cuando se elevaban hacían el zumbido que indicaba que estaba subiendo.

Yo nunca hice uno de esos porque me parecía compicado pandear los carrizos de manera simétrica y porque al ser más pesados costaría más trabajo empinar, pero mis hermanos Jared y Alejandro recién acaban de regalarme varios porque todavía saben bien cómo hacerlos. Ahora veremos si los puedo volar.

Aquellos ratos compartiendo materiales con los hermanos y la familia son invaluables, sobre todo en la actualidad porque ya no se dispone de tiempo para todo eso, las cosas se adquieren en los supermercados, desde un hilo hasta materiales de construcción, y me consta que los niños tienen dificultades no sólo para confeccionar cosas, sino, peor aún: para imaginar. Como no tienen necesidad de hacer por ellos mismos sus cosas, no tienen ideas para confeccionarlas y cuando se ven precisados a improvisar, sus mentes parecen quedar en blanco.
De manera que, al menos en este aspecto, la pobreza nos provocaba ser creativos y así era que con dos cajas de cartón arregladas y adornadas podía hacerme un tocador o un cajón para ropa, y con los huacales de madera en la que transportan la verdura en los mercados se pueden hacer verdaderos muebles modulares que dan servicio estupendo para todo lo que uno quiera, una vez lijados y pintados. En cuaquier parte de la casa tienen cabida y se pueden guardar trastes, libros o juguetes, o se usan como base para una mesita y ahora yo los uso para montar la ofrenda de Día de Muertos y el Nacimiento en Navidad.

viernes, 25 de julio de 2008

Cae el rayo intempestivo


Para Irina en una de sus horas terribles.

Siempre estamos frente a ella por más que sea preferible hacer la vista gorda. Se encuentra todo el tiempo mirando por encima de nuestros hombros, igual si se trata de una criatura que de un anciano venerable, lo mismo si es una joven hermosa y floreciente que un desalmado narcotraficante. Tiene las llaves de todas las vidas que en algún momento deberá cerrar.
A veces manda los avisos de enfermedades terribles e incurables, no se sabe si para que tengamos tiempo de hacernos a la idea, o sólo para divertirse mirando nuestras reacciones. Quizá no sea que se divierta sino que le demos curiosidad o sencillamente quiera darnos un poco de nuestro propio chocolate por tanto desprecio y miedo como le tenemos.

Pero otras veces, como si se tropezara y se le rompiera sin querer alguna llave, la Muerte corta de manera repentina y brutal los hilos de una vida. Eso mismo pude constatar ayer, consternada, al saber que el esposo de la hija de mi amiga Iris murió en un accidente. La edad no importa, la cantidad de hijos, el oficio, el lugar donde vivía con su familia. El hecho es que de pronto, las hijas no tienen más a quién llamar papá, y la esposa se sentirá amputada por un tiempo, hasta que se acostumbre a ese muñón doloroso y deje de verlo con pena y se acostumbre a esa ausencia que todavía no puede caberle en la cabeza porque tiene lleno de dolor el corazón.

Sin embargo, como bien dijo siempre Don Faustino: "Nadie sobra...pero nadie falta". Es así de simple y llano. El mundo no se acaba porque se muera el padre o la madre o el hijo. La vida sigue su andar con brincos y sombrerazos o con tranquilidad, es decir, la vida sigue.

Lo único que podemos desear para ellas, las que sufren la pérdida, la madre, la esposa, las hijas, la suegra, todas, es paz. Resignación, aceptación del hecho cruel que estalla los pechos como puñalada. Aceptar para comenzar a dar pasos hacia la resignación porque no hay otro camino para continuar.
Desde aquí mi pensamiento positivo, solidario y cariñoso que espero se aúne a los de mis lectores para ayudarlas a sanar.
No debemos olvidar que cuando se apaga una vela, siempre queda otra flama encendida. La foto es de mi autoría.

martes, 22 de julio de 2008

Novedad


Gracias a las gotitas homeopáticas que me quedaban de Monterrey se ha combatido el dolor y ayer y hoy he podido caminar casi de manera normal y prácticamente sin dolor, por lo que hoy me animé a ir al teatro ya que vino una obra de Fernando de Ita al foro experimental del Cearte.

La obra, que el autor denomina "paisaje dramático"y se titula "La estación", recuerda el cuento de Arreola del Guardagujas. Actúan Pita Domínguez -que por cierto inició su carrera aquí en Ensenada- y Fernando de Ita Domínguez, un niño de doce años y el autor escribió para ellos la obra, creo que por eso en alguna parte el niño toca el violín, ya que es estudiante de secundaria y de ese instrumento.
Lo que nos pareció extraño sobre todo a Alex, que fue quien lo mencionó, y por lo visto no entendimos, es que los personajes, aunque conversan entre ellos, nunca se miran. Hablan todo el tiempo de frente al escenario, sin mirar a nadie y al menos en el caso de la actriz, la gestualidad es poca y no varía, aunque tampoco su estado de ánimo.
Eso no significa que la obra no sea buena. Varias partes del diálogo del niño me gustaron así como la evocación de los trenes, sus estaciones, su particular pulso que vive sólo en el recuerdo de algunos y que será completamente desconocido para muchos en la actualidad.
Por supuesto que la idea de que todos tenemos que abordar un último tren no es nueva pero el enfoque es poético y en general grato.
Como no soy experta en materia de teatro y sólo me guío por el gusto o la calidad de las actuaciones, puedo decir que la obra me gustó y salvo lo que mencioné de la actuación, todo me pareció bien.
Una cosa es cierta: en el poco tiempo que llevamos aquí hemos visto ya dos obras buenas, cosa que en Monterrey nunca pudimos hacer porque lo que les encanta es hacer teatro con hombres que salen de mujeres y esas ondas que ni son cómicas ni nada.

lunes, 21 de julio de 2008

Melancolía

A veces me entra una tristeza súbita, como de soledad o de vacío sin que me explique por qué. Es cuando sé que en otro lugar del mundo están mis amigas, mis poetas, mi familia, mi hijo...mis difuntos.
Es cuando siento que me vine a vivir fuera del planeta porque todo está muy lejos, es imposible que me siente con amigas a tomar una taza de café para trabajar un texto, compartir unas fotos, intercambiar recetas de cocina, comprar libros, entrar a un museo, pasear por el centro o simplemente estar en casa platicando. Estamos lejos: no presencio los cumpleaños, graduaciones, fines de semana, lecturas, presentaciones, aniversarios, reuniones.
Me descubro en medio de mi estudio, rodeada por pinceles, libros y papeles, por frascos y frascos de pinturas, telas a medio acabar, cuadros sin terminar, libros sin comenzar, sola. Con muchas fotos, muchos recuerdos, muchas palabras que se guardan. Sola.
Un café y de inmediato Carmen de Cuba se apersona por arte de la magia, me dice que soy una sibarita para paladear el café, o Marielena me platica cómo era el restaurante del Hotel Camino Real cuando ella trabajaba en sus oficinas, o Estela me cuenta de sus ondas cuando era aficionada al teatro. Un vistazo al atardecer y ¡zas! Aparecen los colores de Oaxaca, los tonos de todas las voces que me esperan allá, la chispa de tantas risas que pude compartir.
Y estoy sola, no importa qué tan rica sea por dentro, cuántos recuerdos tenga para ostentar y gastar y relucir. Estoy aquí sin mi colega de taller, sin las pláticas íntimas con la hermana, amiga o amigo, sin la emoción de lanzarme a buscar libros, sin esperanzas de ver alguna de las exposiciones de mis compañeros en la ciudad de México y otros lados.
Lo sé, hay que asentarse en el tiempo para comenzar a encontrar a los nuevos amigos, las nuevas confidentes, los espacios que todavía me esperan. Aquí llevamos apenas poco más de un año y habré de tener paciencia. Dice mi madre que hay más tiempo que vida, así que esperemos...

jueves, 17 de julio de 2008

Remedio casero


Tendida en el espejo bruñido de la noche
siento el miedo
me asustan las presentidas fauces del dolor.
Cada vértebra es un pozo de angustia
las horas por venir un túnel sin final.

Por la rendija se asoma la luna.
Debo tomarla para aliviar mi fiebre.
No la alcanzo,
no cabe en el vaso,
no la puedo tragar.

Una voz dice a mi oído
"la luna no te va a curar".
No es soluble en el agua,
imposible aplicarla en las heridas.

Yo quiero un poco de su nácar para ayudarme a dormir
para quitarle a la noche el vaho de mi dolor
para soñar que se sueltan
las amarras de mi espalda.

No haré caso de la voz.
Sé que la luna en dosis adecuadas
es un remedio casero que nos heredan las hadas.
Es cuestión de saber cómo posarse
en el espejo bruñido de la noche.

miércoles, 16 de julio de 2008

Al perro más flaco...


A veces el dicho parece infalible. Antier y ayer estuve con dolor leve y podía caminar mejor. Eso me alentó para salir a regar el jardín, que no considero una actividad pesada siempre que no me agache y no se atore la manguera. Es una actividad que me gusta hacer porque me pone al tanto del avance de mis plantas: si ya está floreando el chile habanero, si pegaron las semillas de cempazúchil que espero tener para Día de Muertos, si el rosal blanco ya se recuperó de la plaga, etcétera.
Pero en algún momento, al terminar, di un paso que dio en un hueco y ahí estuvo: de nuevo el dolor galopante y la inmovilidad. De alguna manera llegué a la cama y no pude incorporarme después ni con la ayuda de Alex, por el dolor.
Para colmo, llamaron del laboratorio donde ayer me hicieron las radiografías dinámicas para decirme que me presentara de nuevo para repetir unas tomas por decisión del doctor.
Y un poco después me avisaron del consultorio del neurocirujano que vería hoy en la tarde que tendrá cirugía a esa hora y que me verá hasta mañana...
Con todo esto no puedo ni siquiera pintar porque ninguna postura me acomoda. Pero puedo escribir al menos, que es ganancia. Y por lo pronto estoy haciendo ejercicio de memoria recuperando algunos pasajes de mi vida que, aunque parezca increíble, he comenzado a escribir a petición del público. No que valga tanto la pena sino que he tenido muchas patoaventuras en la vida. O como dice de manera elegante mi amiga Estela: he vivido intensamente a pesar de mi corta vida...
Por cierto, en estos día he pensado mucho en Frida, en su padecimiento y su enorme valentía. Habrá que seguir su ejemplo.

sábado, 12 de julio de 2008

Réquiem

Oh dolor de dolores: el domingo sucumbió ante la arremetida de un dragón.

Tuvo una vida dedicada al trabajo con actitud incondicional: en cualquier circunstancia, bajo cualquier clima o situación extrema.
Tuvo caídas que parecían acabar con su vida y se recuperaba. Pasó por manos de muchos niños que la usaron para hacer sus trabajos.
Su penúltima caída fue en Huajuapan: se me fue de las manos durante un tropezón y se le salieron las tripas, quedó inmovilizada y tuve que llevarla a curación de emergencia.

Por ella pasaron cientos de rostros de los niños de todos mis talleres: niños cercanos y lejanos, niños olvidados, maltratados o felices, enclaustrados o libres... Montones de momentos especiales por el color de la luz, por los espacios, los lugares, los hallazgos.

Oh dolor contemplarla triturada, descuadrada, destruida. Me entregó sus seis años de vida. Su testimonio está en mi álbum fotográfico, tan enorme que se come la memoria de mi computadora.

Sus restos permanecen en una mesa de comedor: mi cámara es ahora un objeto que ya no tiene funciones, ya no sirve, es inútil que yo siga soñando en estos días que todavía toma fotos aunque salen con una luz extraña...

Y ni siquiera tengo su foto.

La despedida del Autobús amarillo.

Llevo ya un mes con el problema de la columna y aunque el tiempo se me hace eterno, tampoco creí que había pasado tanto, es algo extraño.
Mantuve la esperanza de que una vez el neurocirujano viera mi tomografía lo siguiente sería conocer detalles y fechas para la operación. Al principio me daba miedo pero poco a poco me fui haciendo a la idea de que es lo mejor para poner un remedio definitivo y salir de este asunto.

Pero no hubo nada de eso. La consulta me deprimió porque mi problema es más severo aún de lo que imaginaba. Tengo dos hernias y tres discos calcificados además de no sé cuáles otros pequeños detalles. El médico ha pedido otros estudios para estudiar una alternativa de curación, que podría ser una intervención quirúrgica mucho menos severa que la requerida para arreglarme las vértebras.
Explicó muchas cosas, vimos mis huesos en tercera dimensión etcétera, pero por lo pronto aún no tengo solución para mi padecimiento porque no me recomendó la operación primero porque dice que sería muy grande, muy pesada, y segundo porque no me garantiza ni durabilidad ni que desaparezca el dolor, por eso quiere los otros estudios.
Lo peor, encima de la falta de movilidad, es esa increíble persistencia del dolor. Me cansa, me satura. A veces me desespera. Hace años que un médico me dijo que tenía que aprender a vivir con dolor. Así vivo, pero no he aprendido.
Alex dice que ahora sí habré de practicar meditación, a ver si en algún momento logro que mi mente controle a mi cuerpo. Lo veo en chino, la inmovilidad me desespera. Recuerdo que a veces en algunas terapias cuando escuchaba "relájate, relájate", se me paraban los pelos de punta sólo de pensar en quedarme quieta.
Pero la vida es un aprendizaje y mientras estemos aquí seguiremos aprendiendo.

Estoy triste por una razón: Sé que NO puedo seguir queriendo mi autobús amarillo. Es muy pesado dejar morir un sueño, aunque sea tan absurdo para muchos. Quizá simplemente llegó tarde a mi vida, no lo sé. Desde luego eso implica lo que para mí ha sido tan importante, que es trabajar con los niños. Es como si desangrara.

lunes, 7 de julio de 2008

Las amigas sabias





Definitivamente debo hacer caso de Paty, Osiris, Merielena y demás cuando me dicen que me deje llevar por la inmovilidad, en ese caso. Como dice Paty, algo he de tener que ver desde la calma, desde la aparente inmovilidad que me tiene adolorido el cuerpo. Es cosa de esperar, cosa que precisamente no sabemos cómo hacer. Pero a una semana tiesa, me puedo dar cuenta de que el tiempo transcurre de modo diferente, parece más denso y nos ponemos con esa propensión a indagar más adentro de nosotros, a identificar ciertas emociones o pensamientos que habían estado aleteando en los alrededores como polillas luminiscentes. Quizá sea el tiempo de reparar más en ellas y lo que nos dicen cuando las escuchamos.
También me sirve el tiempo para dibujar, para hacer trazos locos dejando que el grafito se desparrame por el blanco del papel, deslizándose con su modesto brillo y haciendo los arabescos que después jugamos a identificar o les agregamos alguna identidad.
Aprender a jugar backgamon haciendo corajes con la computadora encajosa, aprender a doblar sábanas acostada, quitar y poner zapatos sin agacharme, en fin, todo un entrenamiento doméstico y personal en estos largos días en los que la osadía de una salida para matar el aburrimiento puede resultar en los peores momentos de la dolencia con el consabido arrepentimiento.
Ahora tengo más paciencia, entiendo mejor que no debo ponerme necia y querer hacer cosas que no debo.
Y es encima de todo maravilloso darse cuenta de lo mucho que una siempre puede aprender en cualquier situación, mientras se ponga la cara buena, la de aceptación.

sábado, 5 de julio de 2008

El origen de la inmovilidad



Ese día fue domingo y había un clima muy agradable, por lo que decidimos llevar a los niños a caminar por la playa. Aunque era el medio día el sol no estba insoportable y decidimos ejercitarnos un poco en la caminata.
Había gente con más perros, cosa que siempre me llena de aprensión porque Estuardo ha sido ya atacado, pero por dicha sólo hubo juegos. Caminamos y caminamos disfrutando de la brisa pero comencé a sentir muy pesadas las piernas, y luego de otro rato de caminadera ya sentí claramente la dolencia en la rabadilla, la necesidad imperiosa de descansar, de sentarme.

Así que con la pena, nos dirigimos hacia la casa, aunque estoy segura de que los niños disfrutaron mucho. Yo me inyecté por la noche para el dolor pero al siguiente día, mero cuando andaba lavando la ropa, fue que me quedé sin mover...
Ahora puedo caminar despacio pero todo el tiempo me siento cansada y cualquier movimiento como inclinarme o peor, agacharme, provoca más dolor, de manera que ando con pies de plomo al menos en tanto nos den los resultados de la tomografía para llevarla mañana con el médico para que al fin se decida mi suerte...

Yo de todos modos quiero mi autobús amarillo.

martes, 1 de julio de 2008

Cuando nada se mueve


Es lo que una siente cuando pierde la movilidad. Es impresionante la cantidad de eventos que ocurren en el cuerpo para que tenga movimiento y no podemos darnos cuenta hasta que algo deja de funcionar como debiera.
Ayer me tocó de nuevo sufrir ese desperfecto de mi columna que me impidió hacer otra cosa que gritar de dolor, quedarme inmovilizada y sentir algo de miedo. Cuando Alex me escuchó se apresuró a ayudarme a llegar a lo primero que me diera soporte, que fue una pequeña cama que tiene en su estudio. Normalmente son tres o cuatro pasos del cuarto de lavado donde me encontraba llenando la lavadora, hasta ese espacio, pero esta vez me costó tiempo, sudor y dolor llegar a la cama. Me quedé tendida tal como caí, no me fue posible acomodarme ni moverme. El dolor era intenso pero inmovilizante si me quería cambiar de posición.
En cuanto se pudo vino a inyectarme una enfermera para disminuir el dolor, cosa que sucede en pequeña medida, pero como las inyecciones han sido cada doce horas, he mejorado mi posibilidad de acomodarme mejor en la cama. Con todo, el dolor no ha desaparecido y no puedo dormir. Ir al baño era como correr un maratón en cuanto al esfuerzo para llegar, con la ayuda de Alex. Pero desde anoche he podido hacerlo sola apoyada en las paredes y muuuuy despacio.
Ayer ni siquiera pude estar en una posicion que me permitiera conectarme por la computadora, y me sentía tan mal y tan cansada que cuando intenté hacerlo de todos modos, simplemente desistí.
Pero vuelvo a eso que siento, de que nada se mueve. Es como si el mundo, o al menos el mío, también se paralizara. Porque veo que hay un curso que me interesa y comienza mañana, por tanto no puedo ir. Porque tenía trazado un cuadro para comenzar a pintar y no puedo. Poque había ofrecido una reunión para unos amigos el viernes y no podré. Porque solamente puedo leer y me canso rápido, o ver tele y me fastidio aún más rápido. Aunque aún puedo bordar, lo malo que no tengo a la mano el material y ya se sabe que los hombres no entienden de eso, quizá esta tarde cuando venga Paola me pueda acercar lo que necesito.
Por otro lado, estoy resuelta ya a operarme, pero tiene muchos bemoles tomar la decisión, desde no saber con qué médico acudir en esta ciudad que es tan pequeña y nueva para nosotros, hasta el aspecto económico que cualquiera sabe que es un quebranto para la vida familiar del común de los mortales en este país. Y no puedo negar que me da un poco de miedo. Es la primera vez que siento miedo con respecto a una operación, me han intervenido quirúrgicamente muchas veces pero nunca temí esos momentos. Ahora pienso en la recuperación y en que mi cuerpo sabe, aunque mi mente se haga disimulada, que no tengo treinta años.
En fin, hago un gran esfuerzo para mantener mi ánimo y mi espíritu fuertes porque padecer por largo tiempo una enfermedad dolorosa, aunque sea intermitente, es bastante pesado, sobre todo cuando ya está una enfrente de la discapacidad, de la limitación que deja y a la que no se puede una acostumbrar fácilmente.
Alex regó esta mañana el jardín, tendió la ropa, hizo desayuno y dio de comer a los perros además de traerme la computadora y los teléfonos. Ojalá que, muy adentro de sí, encuentre un poquito de vocación de enfermero, o será mi perdición...